La lluvia no siempre se resuelve en poesía

Llueve mucho, pero no voy a escribir poemas esta vez. Tanta agua no me permite escuchar otras cadencias que su repiqueteo a mi alrededor. Ha estado lloviendo toda la semana, todos los días, todas las noches, casi a todas horas. La lluvia ha de haber olvidado cómo detenerse. He ahí la definición del otoño que por fin se ha abierto paso hasta acá. Parece querer llegar todo de una vez; tan apenado está por su retraso.

Como excepción tuvimos una hora sin lluvia este mediodía. El sol se adivinaba apenas en el cielo como un disco opaco detrás de un velo de nubes. Pueden creerme, por romántica que suene la frase es la imagen exacta para hoy.

Bajo ese cuasi-sol, pues, aprovechamos para salir. Todos —nosotros y los otros— salimos a estirar las piernas y respirar aire fresco. ¡Ah, caminar! Caminar se ha vuelto un lujo en este tiempo de lluvias. Ya es un simple recuerdo el caminar con ligereza por los senderos del bosque, sentir el ruido de los pasos amortiguados por las hojas caídas, no amontonar barro en los zapatos hasta que pesan como costales llenos de papas. Ahora es tiempo de dar un paso o dos, con suerte tres, antes de quedar atascados en la tierra o resignarse a seguir el aburrido camino del asfalto. 

Caminamos, pues, entre el olor a tierra húmeda. Saltamos de piedra en piedra. Compartimos la alegría de los pájaros. Fuimos y regresamos tan solo, no dio tiempo para más antes de que allá arriba abrieran de nuevo el grifo. Cortito el paseo pero efectivo, y para cerrarlo con broche de oro fuimos premiados con la vista de una abubilla que no paraba de abrir y cerrar su penacho, "como espantada por tanta agua y viento" —digo yo, buscando y ofreciendo algo de solidaridad. 

No fue más que una pequeña tregua. Ya es noche otra vez y aún sigue lloviendo.





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