domingo, 30 de noviembre de 2014

La lluvia no siempre se resuelve en poesía

Llueve mucho, pero no voy a escribir poemas esta vez. Tanta agua no me permite escuchar otras cadencias que su repiqueteo a mi alrededor. Ha estado lloviendo toda la semana, todos los días, todas las noches, casi a todas horas. La lluvia ha de haber olvidado cómo detenerse. He ahí la definición del otoño que por fin se ha abierto paso hasta acá. Parece querer llegar todo de una vez; tan apenado está por su retraso.

Como excepción tuvimos una hora sin lluvia este mediodía. El sol se adivinaba apenas en el cielo como un disco opaco detrás de un velo de nubes. Pueden creerme, por romántica que suene la frase es la imagen exacta para hoy.

Bajo ese cuasi-sol, pues, aprovechamos para salir. Todos —nosotros y los otros— salimos a estirar las piernas y respirar aire fresco. ¡Ah, caminar! Caminar se ha vuelto un lujo en este tiempo de lluvias. Ya es un simple recuerdo el caminar con ligereza por los senderos del bosque, sentir el ruido de los pasos amortiguados por las hojas caídas, no amontonar barro en los zapatos hasta que pesan como costales llenos de papas. Ahora es tiempo de dar un paso o dos, con suerte tres, antes de quedar atascados en la tierra o resignarse a seguir el aburrido camino del asfalto. 

Caminamos, pues, entre el olor a tierra húmeda. Saltamos de piedra en piedra. Compartimos la alegría de los pájaros. Fuimos y regresamos tan solo, no dio tiempo para más antes de que allá arriba abrieran de nuevo el grifo. Cortito el paseo pero efectivo, y para cerrarlo con broche de oro fuimos premiados con la vista de una abubilla que no paraba de abrir y cerrar su penacho, "como espantada por tanta agua y viento" —digo yo, buscando y ofreciendo algo de solidaridad. 

No fue más que una pequeña tregua. Ya es noche otra vez y aún sigue lloviendo.





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martes, 25 de noviembre de 2014

Otoño



El otoño viene y se va, no se decide a entregarse del todo. Es hora de que llegue y yo, ¡yo estoy tan lista para recibirlo! Cada día me visto, me cubro, me abrigo, quiero sentir por fin un poco de aire frío en el rostro. Luego salgo de casa, camino, sudo y, claro, me desilusiono. 

Esperar desilusiona. Comparar también. Las comparaciones son odiosas. Lo redescubrí hace un par de días cuando escuchaba la voz espontánea, la risa alta, la soltura de cuerpo y de mente de aquella chica. Tan diferente a mí, tan hacia afuera ella. Tan parecida a mí o a lo que soy bajo este ropaje de esponja.

Un acto de entrega, sístole de esta diástole de aprendizaje y recogimiento. Un acto de entrega, como el del otoño. 

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)