Hermán y las Elenas.

Hace un tiempo les hablé de Hermán Puig, el fotógrafo, uno de nuestros grandes amigos. El día en que llegamos a esta ciudad soltamos las maletas en el hotel y fuimos directo a su casa, en ese estricto orden, sin escalas. Yo no lo conocía aun. Recuerdo la mirada evaluadora en el umbral de su puerta y, segundos después, la chispa aprobadora en el fondo de sus ojos. Recuerdo, luego, su paso entre nosotros  dejandose llenar de juventud por las calles estrechas donde la noche barcelonesa se vuelve toda 'marcha', copas, tapas y sonrisas. Recuerdo, en fin, su voz -¡que voz!- asegurándonos que esa noche por nosotros, con nosotros, se había reconciliado con la ciudad. Así fue, a grandes rasgos, mi primer encuentro con Hermán  hace ya más de dos años. Desde entonces Barcelona y Hermán, la ciudad y la compañía, forman una sola pieza en mi corazón.
En este Diario les presenté algo de su obra acompañando un poema que Pío Serrano escribió sobre él. Yo misma, luego de verlo trabajar por vez primera, me sentí impulsada a poner en letras la magia de su arte, o al menos a intentarlo. Hoy es otra Elena quien viene a hablarles de Hermán, una de las Elenas que me hacen sentir orgullosa de llevar este nombre. Les dejo con un un texto de Elena Garro que tuve la suerte de digitalizar directamente de dos folios mecanografiados un día, hace ya tiempo, por ella.
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HERMAN PUIG
por Elena Garro

Herman Puig llegó a París sin cargo oficial, prebendas o recomendaciones, cuando ya se perfilaban las migraciones gigantescas de nuestros días. Herman Puig llegó sin equipaje, iba provisto de una cámara fotográfica y vestía una cazadora a cuadros rojos y negros.
Apareció veloz como una centella. Venía de las playas azules de Cuba, cuando estas todavía no se habían politizado. En aquellos días llegaban los jóvenes de América en busca de la Fama. Herman buscaba otra cosa, algo inasible e indecible: era un artista. Pero un artista que no iba hacia delante, que no entraba en la fácil corriente de la Vanguardia ¡tan de moda! Casi a pesar suyo hizo por encargo de Adolfo Bioy Casares, el guión de uno de sus cuentos: En Memoria de Paulina. En su primer trabajo, Herman jugó con los espejos, los jardines infantiles y el pasado. Su cámara imaginaria se volcó hacia atrás, hacia lo irrecuperable. El director Torre Nilson quedó sorprendido.
Después, llevado por ese mismo afán de búsqueda, se unió a Langlois en la organización de la Cinemateque, que más tarde el mismo Herman Puig fundaría en Cuba. Casi inmediatamente, en Saint Johan in Tyrol se puso unos esquíes, un alegre gorro rojo y con los bastones de esquiar en alto, se lanzó de la montaña más elevada. ¡Nunca había esquiado! Y desapareció en medio de un enorme remolino de nieve. Era el adolescente de una isla tropical devorado por las nieves antiquísimas de Europa. Hermán Puig se perdió. Se perdió con la lente de su cámara que debía fotografiar alguna maravilla todavía no descubierta. Herman Puig se fue al pasado.
Reapareció en el Renacimiento. En el mundo creador de Leonor Fini. Entre sus verdes y sus azules, sus crujientes sedas, sus joyas, sus pinceles, para aprender algo que él ya sabía: el olvidado goce del lujo. ¡El lujo! ¿Acaso no es ahora una ignominia? Aunque sepamos que el lujo consiste en la nobleza de los materiales ¿Y que mejor atuendo para el hombre? Llevado de la mano por Leonor Fini, que decoraba el film Romeo y Julieta, Herman Puig reconoció la hermosura de las escalinatas hechas para ser pisadas por la planta del hombre, el misterio de las máscaras y la gravedad de los festines. Aprendió un mundo en desuso.
Pero Herman Puig quería ir más hacia allá, más hacia el pasado, mientras a su alrededor los artistas iban más acá, más hacia la mecanización del arte, la desaparición de la escultura y la reducción de la forma humana a volúmenes informes hasta reducirlos a clavos, puntos, rayas. Ellos habían cruzado ya la frontera prohibida, la que marcaba peligro: ¡aquí se destruye al hombre! De la distensión de la realidad pasaron a su atomización, mientras en las calles portaban carteles contra el átomo. De sus obras centradas en borrar la huella del hombre surgieron las criaturas que nos rodean: las No personas, los Marginados, los Desplazados.
Con angustia, Herman Puig, un ser moderno dotado de una conciencia tan antigua como el hombre mismo continuaba buscando a la Persona, al hombre no desplazado de sí mismo. En realidad Herman Puig se sabía un marginado. Marginado por voluntad propia, se colocó en el estrechísimo margen que el arte moderno concede al artista moderno. Esto no lo hizo soltar su lente enfocada en el pasado. La angustia se apoderó de él: ¡incomunicado! Si. El hombre moderno ha perdido a Eco.
Sus encantadores amigos corrían hacia delante, los esperaba la Fama y a él lo aguardaba el olvido. Néstor Almendros, el de la lente exacta, sin preocupaciones míticas ni místicas, le suplicó: “¡Germán, sienta cabeza!” No lo escuchó. Movido por Mercurio, el espíritu de la apariencia de la naturaleza y ajeno al espíritu celestial, Herman Puig se refugió en sueños múltiples poblados de Héroes mutilados, enterrados bajo paletadas de tierra artística de los que corren adelante sin volver jamás la vista atrás.
Susanne Sontag, antes de que fuera Susanne Sontag, lo animó a continuar su búsqueda adolescente. El gran cineasta Pabst, entendió su emoción, trató de valorarlo y se mostró con él en las ocasiones brillantes. ¿Acaso no se valora la publicidad? Herman Puig no aprovechó las ocasiones brindadas por Manolo Altolaguirre con quien filmó Golpe de Suerte. Tampoco aprovechó al anciano Edouard Tissé, el operador de Einsenstein.
Marginado y solitario por propia voluntad emprendió el camino en reversa: vio al hombre moderno cubierto de harapos de mezclilla, preparado ya para ingresar voluntariamente en los presidios ultramodernos y multitudinarios de nuestros días. Más allá encontró los casimires Manchester, preámbulo del harapo y llegó al lugar en el que lo dejó Leonor Fini: en Italia, frente a Donatello y bajo el David de Miguel Angel, olvidado en la plaza pública. Reencontró entonces a Lucía Bosé que se alejaba de Antonioni. La lente de Herman recuperó en el rostro de Lucía la sonrisa arcaica de los griegos. Ella le mostró las playas solitarias en donde yacen ahogados los antiguos Dioses y los Héroes, sus ancestros.
Herman sabía que los Héroes son el símbolo de la conciencia y que los Héroes estaban derrotados. Su derrota es el triunfo de la masa sin cuerpo y sin rostro, la prefiguración del fin del hombre. Los artistas nihilistas habían asesinado al hombre. Herman Puig debía buscar al tiempo anterior a la destrucción. En su lucha se colocó en una situación límite: “¡Germán, sienta cabeza!” ¿Y cómo sentarla en un espacio en el que no existe espacio para una cabeza? Entonces, lúcidamente –la lucidez se considera un signo peligroso de locura en este tiempo proteiforme- Herman trabajó en silencio. El inconsciente sin consciente se convierte en psicosis total y Hermán descubrió la enfermedad llamada deshumanización.
Antes ya, en su trabajo con Langlois, rescató a los últimos Dioses permitidos: las estrellas de cine, luminosas y arquetípicas. En su brillante presencia de Dioses modernos reside el poder de la fascinación de lo “retro”.
En Von Gloeden, se encuentra la nostalgia de lo “retro”, el mundo perdido del Paraíso Terrenal, que el Barón trató de reconstruir en sus fotografías “naives”. Su primo Von Pluschow le acompaña en la aventura de buscar una Grecia absurdamente dionisíaca. Es otro alemán el que descubre la Grecia Apolínea y la Grecia Dionisíaca y su descubrimiento lo volvió loco: Nietzsche.
Nada de esto escapa a la mirada de Herman Puig. El no busca una reconstrucción teatral del mundo antiguo. El busca al hombre. Lo despoja de sus atributos modernos, de sus harapos, para esculpirlo con su lente. Y lo esculpe con sus músculos, nervios y arterias a flor de piel. Sus fotografías están más cerca de la escultura que de la fotografía. Mágicamente nos llevan a la fuerza cincelada del León de San Marcos, en Venecia. En ellas existe la misma violencia alada, las nervaduras, exactitudes y voluntad de permanecer en el tiempo. Herman Puig sabe que es peligroso nadar a contracorriente y entre una multitud de nadadores expertos en borrar formas y orillas. Asegura ahogarse o tal vez renacer.
Néstor Almendros, que le recomendara: “¡Germán, sienta cabeza!”, dice ahora: “Herman redescubre el cuerpo del hombre. Es tan importante lo que encuadra dentro de su lente como lo que deja afuera”. ¿Qué deja? Quizás el espacio entre la estatua y el hombre, tal vez la plaza pública construida para recordar que el hombre es algo mas que un objeto o una materia utilizable, quizás un hombre, un héroe.

Mas de la obra de Herman en su pagina web: Herman Puig

Comentarios

  1. esa foto se me hace impactante se ve que es un excelente fotografo... saludos pelusa!!

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  2. Es un maestro, Raptor. No te quepa duda.
    Saludos!

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  3. Hola, Pelusa, tiempo hace que no te visito. He visto otras fotos de Puig, creo reconocer sus imágenes con el juego la luz, la belleza de las formas y las lineas anónimas.

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  4. Que curioso

    recuerdo bien tu entrada de Puig que bien leí y no sé si comenté

    pero en este momento me llama la atención que en la misma semana tres de nosotros recordemos a Elena Garro

    mi mentora de locura (yo su admirador, creo, incondicional)

    no sé si recuerdes hace un tiempo le dediqué un post y el próximo habla de ella... provocado por Canalla por cierto

    leí este texto con la piel erizada y emoción como todo lo que viene de Garro, puse atención por supuesto a el Ser de Puig y me lo imaginé distinto a como lo has descrito tú anteriormente

    el vértice de las Elenas es él mismo que debe sentirse orgulloso (muy) de provocarlas a las dos

    y a los que apreciamos su obra... como esta maravillosa fotografía.

    Beso

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  5. Pelusita

    Gracias por compartir este texto. La escritura de la Señora Garro está más allá de toda prueba (ya leíste lo que le comenté a Canalla en su post del meme), pero aquí, en un tono algo distinto, hace un gran retrato de tu paisano Herman Puig (qué gran fotógrafo). Y también, gracias por el link a la página de él.

    Un beso

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  6. Misuangelo, como dice Elena Garro, es casi un escultor dentro de un fotografo. Sus fotos, una vez que las has visto, son inconfundibles. Besos!

    Mau, no hay misterio. Mi post tambien viene provocado por el de Canalla, motor impulsor. No he leido nada de Elena Garro excepto este texto que me gusta mucho, pero ya la tengo en lista. EG conocio a Herman hace mucho tiempo, y su texto retrata el Herman de aquella epoca que es mas o menos el mismo que yo conozco (de hecho, al de hoy lo reconozco casi por entero en esas lineas), solo que ahora ha tenido tiempo de vivir mas. Eso, sin dudas, es lo que encuentras de diferente, amen del background de cada Elena. Un abrazo!!

    Marichuy: La maestria esta en sus letras. Yo he escrito sobre el ya varias veces, e incluso publique aquel poema de Pio Serrano, y ha sido Garro la unica capaz de provocar interes en la figura de este maestro entre los lectores de este diario. Eso es saber escribir!
    Besos!

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  7. Querida Pelusa...

    Mil gracias por el texto. Me haz hecho descubrir algo el día de hoy. Precioso texto.

    Y preciosas imágenes también...

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