Proyecto 365, dia 159: Una mujer de recursos.

-Guarden sus libros y bajen la cabeza- era la voz de la maestra Gladys que anunciaba que las clases habían terminado por ese día y que emplearíamos los minutos restantes hasta que sonara el timbre de salida en uno de los juegos que mas disfrutábamos.

Todos nos apresurábamos a poner nuestras cosas en orden y apoyábamos la cabeza en los brazos doblados sobre la mesa. No se podía mirar –era parte de las reglas del juego- pero sí podíamos escuchar a Gladys caminando por entre las mesas y cantando con su voz dulce y bien temperada una cancioncilla que hablaba de un ratón travieso que regalaba caramelos a los niños buenos. Su voz se acallaba y esta era la señal para levantar la cabeza y averiguar si habíamos sido favorecidos con un regalo del ratoncito. ¡Y qué feliz era el afortunado que hallaba un caramelo en su mesa! Pero incluso sin regalo, después de disfrutar de esos minutos preciosos escuchando la canción y esperando ansiosos el regalo, regresábamos todos a casa alegres y deseando que llegara el próximo día para regresar a la escuela.

Gladys Fernández fue nuestra maestra, es decir, nuestra segunda madre, desde primero hasta cuarto grado de primaria. Ella nos enseñó a leer y escribir, a amar las artes y las ciencias, a apreciar estéticamente nuestro entorno.

Era una señora ya mayor, de manos delgadas y piel tan fina que llegaba a mostrar sus venitas azules; siempre vestida con la impecabilidad de las épocas pasadas, con medias largas en pleno verano caribeño y zapatos de tacón brillantes como espejos; siempre arregladita como si en aquella pequeña aula de una pequeña escuela en un pequeño barrio de las afueras, estuviéramos sentados no solo nosotros –pequeños niños- sino también todo un publico exigente que pudiera valorar su presencia tanto como sus conocimientos. Era la maestra más elegante de la escuela, y todos sus alumnos estábamos muy orgullosos de ella.

Nuestra aula –la misma durante aquellos cuatro años- estaba impregnada de su espíritu hasta el último rincón. Cada año, unas semanas antes de comenzar las clases, ella convocaba a los padres de sus alumnos y entre todos reunían dinero y compraban galones de pintura y madera para pintar paredes, reparar ventanas o puertas y retocar los viejos muebles hasta dejarlos como nuevos. No faltaba la madre que se ofrecía a confeccionar unas cortinas para las ventanas o la que traía una maceta con un exuberante helecho para una esquina al lado de la pizarra. El resultado era un local en extremo acogedor, únicamente comparable a nuestra propia casa. Estoy segura de que nunca hubo otros niños más felices de entrar en su aula el primer día del curso.

Semejante espíritu de colaboración surtía su efecto sobre nosotros, por supuesto, que emprendíamos con agrado en los primeros días de clases la parte que nos tocaba aportar en la decoración del aula. Gladys, mujer de muchísimos recursos, nos hacía sentir que nuestro granito, por pequeño que fuera, era una importante contribución para la humanización de aquel espacio, y ponía en nuestras manos cartones, papeles de colores y tijeras con los que confeccionábamos varios implementos para nuestro uso: unas latas redondas y alargadas y unas pequeñas cajitas forradas alegremente nos servirían para colocar nuestros lápices y gomas mientras estuviéramos en el aula, y unos cartones forrados de papel blanco con las esquinas protegidas por un triángulo de papel de otro color serían nuestros apoyos para escribir. Sólo entonces el aula comenzaba a pertenecernos. Había algo en ella nacido de nuestras manos, y eso nos hacía dueños y señores de aquel lugar tanto para disfrutarlo como para protegerlo.

Con el tiempo entendí que aquellas latas y aquellos cartones eran la versión de bajo costo -en un mundo donde los originales habían desaparecido para siempre- de los portalápices y los tapetes o vades para escritorio (que luego he visto en lujosas versiones de cuero con las puntas forradas de oro, nunca tan lindos como aquellos salidos de nuestra imaginación), y que su exquisito aspecto personal eran reminiscencias de lo que ella había conocido en épocas anteriores. Era una maestra de antes, de las que ya no hay, y con cada acto, gesto o palabra, nos ponía en contacto con una realidad diferente, rica en valores culturales, una realidad que hacía del hombre el centro de la existencia y que ella se negaba a dejar morir.

A mi maestra Gladys le debo mucho: mi afición a las manualidades, mi amor por las letras, mi admiración por la elegancia y quizás también, por que no, mi "aristocratico" espíritu que no concibe vivir en medio del vacío estético y, por lo tanto, deshumanizado.



(Imagen tomada de http://www.laurelauction.com/October.20.06.htm)

Comentarios

  1. Bellísimo recuerdo, que hace presente al personaje de la maestra rodeada de niños inquietos, laboriosos y alegremente disciplinados. Alguna niña, acaso, andando el tiempo, con un blog como escritorio y herramienta....

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  2. Y gracias a esa maestra, nosotros te podemos leer.
    Un abrazo Pelusa.

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  3. Desgraciadamente, en los tiempos que vivimos, quedan muy poquitos maestros vocacionales. Sin duda tu maestra lo era.
    Un besote, guapa!

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  4. Oar, a mi país le hace faltan maestras como la tuya... y un sistema educativo socialista.

    De la primaria recuerdo pocos profesores(as) agradables, de hecho los recuerdo mas por lo incompetentes que eran (como mi maestro de 4o grado, que NUNCA nos eneseño matemáticas, o la mestra de 4o de mi hermana, una sadica creida que llegaba a golpear a los niños e insultarlos llamandolos "caras de perro miados", cosa que se detuvo cuando un tio la denuncio ante varios padres de familia)... en fin, es importante que los maestros le "metan" a los niños el gusto por hacer cosas o "humanizarse". Que triste que muy probablemente esos tiempos quedaron atrás.

    Rrrrr

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  5. Oye que lindo recuerdo Pelusita!.
    Me gustó mucho fue muy explicito. A decir verdad me hubiera gustado tener una maestra que me cantará así!
    hummm la mia era como medio gruñona... y tengo un recuerdo muy raro, muy difuso que prendería el candelero, pero es que es mi vecina y seria fatal decirlo. Pero no sé.. para mi biografia! jejej


    Un abrazo

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  6. Mi maestra de Primero a Tercero de primaria era una Monjita llamada Hermana Luz... no tenia grandes habilidades para controlarnos, sin embargo solía mandarme al patio a dar vueltas, generalmente 3 o 4 hasta q me cansara lo cual no sucedía. Finalmente decidió enviarme toda la mañana a la Biblioteca... pensándolo bien ahora me doy cuenta que fue ella quién me dio mi primer gran apronte a los libros y a la lectura, quizá con el afán de q yo no interrumpiera sus clases me hizo el mejor regalo q he tenido, uno q disfruto hasta hoy

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  7. Pelusita: me produce algo de melancolía leer este recuerdo, proque sabemos depués todo lo que viene pasando. ¡Que sino tan afortunado el tuyo, de haber cruzado tu camino con el de Gladys! Ojalá ella lo haya sabido algún día... de musica de fondo, tarareo..."que bonita mi escuelita, que bonita, porque está muy cuidadita, cuidadita. Como soy una niño..." ya, ahí el panfleto lo jode todo. Beso.

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  8. Ivanius:

    …termino por hacerle un homenaje a su maestra, y se pregunta que habra sido de ella.
    Besos!
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    MasQuerida:

    Gracias a ti por visitarme y dejarme tu cariño!
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    Sonia:

    En mi tierra les llamaban maestros normalistas, porque eran graduados en su mayoria de la Escuela Normal de Maestros de la Habana, pero de que los movia la vocacion no hay duda.
    Un beso!
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    Morinakemi:

    Aquí no se idealiza nada.
    Esta maestra era, como dije en el texto, de las “de antes”, o sea, formadas antes de la Revolucion. Cuando yo era niña ya quedaban pocas como ella. En mi escuela ella era unica, de las otras no quiero ni acordarme. Hubo una que expulsaron porque en el comedor escolar le tiro un vaso de metal a un niño a la cara y el niño quedo ciego porque el golpe hizo que el lente de contacto que llevaba se le clavara en el ojo. Esas otras por lo general no eran de las “de antes” y eran un mero producto revolucionario. Tampoco quiero generalizar en esto, no todas eran asi. Yo tuve suerte de tenerla a ella y no a otra por maestra.
    En mi pais tambien hacen falta maestras como Gladys.

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    Potter:

    Me hizo mucha gracia tu comentario… jeje
    Igual puedes mudarte y entonces nos cuentas, no?

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    Hombre mirando al SO:

    Me recordaste a Fausto: “Yo soy la fuerza que siempre quiere el mal y sin embargo hace el bien”.
    Debe haber sido interesante tener monjas por maestras.
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    Ay, Mara!

    Melancolico fue mi recuerdo cuando estaba escribiendo esto, pero sorprendente el darme cuenta al final de la verdad detrás de los actos de esta maestra. Conoci la historia de otra maestra –esta de ingles- que, con musica de Jingle Bells cantaba: “Our school Hill be Moncadista…”
    Interesante!
    Un beso!

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