sábado, 25 de mayo de 2013

Del ideal de la personalidad.

Fragmento de El juego de los abalorios, de Hermann Hesse.


"Porque seguramente lo que hoy entendemos por personalidad, es algo ya muy diverso de lo que comprendieron por ello los biógrafos e historiadores de épocas precedentes. Para ellos, y justamente para los escritores de aquellas épocas que tuvieron netas tendencias biográficas, parece —podría decirse— que lo esencial de una personalidad fue lo discrepante, lo anormal y único, y aún, a menudo, lo patológico, mientras que nosotros los modernos hablamos generalmente de personalidades importantes sólo cuando encontramos seres humanos que, más allá de toda originalidad y rareza, lograron la inserción más perfecta posible en el orden general, la prestación más acabada en lo ultrapersonal. Si observamos con más atención, también la antigüedad conoció ya este ideal: la figura del “sabio” o del “ser perfecto” para los antiguos chinos, por ejemplo, o el ideal de la moral socrática, apenas pueden distinguirse de nuestro ideal moderno, y muchas grandes organizaciones espirituales, como la Iglesia romana en sus épocas más poderosas, tuvieron principios parecidos, y muchas de sus máximas figuras, como Santo Tomás de Aquino, nos parecen —como las primeras estatuas griegas— más arquetipos clásicos que individuos. De todos modos, en los días de la reforma espiritual que comenzó en el siglo XX y de la que somos herederos, aquel viejo y genuino ideal había ido perdiéndose evidentemente en medida casi total. (...) A los modernos no nos interesa la patología ni la anamnesia familiar, la vida vegetativa, la digestión y el sueño de un héroe; ni siquiera sus antecedentes espirituales, su formación a través de estudios y lecturas preferidas, etc., tienen importancia especial para nosotros. Sólo merece nuestro particular interés aquel único personaje que por naturaleza y educación estuvo colocado en condiciones para dejar diluir su persona casi perfectamente en su función jerárquica, sin que se perdiera la fuerte, viva y admirable espontaneidad que constituye el valor y la fragancia del individuo"

Hermann Hesse, El juego de los abalorios
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miércoles, 22 de mayo de 2013

El Reino de este Mundo (fragmento).

"En aquel momento, vuelto a la condición humana, el anciano tuvo un supremo instante de lucidez. Vivió, en el espacio de un pálpito, los momentos capitales de su vida; volvió a ver a los héroes que le habían revelado la fuerza y la abundancia de sus lejanos antepasados del África, haciéndole creer en las posibles germinaciones del porvenir. Se sintió viejo de siglos incontables. Un cansancio cósmico, de planeta cargado de piedras, caía sobre sus hombros descarnados por tantos golpes, sudores y rebeldías. Tí Noel había gastado su herencia y, a pesar de haber llegado a la última miseria, dejaba la misma herencia recibida. Era un cuerpo de carne transcurrida. Y comprendía, ahora, que el hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo."

Alejo Carpentier, El reino de este mundo

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jueves, 9 de mayo de 2013

De cómo restirar truena las letras

Hace unos pocos días publicamos aquí mi reseña sobre el libro de Ray Bradbury El vino del estío (De cómo estirar una buena lectura), y también un texto-comentario derivado de esta reseña escrito por mi G (De cómo estirar una buena reseña). Lo más interesante ha sido, sin dudas, las reacciones de quienes han leído estos dos textos, tanto aquí en el Diario como por correo. Hoy les comparto la creativa respuesta que nos ha hecho llegar don Ivanius (del blog Chancho pensante), y que no deja de maravillarnos.
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De cómo restirar truena las letras


Mientras los ojos envejecen,
las inquietudes del alma sedimentan.

Así sucede a veces:
palabras entre vaivenes,
espejismos de nube,
dónde queda el autor,
qué voz es esa que oyes, lector,
de vuelta
a cavilar en cábala,
a dormitar páginas amarillentas.

No sé si es eso lágrima o engaño:
no le atino al cansancio del fonema.
No escucho las campanas como antes,
no leo tanto (o tan poco) que estremezca.

Con cascadas de tinta, el electrón deshoja
sensaciones -¿espasmos, parpadeos,
suspensión, medicina en adicción pequeña?

Leer no es maratón. Es triunfo del pie plano
que, cauteloso, posa pleno y deja poso
para que, en el surco del zanco, surjan letras.

De vez en cuando, pausa
es el nombre del paso, y la sonrisa
no llega encuadernada como siempre
...pero la envoltura virtual hace de oblea.

Así, de pronto, regresa el apetito,
resucitan los párpados, se animan las imprentas.
Por un rumor de voces que, allende en el camino,
enarbolan a un tiempo aceite, vino... y linterna.

Ivanius (que no ha leído El vino del estío)
1/mayo/2013

viernes, 3 de mayo de 2013

De cómo estirar una buena reseña.

Cuando mi G. leyó la última reseña que publiqué aquí sobre El vino del estío, de Ray Bradbury (De cómo se estira una buena lectura), el tema motivó una interesante conversación. Yo le pedí entonces que pusiera por escrito sus impresiones. Aquí se las compartimos.
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Una obra artística es de una riqueza inagotable. En ella encuentra uno siempre algo nuevo y la impresión de plenitud resulta tan grande que de ella nace el impulso de compartirla. Por eso el arte está fuera del torrente del tiempo y no es aplicable a él la noción de progreso. 

Bien lo sabe el que la crea. Cuando el creador se pone a trabajar el tiempo se detiene y toda su vida - pasada, presente y por venir - está condensada en el aquí y ahora, por eso lo que él da es la esencia más pura de su vida y la obra resulta para el que la sabe apreciar como un elixir vivificante que puede resolver cualquier problema por difícil que sea en un sólo instante. Es precisamente porque el que crea no lo hace con las manos, los ojos, la boca o las piernas sino con su propia vida, que la obra resulta no sólo invaluable, sino también impagable. 

Una obra artística es como un buen vino añejo que se degusta a sorbos, nunca en la soledad, sino en un agradable convite con los amigos, y nunca de una sola sentada. Si el vino es realmente bueno, se pide más, y suele haber siempre en la bodega más botellas o incluso barriles. 

Sin embargo, aquí la analogía del vino no da para más, porque en la obra están todas las botellas y barriles de vino del mundo, habidas y por haber. Lo que es más: están todos los viñedos de la tierra, y los bosques y arroyos que le aportan su aroma, y el mar y los cielos que inspiran al creador. Su obra artística es la destilación de la vida eterna y uno se pregunta por qué la  intemporal intensidad de la creación puede ser consumida en unos pocos días o incluso horas. 

La misma pregunta surge con respecto al creador: Platón, Shakespeare, Goethe, Proust, Bradbury... cómo la artística obra de sus propias vidas puede haberse apagado en un simple instante y a veces de manera tan prosaica. Ars longa, vita brevis. Que la obra artística sea invaluable e intemporal, no significa que el que la crea sea eterno o inmortal. 

Nacemos, nos educamos y vivimos en medio del consumo. Para que perdure la vida humana es imprescindible cuidar las artes y a los artistas, y el mismo reclamo resulta extensible a todas las manifestaciones de la vida espiritual y a sus respectivos creadores. Para que siga habiendo buen vino, hay que cuidar a la madre tierra. Nunca como hoy ha sido tan importante abandonar para siempre la actitud consumista ante la vida.  

Gustavo Pita Céspedes
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miércoles, 1 de mayo de 2013

De cómo estirar una buena lectura.

"Si uno corre, el tiempo corre. Uno grita y aúlla, y rueda y brinca, y de pronto el sol se ha ido, y se oye la sirena, y uno vuelve a casa a cenar. Cuando no miras, ¡el sol se escapa detrás de ti! ¡El único modo de detener las cosas es mirarlo todo y no hacer nada! Un día puede estirarse así como tres días, sí, ¡sólo mirando!" 
Fragmento de El vino del estío, de Ray Bradbury

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¿Cómo pueden emplearse tres semanas completas en leer un pequeño libro de apenas ciento veinte páginas? He ahí la cuestión.
Ciento veinte páginas, estarán de acuerdo, se leen en un santiamén. Sobre todo si están bien escritas, si el texto es fluido. Aún más si el tema es interesante, motivador. Especialmente si la belleza y la sensibilidad emanan de cada palabra, de cada imagen empleada por el autor.
Hace unos pocos años, de hecho, me hubiera sorbido un libro como este en media tarde de un tirón. Con interrupciones, no hubiera pasado de una buena noche de lectura. Es lo normal, dirán. ¿Qué ha pasado esta vez, pues?
Sucede que creo que el libro es tan pero tan bueno, tan pero tan disfrutable, que no quería que se acabara nunca. 
Y lo estiré. Lo estiré todo lo que pude. Leía una página o dos, no más, y no volvía a abrirlo hasta que todas las buenas sensaciones e impresiones que me generaba no habían comenzado a desaparecer; y a veces me duraban dos, tres, hasta cuatro días tan frescas como si hubiera acabado de leerlo. Cuando, por fin, comenzaba a menguar su fuerza buscaba el fragmento, lo releía y presenciaba el milagro de verlas florecer una vez más. 
Decidía entonces, en un intento de eternizar tan buenos momentos, compartir lo encontrado con ustedes o leérselo en voz alta a mi G, porque no hay mejor manera de incorporar algo, de volverlo parte de tu cuerpo, carne de tu carne, que compartirlo con el mundo.
Por eso hoy estoy aquí, para decirles que El vino del estío de Ray Bradbury, es uno de los mejores y más hermosos libros que he leído nunca, de esos que conviene tener cerca para no perder el rumbo, para no olvidar qué es lo verdaderamente importante en la vida. Un libro recomendable para todos, absolutamente todos los lectores.



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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)