jueves, 31 de enero de 2013

Reseña: "Iacobus", de Matilde Asensi.

Siempre espero uno o dos días entre un libro y otro, entre un autor y otro, a veces más si es necesario, para darme tiempo a digerir las impresiones recibidas antes de adentrarme en una nueva historia, en un nuevo mundo. Sin embargo, algo no funcionó esta vez. Quizás es porque venía de la prosa más que fluida de Pérez-Reverte, pero me costó mucho adecuarme al estilo de Matilde Asensi en Iacobus

No me malinterpreten. Iacobus es una buena historia, ambientada en el siglo XIV, tejida sobre secretos templarios, caminos de peregrinaje (mi lectura deseada y esperada sobre el Camino de Santiago), escenarios impresionantes y una buena dosis imaginativa, que no desmerece toda la información que le aporta al lector interesado en estos temas. Tiene de todo, desde investigación criminal hasta amores prohibidos, eventos históricos, gotas de sabiduría y todo tipo de simbología mística. Se hace notar que la autora investigó a conciencia para escribirla, y se agradece.

Pero no fue una lectura fácil y no porque el libro fuera difícil, que no lo es en absoluto. Me parecía interesante el tema pero me tropezaba continuamente con la narración, especie de montaña rusa argumental, lenta en unas ocasiones, con repeticiones y obviedades, y deslizándose a grandes velocidades en otras, omitiendo detalles que en mi opinión le hubieran dado más cohesión al texto. Se echa en falta además, entre tanto diálogo, un poco al menos de adhesión al lenguaje propio de la época que nos permita sumergirnos en el mundo que nos recrea.  En algún momento afortunadamente ganó lo interesante, y me enganché –al fin- con la lectura, si bien duró poco el gancho, justo lo que el clímax de la historia y no sin ciertos baches. Un buen director con buena capacidad narrativa haría de este libro sin dudas una excelente película. 

También es verdad que solemos achacar al exterior lo que con frecuencia no tiene más causa que uno mismo. Es probable que mi impresión no tenga nada que ver con el buen o mal hacer de la autora, y que el momento en que elegí leerla, de esos en que la vida real insiste en inmiscuirse en cualquier otra realidad alternativa, no fuera el más apropiado. Lo cierto es que no logré entrar en esta historia. Esta vez no pude encontrar en estas páginas las puertas de mi pasadizo secreto y personal a los mundos de la literatura.

“Aburrido pero interesante”, le dije a mi G cuando me preguntó qué tal iba el nuevo libro que recién estaba comenzando. “Tiene un buen tema pero le falta oficio.” Ahora que he llegado al final de la lectura sigo pensando lo mismo. 

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Hoy agradezco que la vida a veces te ponga en posición de entender y sufrir por los demás. 

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miércoles, 30 de enero de 2013

La luz necesaria.



Todos los días tengo pruebas de que hay gente buena en este mundo. 

No estoy diciendo que todo el mundo es bueno, ni que el bueno lo es todo el tiempo. 

Solo estoy diciendo que aun queda gente capaz de amar sin condiciones, de sonreir y devolver el saludo, de apenarse sinceramente porque su demora te hace perder tiempo, de tener un gesto humano por encima de los intereses de su empresa, de disculparse por el mal carácter de otro, de darle una moneda al que no tiene, de preocuparse por los animales sin dueño, de perdonar tu prisa en su camino...

Hay ciertos días en que encontrar estos pequeños rayos de luz se vuelve una tarea difícil. 

Quizás es que en esos días no tengo el ánimo para encontrarlos.  

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Hoy agradezco los estiramientos que mantienen mi columna sana y flexible.
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martes, 29 de enero de 2013

Mi patria literaria.

Leyendo “El club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte, me encontré con una idea que me llamó la atención. Afirmaba a grandes rasgos que la patria de cada uno está en la infancia, en aquellos libros que nos hicieron descubrir la literatura a través de sus páginas, sin imposiciones ni presiones externas, por la pura magia de sus historias; esos libros a los que uno puede regresar para encontrarnos tal como éramos, con nuestra inocencia original. Y me quedé pensando en cuál de los muchos libros que he leído está mi patria. 

Primero pensé en los libros de Carpentier, porque me identifico plenamente con su voz, con sus ideas, con su obra, y cuando me preguntan cuál es mi autor preferido me decanto invariablemente por él, aunque esta elección me duela como si estuviera traicionando a muchos otros buenos autores que me han acompañado en mi camino. Pero pensándolo bien, Carpentier no puede ser mi patria. No lleva más de diez años conmigo. Cuando lo encontré ya llevaba un largo trecho andado en literatura. Él es mi puerto favorito, sí, pero no fue quien me lanzó al océano de las letras. 

Mucho antes de Carpentier ya había habido un autor en mi vida. Un libro más bien, al autor lo conocí a fondo mucho más tarde. Llegó a mí cuando cumplí los siete años, de manos de mi padrino, un hombre sabio que se tomó mi educación muy en serio. “Con la esperanza de que un día llegues a entenderlo”, rezaba su dedicatoria. 

Poco después ya estaba yo disfrutando y aprendiendo con sus cuentos

¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar a "mamá", o "a tiendas", o "a hacer dulces" con sus muñecas, que dar la lección de "treses y de cuatros" con la maestra que le viene a enseñar. Porque Nené no tiene mamá; su mamá se ha muerto y por eso tiene Nené maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar; ¿y por que será? ¡quién sabe!

"Nené Traviesa", La Edad de Oro, Segundo Número

memorizando involuntariamente sus poemas de cadencia pegajosa,

La montaña y la ardilla
Tuvieron su querella:
-«¡Váyase usted allá, presumidilla!»
Dijo con furia aquélla..

 "Cada uno a su oficio", La Edad de Oro, Primer Número

descubriendo los clásicos de la literatura a través de sus reseñas,

Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás de la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores.

"La Ilíada, de Homero", La Edad de Oro, Primer Número

conociendo grandes personajes históricos…

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

"Tres héroes", La Edad de Oro, Primer Número

maravillándome con lejanas culturas presentadas en sus páginas,

 También, y tanto como los más bravos, pelearon, y volverán a pelear, los pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda, allá lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos; dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos dio pelo largo, y es un presumido el que se crea más sabio que la naturaleza, así que llevar. el pelo en moño, lo mismo que las mujeres (...)

"Un paseo por la tierra de los anamitas", La Edad de Oro, Cuarto Número

 y hasta interpretando a uno de sus personajes en los eventos festivos de mi escuela durante varios años consecutivos.

 -«Yo voy con mi niña hermosa»-
Le dijo la madre buena.
«¡No te manches en la arena
Los zapaticos de rosa!»

"Los zapaticos de rosa", La Edad de Oro, Tercer Número

Es un libro que me ha acompañado siempre. Lo tengo sobre mi escritorio y de vez en cuando lo abro. Me asomo a una de sus páginas, a cualquiera, y me quedo pegada en una de sus historias. Siempre encuentro algo nuevo en ellas. Siempre me sorprende un nuevo mensaje, una frase hermosa, un giro sublime del lenguaje. A veces sólo leo una línea o dos, lo suficiente para que mi corazón sonría, y lo cierro. No me hace falta más para reencontrarme con mi niña interior, con mi creatividad original, con mi alegría innata.

Hoy, 28 de enero, pensando en José Martí, en su natalicio del que hoy se cumplen 160 años, he descubierto al fin cuál es mi patria literaria.
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Hoy agradezco el buen juicio de mis padres al escogerme padrino.
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viernes, 25 de enero de 2013

7 Verdades Semanales + 1 Buena Lectura.

It's been a hard week's night...

  1. Lo esperes o no lo esperes, el día señalado llega. Y entonces caen en él, no sin estrépito, todas las ocurrencias de la semana. 
  2. Una mirada amable, en el momento propicio, puede aportar toda la tranquilidad del mundo. 
  3. Las personas cambian, a veces para bien. Esos casos son muy de agradecer. 
  4. Hay ocasiones en las que el destino ata uno de sus lazos frente a ti, aunque puede que tarde años en unir los cabos. Solo hay que permanecer atentos para verlo moverse. 
  5. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Yo digo que unas cuantas palabras bien dichas desembocan en el alma con tanta fuerza que forman una imagen, y luego ya no queda más remedio que sacarla para que el pecho no estalle. 
  6. Con ciertos libros, vale la pena ejercitar la paciencia.
  7. Con este Diario he aprendido que la retribución por aquello que se hace con amor siempre llega, aunque no siempre sea instantánea: Hace ya más de dos años publiqué aquí la Fábula de Puck, vendedor ambulante que tanto me impresionó cuando leí a Félix Pita Rodríguez. En su momento no tuvo la aceptación que yo esperaba, y hasta llegué a pensar que el trabajo que me tomé en copiarla del libro había sido en balde. Hoy la he vuelto a leer, a raíz de un correo que recibí agradeciendo su publicación, y me ha vuelto a impresionar tanto o más que la primera vez. Y como lo bueno nunca cansa, aquí se las vuelvo a compartir.

Fábula de Puck, vendedor ambulante.
(Félix Pita Rodríguez)

Vengo del país de los mirlos, y me llaman Puck. Tengo un ojo de vidrio pero nadie lo sabe. Con él miro las cosas tristes, y no lloro, porque los ojos de vidrio tienen esta rara propiedad. ¡A ver quién viene a comprarme mis tesoros sin precio! ¡Traigo todo lo que puede venderse, y traigo cosas que nadie se atrevió a vender jamás! ¡Me llaman Puck y soy alegre como la sal en la sopa y el azúcar en el chocolate! ¡Traigo cintas de todos colores, botones de cristal, telas de seda, que de finas no se ven; sueños de soldados galantes y apuestos para llenar las noches vacías de las niñas que comienzan a ser mujeres; sonrisas para las bocas de las viudas jóvenes; camafeos encantados; filtros de amor! ¿Quién se atreverá a dejar pasar a Puck con sus tesoros?
¡Me llaman Puck, y mi vida es como una mañana de domingo, tan larga como los caminos que van al cielo! Mis anillos de boda redondean la felicidad. ¡Cintas de todos colores; polvos de arroz con aroma de jazmín; ungüentos, cordiales, bálsamos! ¡Puck regala a las niñas que le compran la voz de los astros que gobiernan los secretos del amor!
¡Aquí esta Puck con su mirlo, su acordeón y sus riquezas! ¡Tararí, tararííííí!...
La calle, la mañana y el alma jovial de las casas encaladas de blanco, de azul, de ocre, se han llenado de Puck y su pregón. Tiene resonancias inexplicables el trozo de balada que va reconstruyendo el mirlo, en el agua de la fuente, el sol que desnuda justamente la mitad de la calle, y la algazara de un niño que corre persiguiendo a un gato alocado.
Puck monta su tenderete en la plaza, sin interrumpir su pregón. Burlonamente se ha puesto un clavel detrás de la oreja, para tirarlo mas tarde a la primera muchacha que pase y le sonría. Puck canta ahora, con palabras de otras tierras, una canción que no tiene sentido y que solo el mirlo se atreve a repetir. Las niñas se le acercan con un revuelo tímido de alondras curiosas, y Puck canta para ellas el romance de un pueblo de duendes que nunca fue a la guerra y que tenía siete grandes ciudades, todas en fila, dentro de una caña de bambú. Los ojos de las niñas son ahora de esmalte húmedo, por el anhelo y la sorpresa. El mirlo se ríe por todas sus plumas, y Puck le tira una palabra gorda, espesa, áspera, que nadie comprende, pero que todos saben es una blasfemia, porque el mirlo se calla y mira para otro lado, avergonzado.
Nadie en el pueblo sabe de dónde viene Puck cuando llega, siempre en el mes de mayo. Nadie sabe dónde nació, ni si tiene hermanos, o una casa, o hijos; ni si se le murió nunca nadie, porque él responde siempre con palabras tan ligeras, tan enigmáticas, que al mismo tiempo que no sirven para construir nada, sirven también para que todos construyan mil imágenes distintas de Puck. Así, los hombres en la taberna hablan de que tiene dinero ahorrado en otra tierra, y hasta un almacén. ¡Un almacén!... Y los que escuchan al que aventura esta suposición dicen: "¡Ah!... ¡Oh!..." Y se ponen enseguida a imaginar un gran caserón lleno de cajas repletas de cintas, botones, perfumes, telas y otras cajas mas pequeñas, que no aciertan a decirse claramente qué guardan. Y las mujeres piensan si Puck tendrá hijos, y cómo serán; y los niños se cuentan entre ellos que sí, que Puck tiene un padre y una madre, como cualquiera, pero que no son iguales a los de ellos, porque son así... ¿Cómo? De otra manera... Y a las muchachas se les ocurre comentar si Puck tendrá novia, y se forjan una novia de Puck vestida de seda , con infinidad de cintas, y con miles de botones de cristal por todo el vestido, y muy perfumado, y con la cara parecida a ... ¿quién? Y aquí ya no aciertan a responderse, y se marchan riendo, preocupadas, diciéndose que sí, que le han de preguntar a Puck cuando vuelva. Cuando vuelve Puck le preguntan:
-¿Tienes novia, Puck? ¿Cómo es? ¿A cuál de nosotras se parece?
Y Puck se ríe, y se ríe el mirlo, y ellas también se ríen. Hay un momento en que, sin saberlo, se ríen también la calle, las casas y hasta los grandes castaños que tienden su sombra sobre la hierba para que Puck monte su tenderete.
-¡Adivina adivinanza! Mi novia se parece a todas vosotras, pero no puedo decir a cuál se parece más.
Y Puck hace un guiño con su ojo de vidrio, ese ojo que sonríe siempre, como si se creyese un ojo de verdad.
Puck viste de verde, lleva sombrero alón con una pluma de muchos colores, con la que barre la hierba de la plaza cada vez que pasa una muchacha y él, gentil, le hace reverencias; y fuma continuamente una pipa muy grande, de la que sale el humo por la cabeza amarillenta de un tigre. Años hay en que se le ve arrastrar un poco la pierna izquierda, y entonces el mismo mirlo está tristón, cohibido, como si fuese él quien arrastrase una pata y le doliese y esto le pusiese de mal humor; y hay otros años en que Puck se mueve ligero, con gracia de planta flexible, y entonces dijérase que, tanto él como el mirlo, han olvidado piernas y patitas y se mueven solo con las alas, un poco en el aire, suspendidos, como sin darse cuenta.
A todo el mundo, en el pueblo, le ha ocurrido infinitas veces preguntar: "¿Qué edad tiene Fulano?" Pero a nadie se le ha ocurrido nunca preguntar por la de Puck. Porque la edad de Puck no se pregunta, ni se supone, ni se dice. La edad de Puck es la edad de Puck, y nada más. Y esto es como si no tuviese ninguna; como si estuviese hecho fuera de los días, y los meses, y los años, resbalando dulcemente por una eternidad de pregones y gentiles bribonadas. Solo una vez ocurriósele a un niño preguntar a otro: "¿Crees tu que Puck fue niño alguna vez?" Pero fue tal la confusión que edificaron sus dos fantasías, que, temerosos, decidieron al fin que no, que no sabían, que tal vez; y echaron a rodar con sus aros las suposiciones, y Puck quedó incólume, como siempre: Puck y nada más.
Así era Puck, y así es en la memoria del pueblo.
Porque ya hace cuatro años que no viene Puck con el gentil mes de mayo, y todos siguen hablando de él, como si acabara de estar allí. Y se dicen: "¿Recuerdas lo que dijo Puck cuando estuvo aquí por mayo?" Y ya no dicen mas, como si Puck fuera mayo y mayo fuera Puck y todos los mayos de todos los años, ya para siempre, trajeran a Puck entre sus flores; semejante a las mariposas, que vienen también en ese mes, y todos dicen: "¡Vaya, ya están aquí las mariposas!", pero a nadie se le ocurre pensar que son otras, distintas de aquellas que estuvieron allí otras veces.
Y así, despacito, con su música, es como vive Puck su eternidad. 

Félix Pita Rodríguez (Cuba, 1909-1990)
De la selección "Cuentos dispersos. 1929-1935"
en su libro Prosa. (Ed. Pueblo y Educación, 1989, Cuba)

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Hoy agradezco que esta semana llena de impresiones fuertes, termine tan bien como empezó.
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jueves, 24 de enero de 2013

Reseña: " Momo", de Michael Ende.

"Momo" (Acrílico sobre papel)-detalle
Título: Momo 

Subtítulo en español: Los hombres grises. 

Título completo en alemán (traducido): Momo, o la extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres 

Autor: Michael Ende (un alemán con una imaginación y una pluma envidiables) 

Fecha de publicación (porque mi G dice que sin saber esto una lectura esta incompleta, que si no se sabe el trasfondo histórico es como si uno leyera solo medio libro): 1973. 

Género: Mal encasillado en “Literatura juvenil con un toque de ciencia ficción”. Que la protagonista sea una niña no hace que una obra sea sólo para niños o jóvenes. Yo lo pondría mejor en la sección “Literatura para personas dispuestas a ejercitar su cerebro y su corazón, con un toque de ciencia ficción muy imaginativa”. 

Sinopsis: Cuenta la historia de una niña que tenía el don de saber escuchar, y de unos hombres grises que van por el mundo convenciendo a las personas de la necesidad de ahorrar tiempo en su Banco del Tiempo con un oscuro propósito, de cómo esta niña se interpone en su trabajo sin quererlo, y de lo que pasa después. 

Tema: Es una crítica del mal uso del tiempo por los hombres y del consumismo, y una denuncia de la pérdida de las relaciones sociales (comunicación) y de la terrible circunstancia de que los padres no tengan tiempo para atender a sus hijos y dejen la responsabilidad de su educación únicamente a ciertas instituciones (“Almacenes de niños”, les llama). 

Lectura entre líneas: Es una crítica mordaz al capitalismo -escrita por alguien que se daba el lujo de criticar a Marx, aunque su obra es profundamente concordante con el espíritu de la del pensador alemán-, o al menos una crítica a la forma capitalista de conducir la vida de las personas bajo un falso velo de libertad, haciéndoles creer que son responsables de sus propias decisiones. Es un canto a la amistad y al amor, donde se descubre desde la primera línea que no hay mayor don que el de saber escuchar a los demás, a la naturaleza y a sí mismo, y que lo importante no es lo que se tiene ahorrado en un banco sino lo que se comparte y se disfruta, lo que se hace con y por amor. 

Opinión personal: Excelente. Lo mejor que he leído en mucho tiempo. Probablemente mi “libro revelación” de este año, aunque pueda parecer pronto para decirlo. Libro que invita a su relectura, que invita de hecho a tenerlo como lectura de cabecera y echarle un vistazo de vez en cuando, y tan lleno de imágenes que despierta y motiva la propia creatividad del lector. ¿Lo recomiendo? Sí. Si fuera por mí, lo incluiría en los manuales de estudio. 

Sugerencia: Léalo al menos dos veces: La primera, literalmente; y la segunda, cambiando la palabra “tiempo” por “dinero”. A fin de cuentas “el tiempo es oro”, ¿no? 

"Cada hombre tiene su propio tiempo, 
y solo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo"
 "Momo" (Acrílico sobre papel)

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Hoy agradezco la creatividad, una vez más.
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miércoles, 23 de enero de 2013

Es la cosa mas linda...

...que he visto en mucho tiempo.

 

Hoy no estoy. Mañana regreso!
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martes, 22 de enero de 2013

De cómo la Pelusa aceptó los designios de la madre Naturaleza.

Me preguntaba la Malquerida hace poco el origen de mi alias. Me llaman Pelusa por mi cabello siempre despeinado, rebelde, indomable, voluntarioso y rizado, sobre todo rizado. Esta es la historia de cómo la Pelusa aceptó la naturaleza de su cabello y, tal vez, la suya propia. 

Desde pequeña siempre ha habido mujeres a mi alrededor, mi madre, mis vecinas, mis profesoras, mis amigas…, y todas, absolutamente todas, han tenido la misma opinión sobre mi cabello. Qué lindo cabello. Con un cabello así no necesitarás hacerte la permanente. Cuánto volumen en tu cabello. Qué fuerza tiene. Sin embargo, yo no estaba contenta con él, y esa actitud nunca tuvo que ver con aquello de que “nadie está conforme con lo que le tocó”. A mí me gustaba el cabello rizado. Sólo que no me gustaba tenerlo yo. 

Resulta que tener rizos naturales, fuertes, definidos y con volumen es muy bonito pero, hasta que aprendes, mantenerlos es prácticamente una tortura. Sobre todo cuando se es una niña y la madre, que durante toda su vida sólo ha necesitado un ligero pase de mano para poner orden en su cabello liso, no entiende por qué su hija da esos chillidos cuando ella intenta peinarla. 

Porque mi madre intentaba peinarme dos veces al día, cada mañana antes de ir a la escuela y cada tarde después del baño. Creo que eran las únicas ocasiones en las que temía verla, mujer buena y compasiva que nunca levantó su mano para castigarme. No le hacía falta. Yo la veía venir con peine y cepillo, convertidos en hierros al rojo y tenazas saca-uñas a mis ojos, y bastaba para que me echara a temblar. Lo peor es que dos horas y miles de chillidos, pataletas, lágrimas y corajes después, ambas salíamos bastante frustradas de aquellas sesiones porque mi cabello al final quedaba totalmente desenredado, sí, pero con la inconfundible apariencia de un techo de paja. 

Luego vino mi etapa adolescente y juvenil, cuando ya iba por libre y no había quien me obligara a peinarme. Fue una época de liberación y cabello largo, por la sencilla razón de que la única manera que había encontrado para controlarlo era mantenerlo recogido. Más tarde descubrí el cabello súper corto, como machito, aun más fácil de mantener y ahí me quedé unos cuantos años, rasurándome la cabeza como cualquier pandillero de medio palo. Hasta que un día, muy tarde según mi madre, la vanidad femenina hizo su aparición en mi vida. Y lo intenté. 

Este de mi cabello ha sido todo un camino de aprendizaje, no exento de dolor y renuncia. Por suerte, al final se aprende. Aprendes a peinar tu cabello sólo recién lavado, a enchumbarlo en aceite cada semana, a hidratarlo y darle forma cada mañana, a no tocarlo con las manos sucias y, sobre todo, a no asomarte al espejo en casi todo el día. Aprendes que tus rizos tienen voluntad propia, y aprendes a aceptarlos como son. Y aceptas por fin que “lucir peinada” nunca será una de tus cualidades. Es la única manera de mantenerte en la cordura. 

Epílogo: Creerán que exagero toda esta historia para hacerme la interesante o con cualquier otro propósito banal, pero no es así. Tengo la prueba. Hoy estuve buscando en la Web un método para cortar mi cabello en capas. Tal como suponía había muchos, pero también encontré algo más. Encontré los chillidos de miles de niñas y la frustración de miles de madres, la rebelión de miles de jóvenes y la resignación de miles de mujeres. Ahí están.
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Hoy agradezco, cómo no, mi cabello rizado, el largo camino que me enseñó a aceptarlo y que me hizo acreedora de un alias tan bonito.
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lunes, 21 de enero de 2013

Reseña: “El club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte.

¿Se acuerdan de aquel libro que me hacía sentir tan bien al leerlo? Pues resulta que ya lo terminé, y no sólo eso sino que incluso averigüé, al menos en parte, por qué me provocaba tal bienestar. 
 
Se trata de “El club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte. Para los pocos que deben quedar por ahí que aun no lo conozcan, entre los que me incluía yo misma hace dos semanas, les cuento que sirvió de base para la película “The Ninth Gate” (“La novena puerta” o “La última puerta” le pusieron en español). Sí, la protagonizada por Jhonny Deep que interpretaba a un “cazador de libros” en la búsqueda de un libro raro cuyo autor se suponía que fuera el mismo diablo y que contenía una fórmula para invocarlo. Pero  “El club Dumas”, por supuesto, no me hacía sentir bien por su jugueteo con lo diabólico que, en última instancia, queda en un segundo plano. Yo diría que ese fue el gancho para atraer al gran público. 

Hay otra trama, bajo cuya luz uno duda sobre cuál es la principal línea argumental de esta historia, que se teje en torno al autor de “Los tres Mosqueteros” y que tiene que ver con la aparición del manuscrito íntegro de unos de sus capítulos. Esta es una trama que queda muy lejos de lo pedante y aun así bien puede calificarse de erudita por el alto conocimiento que demuestra tener A. Pérez-Reverte sobre Dumas, su vida y su obra, su época y la literatura de capa y espada en general. Es una trama reivindicadora de la genialidad de Dumas y del valor de aquella literatura malamente encasillada en el apartado juvenil, que yo en lo particular suscribo y agradezco. 

Además de estas dos tramas tan interesantes, este es ante todo un libro que habla de libros, y de la gente que se mueve en torno a ellos. Nos habla de los cazadores de libros, crueles y despiadados como todo buen cazador tras su presa, y de los compradores de libros, gente capaz de dar y hacer lo que sea por conseguir un ejemplar príncipe, bibliófilos cuyo mayor tesoro es su colección y en cuyas vidas ofrendadas a los libros no cabe mayor alegría que pasearse por su biblioteca y acariciar los lomos bien alineados. Nos enseña que cada libro tiene su individualidad y hasta una personalidad definida, y que hay en el mundo gente capaz de reconocer cada uno de una sola mirada. Le hace incluso justicia al maravilloso arte de los encuadernadores, los hacedores de libros, aquellos que saben identificar la edad y procedencia de un papel sólo por su tacto, que olfatean una página para saber si es o no original, que acarician un lomo con la delicadeza con que se acaricia a un hijo. Y habla de nosotros, los lectores.

(Todo) eso, diría yo, fue lo que me hizo sentir tan bien al leerlo. 

¿Lo recomiendo? ¡Por supuesto! Es un libro completo donde hay notas eruditas, persecuciones, armas, sexo, bebidas, conversaciones divertidas y libros, muchos libros. Está muy bien escrito. Es entretenido, fácil de leer, de lenguaje ágil y más que fluido, con más de una frase memorable (como esta), cierto aroma vintage e historias que te llevan al remolque sin mayores esfuerzos. Y también, como no, es muy sensorial. Lectura para todo tipo de públicos, especialmente recomendada para aquellos que, como yo misma, hemos pasado la mayor parte de nuestra vida amando a los libros. 

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Hoy agradezco la capacidad renovadora de la motivación.
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viernes, 18 de enero de 2013

10 verdades aprendidas esta semana.

Me gustan los gatos. Y los libros.

  1. Por el camino del bosque se llega antes y se disfruta más. 
  2. El perro ovejero es lo más cariñoso del mundo, pero te mira raro si te acercas a una oveja.
  3. La gente que pasea sus perros adora hablar de ellos, decirte sus nombres y hasta contarte alguna anécdota. Basta con preguntarles.
  4. Ya floreció el primer ciruelo de este año. Una explosión de petalos rosa pálido en medio del campo. Estaba lleno de abejorros.
  5. El trato preferencial a un gato dentro de una comunidad gatuna puede hacerlo objeto de duras represalias de sus congéneres.
  6. A veces es suficiente con sentir el calor de una mano para sentirse un poco más seguro.
  7. La literatura infantil/juvenil tiene mucho que enseñar. Hay mucho más en ella de lo que uno puede imaginar.
  8. Las montañas no se mueven de lugar ni cambian de forma, pero nunca son las mismas.
  9. El arte que tiene una convicción detrás, por sencillo que pueda parecer, produce una impresión más duradera que el que no la tiene, y transmite su fuerza y sus valores. Inspira.
  10. Todos llevamos un pequeño Spielberg dentro que gusta de montarse sus propias películas. A veces descubrimos que las cosas no sucedieron como las recordamos.
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Hoy agradezco que a pesar del cansancio físico, algo pude hacer.

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jueves, 17 de enero de 2013

Hemos recibido un premio.

Bueeeeno! Hace siglos, literalmente hablando, que no le daban un premio a este Diario y ayer, uno de esos días en los que necesitaba alegrías, Marité (del blog Hasta el último rincón) me dio uno, y muy bonito:


Y como todo premio tiene su cola, este viene con instrucciones. Aquí las copio con mis respuestas:

1- Agradecer a la persona que te otorga el premio y poner el enlace de su blog.

A Marité, con quien he descubierto que comparto varios amores, le agradezco no solo el premio, que me sorprendió y me alegró mucho, sino también su constancia al leerme y comentarme. Es un misterio para mí cómo me gané una lectora tan asidua cuando ni siquiera conocía su blog hasta hace muy poco, pero no miento si digo que me encanta que pase por aquí y me deje sus palabras.

2- Dar el premio a 15 blogs que te gusten.

Este punto está más difícil. Me gustan muchos blogs pero estoy segura de que a estas alturas me leen muy pocos. Esto sí sé cómo me lo gané: con más de un año, dos tal vez, de publicaciones esporádicas y poco compromiso con este Diario y sus lectores. Pero este punto habla de otros y no de mí, de los que me gusta leer. 
¿15 blogs? Se me hacen demasiados. Hace tres años hubiera sacado no 15 sino 30 blogs de la chistera sin pestañear, pero muchos de los que conocía y frecuentaba ya no publican, y el tiempo que dedico a leerlos ya no me es tan abundante. Los dejo, pues, con mi Top 7:
  1. Chancho Pensante: Por su calidad, su calidez y su amistad.
  2. Un blog... al fin!: Por el espíritu bien orientado a la justicia de su autor, por su fidelidad, y por su maravillosa serie "De por qué no me gustan los niños" que ha decidido reunir en un blog aparte.
  3. La Malquerida: Por ser incansable y luchadora, y por su inagotable imaginación.
  4. Desde la barandilla: Por abrirnos su corazón en cada post, y por tener uno de los blogs más armoniosos que he encontrado.
  5. Al paso de los días: Por mostrarnos de a poquitos su cultura, y compartirnos sus ideas siempre valiosas.
  6. Dona d'aigua: Por su gran corazón, que destila poemas en catalán.
  7. El cuaderno de Chris: Por compartirnos sus lecturas y sus opiniones.
Que sepan que los leo siempre desde la clandestinidad.

3- Compartir con los lectores 7 cosas sobre uno mismo.
  1. Pienso que tengo más intereses de los que podría manejar, y sin embargo -¡bendita paradoja!- siguen creciendo.
  2. Un poquito de café, por pequeño que sea, me acelera el corazón. Un cachito de chocolate negro también. ¡Menos mal que existe el buen té! ¿Mi manzana prohibida? ¡Los quesos!
  3. Si me levanto con el sol mi día rinde mucho pero mucho más. Lástima que casi nunca lo hago.
  4. En las mañanas de invierno me gusta sentarme a leer al lado de la ventana, justo donde cae todo el calor del sol. Sin dudas debo haber sido lagartija en alguna otra vida.
  5. He descubierto que si no me empeño en conseguir manzanas, de mi peral puedo sacar las mejores peras. Todo está en proponérmelo. Ahí tengo un año entero de ejercicios/gym ¡diarios! para demostrarlo.
  6. Debería aplicar el punto anterior a mis lecturas, a ver si consigo alguna vez la meta de los 50 libros al año.
  7. Cada vez me siento más como la protagonista de Desayuno en Tiffany, no la de la película sino la del cuento original de Truman Capote (poco tenían en común esas dos), capaz de ser profundamente sincera en su tarjeta de presentación:

    Miss Holiday Golightly 
    Traveling

4- Dejar un mensaje en cada blog diciéndoles que les has otorgado un premio.

Ya les avisaré, de una forma u otra.

A los autores de los blogs de mi Top 7: Los eximo de las instrucciones de este premio. Responder a este meme es completamente opcional. Solo quería que supieran que los aprecio.
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Hoy agradezco... bueno, todo el post de hoy ha sido un gran agradecimiento.

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miércoles, 16 de enero de 2013

Vuela, vuela, hojita mía…

Crédito de imagen


La naturaleza sabe escucharnos. Qué duda cabe.

Mi superficie, la interior -entiéndase, que soy toda una dama cuando la ocasión lo requiere-, estaba tan agitada que por puro contagio, estoy segura, del otro lado de mi ventana comenzó a soplar un vientecillo fuerte. Todos los árboles se movieron entonces al son de mi pecho. Y todas aquellas hojas pequeñas y grises con vocación de gorriones echaron a volar. 

Y yo me quedé viéndolas, quietecita, escuchando el silencio del viento detrás de un cristal. Y porque escuchar a veces nos salva, en medio del vapuleo interior pude distinguir la risa de la Pelusa, niña despreocupada bajo la atenta mirada de su padre, que aun hoy sale a dar vueltas cuando el viento arrecia recitando: 
 "Vuela, vuela, hojita mía,
de Este a Oeste con el viento,
y regresa en un momento
tomando el Norte por guía,
y no olvides que al caer
lo que te pida haz de hacer." 
Y pedí mi deseo. 
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Hoy agradezco a mi niña interior, que no olvida lo realmente importante, y a esa mirada atenta que nunca me ha abandonado. 
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Bonus: El poema lo aprendí de unos animados soviéticos: La florecita de los siete colores. En este video aparece con otro título y con un doblaje mexicano muy diferente al que yo escuchaba en la infancia. Incluso el poema es diferente (aquí ni siquiera es un poema) pero el mensaje sigue siendo el mismo.
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martes, 15 de enero de 2013

Sigue siendo un placer.

Foto de Sept. 2009

Hoy en la mañana estaba sentada en mi sillón favorito, con los pies apoyados sobre un cojín en la mesita cercana (más o menos como en la foto, solo que en la mañana y tres años más tarde). Estaba leyendo, claro, pero en ese momento había levantado la vista para aprovechar y mirar a lo lejos, a las montañas siempre cambiantes que tengo enfrente. Empecé a pensar en cuánto me gusta este lugar, y en cuánto me gusta estar así sentada disfrutando de una buena lectura. Y entendí que todo se debía al libro que estaba entre mis manos. 

Resulta que estoy leyendo un libro muy atractivo, que contiene un mundo muy bien montado, que me es muy cercano. Lo leo y, cuando no lo leo, pienso en él. Me hace sentir bien, muy bien, y ese bienestar es el que descubrí hoy cuando alcé la vista para mirar el paisaje. 

Suelo leer buenos libros porque, lo confieso, soy avara de mi tiempo vital. Pocas veces me sacrifico ante algo de cuya calidad no estoy segura. "Lectora elitista" me llamaron una vez. “A mucha honra”, sigo respondiendo hoy. Incluso así, con la calidad casi garantizada, puedo decirles que hace mucho tiempo no me sentía tan a gusto con una lectura. Gusto físico, quiero decir, y del otro también, del espiritual. ¿O era a la inversa? 

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Hoy agradezco que a pesar de los tantos años que llevo leyendo, nunca dejo de sorprenderme por la literatura y su magia. 
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Por cierto, el post donde apareció por primera vez la foto del principio, Mi espacio ritual, también trata del placer de la lectura. 

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lunes, 14 de enero de 2013

Una posible respuesta.

¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el Gato-, si caminas lo suficiente! 
Lewis Carrol, Alicia en el país de las maravillas. 


El tema de estos días parece ser que la maestría se encuentra con la práctica. El talento solo no es suficiente. De hecho en muchas ocasiones no es ni siquiera necesario. Lo que nos desarrolla es la práctica. Lo he leído en un libro, que me recordó que ya lo había leído en otro anterior. Lo he conversado, lo he visto y lo he experimentado. 

Se alcanza la maestría en aquello a lo que uno se dedica en cuerpo y alma, a lo que uno decide dedicar su vida o al menos unos años, unos pocos meses o unas pocas horas, minutos tal vez al día. Hay quien dice que un maestro se hace en 10 000 horas, hay quien dice que en no menos de 1000 repeticiones, hay quien dice que con un intento cada día es suficiente. No importa si es archivar papeles, escribir, apretar tuercas, pintar, correr, sentirse infeliz, discutir, amar… Cualquier cosa si se hace con constancia se logra dominar. Seguro. 

Pero si lo habías conseguido y dejas de practicarlo, lo perderás. Esto también es seguro. Lo que se aprende no nace con uno. Lo que se adquiere se puede perder. Incluso lo que es innato, si no se cuida, poco a poco se irá atrofiando. Prueba a dejar de mover un brazo y verás lo que le ocurre a tus articulaciones de aquí a unos días. 

La práctica es, pues, una posible respuesta. La pregunta es qué queremos conseguir.
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Hoy agradezco mi paseo diario por el bosque.
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viernes, 11 de enero de 2013

De cierto plato que por sí mismo cuenta su historia.

Hoy me levanté con la idea de venir a contarles sobre el cocido que hice ayer porque aquí, además de leer, también se come a diario. 

Es una comida de lenta confección que me recordó los tiempos de mi infancia en que veía a mi madre poner desde temprano los frijoles al fuego, frijoles que ya llevaban toda una noche en remojo, y dejarlos cocer durante horas –y aromatizar toda la casa- hasta conseguir que se ablandaran. 

Es una comida suculenta de las “que levantan a un muerto” -como dice mi madre-, que indiscutiblemente viene de tiempos remotos, cuando las mujeres pasaban el día en casa y los hombres llegaban ávidos de un buen plato que les reconstituyera toda la energía perdida en el duro trabajo. 

Es un cocido con aroma a reunión familiar de domingo en casa de la abuela, de esos que lleva solo un poquito de cada cosa pero que al final llenan una cazuela enorme de caldo sustancioso, legumbres y vegetales de colores y carnes diversas, de los que tienen la virtud de alcanzar para mucha gente o para muchos días. 

"Cocido madrileño" le llaman, y también "Cocido con pelotas", que son unas albóndigas grandes como la palma de mi mano. Puede que los catalanes no estén de acuerdo pero a mí, extranjera y neófita en estos temas, se me parece mucho, muchísimo, al plato típico de estas tierras llamado "Escudella". (La receta del Cocido y la de la Escudella las pueden encontrar en Internet). 

Yo lo hice a mi manera y con lo básico: vegetales y pelotas de ternera sin legumbres ni carnes varias, y reduciendo su cocción a poco menos de una hora. Y lo serví todo junto, porque nuestra costumbre es comerlo todo mezclado en un solo plato, pero los de aquí lo sirven por separado: un plato de caldo al que a veces agregan unas pastas, otro de legumbres y vegetales, y otro de carnes. Y lo disfruté, porque huele y sabe a gloria, se los aseguro. 


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Hoy agradezco el caldo traslúcido que me mostró su fondo, su historia, sin palabras. 

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jueves, 10 de enero de 2013

Reseña: "El camino", de Miguel Delibes

 “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera
y, sin embargo, sucedieron así.”  
Miguel Delibes, El camino



No sé por qué tenía la idea de que El camino, de Miguel Delibes, hablaba del Camino de Santiago. Desde que me lo recomendaron tenía pendiente leerlo, porque hace mucho que quiero leer algo sobre esta vía de peregrinación. Fue uno de los primeros que anoté cuando estaba haciendo la lista de lecturas para este año, y cuando fui esta vez a la biblioteca no me olvidé de buscarlo como otras veces. 

No puedo negar mi decepción cuando por ahí con el segundo capítulo me llegó la constatación de que aquello no iba de lo que yo pensaba, que el camino del que hablaba el título no tenía nada que ver con el de Santiago. Seguí leyendo, sin embargo, porque el lenguaje es sencillo, de esos que se van como agua, y porque a fin de cuentas me estaba mostrando el retrato de una España que nunca conoceré, la vida en un pueblito rural probablemente en los años 30 del siglo XX, y esa es una oportunidad que una viajera de corazón como yo no desperdiciaría nunca. 

A medio libro y poco más allá, confieso que estuve a punto de abandonar. El argumento se me hizo digno de una telenovela costumbrista, lleno de los dimes y diretes propios de un pueblito pequeño. Que si Josefa se suicidó el día de la boda de Quino con Mariuca, la tísica. Que si Irene, la hermana de la moralista del pueblo, se fugó con el bonitillo del Banco sin apenas conocerlo. Que si la noche en que regresó, sola y avergonzada, Paco, el herrero, borracho como una cuba, dio un escándalo frente a su ventana… 

Me aburría con todo aquello, y de tanto aburrirme descubrí por qué no llegaba a llamarme la atención: es algo que conozco muy bien. Chismes como estos no faltaban en mi barrio natal, tan extrañamente parecido a este pueblito, y si de niña ciertamente me entretenían llegó un momento en mi adolescencia en que preferí salirme de ese mundo vertido en el vecino para construirme uno propio. Leerlo ahora era como volver a esa etapa que ya había superado, y aunque reconozco que estaba muy bien contado no me resultaba interesante. 

Así y todo, no abandoné. La brevedad aparente del libro y la fluidez del lenguaje me hicieron confiar en que terminaría bebiéndomelo en un santiamén. Además, en medio de tanto chisme aparecían intercaladas las aventuras de Daniel, el Mochuelo, y sus amigos para sazonar todo aquello. Lo que hace un niño -o dos o tres- y por qué lo hace siempre me resulta un tema motivador. Quizás porque de alguna forma me recuerda mi propia infancia, o porque me explica los vaivenes de mi niña interior. 

Al final el libro me sorprendió. Los últimos dos capítulos me tuvieron en vilo, bajo su luz refulgieron todos los razonamientos tan bien escritos que salpican esta historia y entonces todo cobró sentido. Entendí que Daniel, el Mochuelo, me era tan simpático porque me recordaba mucho a mí misma. Entendí que la semejanza entre aquel pueblito y mi barrio natal era mucho más que un simple parecido. Entendí que Josefa, Irene, Paco y el resto de personajes me aburrían porque de alguna forma ya los había encontrado en mi vida. Entendí, por fin, que el camino mencionado en el título estaba cubierto por el mismo polvo que el mío.

Disculpen si digo más de lo que se debería decir en una reseña. Digo, en todo caso, mucho menos de lo que encontré en estas páginas.
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Creo que uno no escoge los libros que lee, sino que de alguna manera ellos encuentran el modo y el tiempo de llegarnos al alma. Hoy agradezco esta especie de designio o voluntad que no nace de mí, pero que sin embargo me encuentra.
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miércoles, 9 de enero de 2013

Una historia de nombres

Desde que conozco a gente tan creativa como la Malquerida me sorprendo de la facilidad con que saben inventar un nombre. Y no cualquier nombre. Sus perros, sus peces, su casi gato, los personajes de sus cuentos… todos han sido nombrados de la forma más interesante. Todos tienen nombres resonantes y hasta compuestos, y suenan tan orgánicos que parecen haber nacido con ellos. 

Mi imaginación no alcanza para tanto. Mis mascotas y también mis casi mascotas, esas que no son mías pero que me visitan a diario, nunca han tenido nombres coloridos. Nos limitamos a llamarlos por aquello que les resulta característico. 

El Blanco y El Negro eran dos perros del barrio de Las Águilas, donde vivimos en el DF. El tercero que apareció fue El Grande, rodeado de un harén de perritas que buscaban su protección. Blanquita fue la paloma más comunicativa de entre las que venían a comer arroz a nuestra ventana, y El Filósofo era entre los colibríes el más pequeñito que se sentaba a contemplar mi pequeño rosal entre sorbo y sorbo que daba al bebedero. 

Aquí casi todos los gatos han corrido con la misma suerte: Bizco, Carón Regatón, Chiquitico el de las pelotas, Zalamera, Fantasmita (por su habilidad de desaparecer), Campanita (por su voz), Leoncito (por su melena) y Pintica. Los más afortunados han terminado con nombres de personajes literarios: Simplicio, Nefer Nefer Nefer, Don Pope(ye). Clelia y Fabricio eran dos burros preciosos que íbamos a visitar cuando andaba yo leyendo a Stendhal, y la araña que vivía en mi ventana se escapó de llamarse Ella-Laraña solo porque ese es el nombre de un personaje negativo, pero al final no le encontré nada más original que Penélope. 

Hoy, leyendo a un autor español descubrí que sus personajes llevan todos sobrenombres alusivos a características físicas o, como mucho, referentes a su profesión. Entonces entendí de dónde me viene esta falta de imaginación. Es una costumbre heredada de los antepasados, sin duda, y muy generalizada en mi isla de origen. No hay más que recordar aquel fragmento de "El Bodeguero", la famosa canción de la Orquesta Aragón donde, refiriéndose a uno de sus propios integrantes, dicen: 
 “Tú tienes la cabeza de gigante, 
Tú tienes la cabeza de elefante, 
Por eso todo el mundo a tí te grita: 
¡Guillermito Cabecita!” 
Que el sobrenombre a veces se lleve mejor o peor, eso ya depende del aludido. 

Atentamente; 
La Pelusa. 

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Hoy agradezco poder asomarme a mis raíces a través de páginas ajenas. Y agradezco mi sobrenombre, Pelusa, con el que me identifico plenamente.
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martes, 8 de enero de 2013

"Con los adjetivos puedes hacer lo que sea"

Hoy leí una frase sencilla, austera si se quiere, que sin embargo me hizo pensar en lo diferente que pueden las personas interpretar no ya una misma frase sino incluso una única palabra. Hela aquí:
 “…cerrando la plaza, por el otro lado, estaba el edificio del Banco y, después, tres casas de vecinos con sendos jardincillos delante.”
Resulta que casi toda mi vida entendí el adjetivo “sendos” de manera incorrecta. Debo haber faltado a clases el día que explicaron su significado. Al tropezar con él siempre me imaginaba que aquello a lo que se refería debía ser de grandes proporciones. Si se hablaba de unos señores con sendos sombreros, mi imaginación reproducía dos sombreros de alas bien anchas, como aquel que usaba Camilo Cienfuegos y que forma parte de mi iconografía particular. Si los señores fumaban sendas pipas, yo me imaginaba unas pipas largas, con unas cazoletas amplias y repletas de tabaco. Si se repartían sendos platos de comida, yo veía la mesa llena de unos platos grandes y desbordantes para cada comensal. Y así era con todo, sin importar si eran pinceles, bicicletas, casas o perros. Si venían acompañados con el adjetivo “sendos”, tomaban unas dimensiones especialmente generosas a mis ojos. 

Esto fue así siempre, y así seguiría siendo si hace unos pocos meses en una conversación mi G no se hubiera dado cuenta de mi error. ¿Se imaginan? La alumna que nunca tuvo problemas en letras, paseó su error por las narices de cuanto profesor tuvo y nadie lo notó nunca. Mientras yo escribía una idea en el papel, ellos leían otra cosa completamente diferente y todo por una simple palabra a la que le había cambiado el significado. 

Hoy en la mañana al leer la frase del inicio pensé en todo esto que ahora les cuento. Pensé también que la frase podría quedar muy bien con ambos significados, que mi interpretación particular no le quitaba mucho sentido a la palabrita en cuestión y que incluso, a mis ojos, lo complementaba. ¿Qué mal puede haber en que cada casa de las descritas arriba tuviera su propio jardincillo, y que además este fuera amplio y lleno de flores? 

Concluyo que Carrol tenía mucha razón al decir que las palabras son maletas. Ni siquiera hace falta mezclar dos de ellas para darles un nuevo significado, como hacía él con total maestría. Cada palabra es tan amplia y versátil por sí misma que en ella caben todos los sentidos que queramos darles. Cada persona va por el mundo cargando con sus palabras maletas, llenas de su propio significado, el que ha aprendido a darle a lo largo de su historia personal. Cada conversación, al final, tiene un alcance diferente para cada interlocutor puesto que cada cual habla su propio idioma, ese que va condensado dentro de sus palabras maletas. Si, todos somos un poco como Humpty Dumpty. El milagro es, pues, que nos comuniquemos. 

Lewis Carrol, Alicia a través del espejo.
PD: La frase del título de este post la dice Humpty Dumpty poco después del diálogo que aparece en la imagen.
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Hoy agradezco la suerte de tener con quién comunicarme, y entenderme, a pesar de todas las maletas del mundo.
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lunes, 7 de enero de 2013

Regalo de cumpleaños para todos.

Como a toda buena capricorniana siempre me han gustado los cumpleaños, sobre todo los míos. Esos días el mundo suele despertarse más feliz, o al menos yo lo veo así. Me encantan las felicitaciones, el cariño, la alegría y la imaginación que despliegan quienes las envían. Me entusiasman las fiestas, el espíritu de que hay algo que celebrar, aunque sea solo entre dos. Y, por supuesto, adoro los regalos. 

Me gustan tanto, que los días de mi cumpleaños cualquier cosa se me convierte en un regalo: el cielo azul o las nubes de formas bonitas, el fuerte tronco del cedro al lado del camino, la urraca adornando la punta más alta de un ciprés, el gatito que viene a saludar, la flor inesperada en pleno invierno... Cualquier cosa, digo, y todo es bien recibido. 

Pero hay ciertos años en que estos regalos naturales son mucho más especiales. Es como si el mundo decidiera darme un mensaje que no me pase desapercibido. No debe ser casualidad que suceda en los años en que más lo necesito. Esta vez, por ejemplo. 

Al levantarme y abrir la cortina para disfrutar del paisaje como cada mañana, descubrí al rebaño de ovejas del que tanto les he hablado, el mismo que siempre me llena de alegría, pastando junto a mi ventana. Nunca habían llegado tan cerca del edificio. En casi cinco años de vivir aquí es la primera vez que esto sucede. Es un regalo, sin dudas. Y se los comparto, porque las cosas buenas no deberían ser propiedad privada. 



¿Díganme si no es como para dar palmas de alegría? 

No es la primera vez que les comparto estos regalos especiales de cumpleaños. Si quieren conocer o recordar los anteriores, aquí les dejo una pequeña lista:




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Hoy agradezco la capacidad de admirar estos regalos.
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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)