Si, podría leerme el mundo.

A veces me parece que soy demasiado exigente. Cuando comenzábamos a leer el gato deSoseki en el grupo de lectura, no hacía yo más que sorprenderme de lo diferente que eran la versión digital que el resto del grupo estaba leyendo, traducida del inglés, y la versión en papel que tenía yo en mis manos, traducida directamente del japonés. Bueno, sorprenderme y soltar todo tipo de lindezas sobre el traductor del libro electrónico, porque evidentemente todos los malentendidos –y no eran pocos- se debían al problema de la traducción. Había desde equivocaciones en algunos términos hasta cambios de sentido a párrafos enteros, y yo, escandalizada, les corregía el sentido, “es que leer una traducción hecha a partir de otra traducción es como beber el líquido resultante después de agregarle varias veces agua caliente a una misma bolsita de té”- les decía, y les hablaba del padre Jesús González Valles, japonólogo reconocido, y de la seriedad de su trabajo de traducción que yo estaba disfrutando… Hasta que me di cuenta de lo exigente y prepotente que puedo ser a veces, aunque lo haga con las mejores intenciones y, toda avergonzada, ya no dije nada más.
“Deformación profesional” dirán que es lo que padezco después de mis escasos años de mal-estudio de un par de idiomas. Lo cierto es que me encantaría conocer muchos más a la perfección sólo para tener el gusto de leer ciertas obras en su lengua original. Me gustaría, por ejemplo, conocer mejor el japonés y poder leer a Akutagawa, Soseki o Kenzaburo en todo su esplendor, o ver las películas de Kurosawa, de Mizoguchi o de Hayao sin subtítulos. Echo de menos el francés para leer a Flaubert o a Balzac, e incluso para entender a la Piaff, a Aznavour, a Brassens o a Brel cuando les escucho cantar. Me arrepiento de no conocer un buen inglés para disfrutar de Shakespeare, Jane Austen, Tolkien, Chesterton..., o un buen italiano para saborear la Divina Comedia hasta el último verso. Quisiera saber alemán para entender a Goethe o a Mann, o el ruso… ¡ah!, el ruso… Dostoyevski, Tolstói, Pushkin, Goncharóv, Bulgákov, Gógol, Chéjov  ¡y tantos tesoros más! Creo que si supiera hindi o árabe me atrevería incluso con el Mahabharata o Las mil y una noches. ¡Hasta puedo imaginar su hermosa sonoridad!
Como epílogo les cuento que hace un par de días, releyendo por enésima vez “La Ilíada, de Homero”, deliciosa reseña seleccionada al azar en el primer número de la revista infantil “La Edad de Oro” de José Martí, me sentí completamente identificada y hasta vi justificadas mis ansias de poliglotismo con este fragmento que les copio a continuación:
Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la Ilíada, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenas traducciones, y el que sepa inglés debe leer la Ilíada de Chapman, o la de Dolsey, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope, que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolf, que es como leer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de Leconte de L'Isle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es de Hermosilla; porque las palabras de la Ilíada están allí, pero no el fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en que parece que se ve amanecer el mundo, -en que los hombres caen como los robles o como los pinos, -en que el guerrero Ajax defiende a lanzazos su barco de los troyanos más valientes, -en que Héctor de una pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, -en que los dos caballos inmortales, Xanthus y Pileus, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo Patroclo, -y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el cielo se junta con el mar.
Diomedes, Ulises, Néstor, Aquiles, Agamenón en La Ilíada
Ilustración original de La Edad de Oro, no. 1

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Comentarios

  1. ¿será que en Ruso Ana Karenina si es divertida? Ahora, me has puesto trabajo....

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    1. Emma, yo creo que a cada libro le llega su momento en nuestras vidas, y que si no nos dice nada o de plano nos aburre sobremanera cuando lo leemos es porque quizas no era ese su momento. Claro que tambien hay libros que no resuenan para nada con nosotros por muy buenos que otros dicen que son. He topado con alguno asi, por supuesto!
      No he leido (aun) Ana Karenina, pero te aseguro que de todo lo ruso que he leido, nada me ha decepcionado hasta ahora. Lo tengo en mi lista... solo estoy esperando que se me pase la saturacion de la Bovary. :)
      Besos!

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  2. Hay quienes defienden y quienes destrozan al traductor. Yo me inclino más por defender la obra y el autor, reconociendo mis limitaciones lectoras, y recuerdo a Unamuno, que (dicen) aprendió danés para leer a Kierkegaard... aunque seguro también leyó a Andersen. Creo que aprender más de un idioma (lengua, dialecto, caló, discurso) amplía horizontes. También me queda claro que un buen lector que conoce su lengua materna sabe detectar traducciones malas o defectuosas aunque no conozca el idioma original. Aprender y acariciar el propio modo de expresión pone en camino de apreciar y disfrutar otros. Aunque no sé si tendría la paciencia necesaria para aprender todos los idiomas de mis autores preferidos, sigo leyendo.

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    1. Eso es cierto, don Ivanius. El conocer la lengua propia lo mejor posible ya es una garantia para saber apreciar o al menos discernir cuando estamos ante una buena traduccion. Claro, que eso no me quita los deseos de leer las obras en los originales... yo creo que mas bien lo incrementa un poco.
      Con la anecdota de Unamuno (que no conocia) me recordaste que en Cuba tuvimos un caso similar: el filosofo Jose de la Luz y Caballero viajo por Europa (no por simple turismo), se entrevisto con grandes personalidades como el propio Goethe..., y es conocido que en esos viajes se comunico en el idioma propio de cada lugar que visito.
      Besos!

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  3. Creo adicionalmente al tema de las traducciones, otra barrera para poder apreciar completamente una obra es entender la cultura, creo que con Soy un Gato nos pasó eso, muchas bromas, chistes, anécdotas, no fueron aceptados y hasta se catalogaron de aburridos por no entenderlos.
    ¿Sabes que mi sueño de niña era precisamente ese? aprender todos los idiomas que pudiera, claro que entonces no lo hacía para leer a esos grandes que mencionas, sino simplemente para entender a toda a la gente :D
    Hace un tiempo traté de aprender griego y hebreo para comparar algunos pasajes bíblicos que sé no están traducidos correctamente, jajaja, pero me resultó tan difícil que abandoné :( quizá más adelante :)

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    1. Miriam, algo que he descubierto es que una de las ventajas de conocer una lengua (ademas de romper esas barreras idiomaticas que mencionas) es que te abre las puertas de la(s) cultura(s) que la hablan. Y esa es otra de las motivaciones para aprender mas y mas idiomas ;)
      Griego y hebreo??? Valiente, Miriam!! Quien sabe si un dia me decido a ir tambien por ahi!
      Besos!

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