jueves, 4 de junio de 2015

En favor de los libros

Fragmento de una conferencia titulada "Elogio del libro",
pronunciada por Romano Guardini en 1948
 en la Universidad de Tubinga, Alemania.

Romano Guardini
Crédito de imagen
Permitidme ahora, amigos míos, que interceda en favor de los libros, y espero que no lo consideréis una pedantería. Los libros necesitan de esta intercesión porque no siempre —se podría incluso decir que raramente— están en buenas manos.

¿Cómo se trata a un libro cuando se le aprecia? ¿Qué podemos exigir de su propietario? 

Lo primero de todo, que lo tenga limpio —una exigencia obvia en sí misma pero, en realidad, no siempre cumplida—. ¡Qué impresión tan deprimente da un libro sucio! Es como la imagen de una persona descuidada y maltratada por los que la deberían honrar. 

La mínima señal de respeto que hay que tener con el libro es tener las manos limpias cuando se le abre y cuidar que esté también limpio el lugar en el que se quiere colocar. 

Quien coge en la mano un libro y se da cuenta que está desencuadernado porque el lomo está quebrado en el punto en que dos cuadernillos entran en contacto —de forma que incluso la cubierta se ha dañado— comprenderá de inmediato que quien ha hecho una cosa así no puede amar el libro. Puede ser que ame el contenido del libro, pero no ese singular objeto en el que materia y espíritu se unen de una forma tan excepcional. Un libro se puede utilizar durante muchos años sin que tenga por qué estropearse su encuadernación, de modo que sus páginas se puedan hojear cómodamente porque en la estructura que las enlaza constituyen una unidad firme. 

Además, no hay que alisar las páginas con la uña o con el borde de la mano porque se formaría una arruga que estropearía inmediatamente el margen. La página perdería su propia elasticidad y la capacidad de extenderse con elegancia. Le pasaría lo mismo que a su hermana en el reino de la naturaleza, la hoja de la planta, que cuando se la dobla se le quita la feliz flexibilidad que le es propia. 

A menos que sea necesario —por alguna finalidad científica o por algún otro serio motivo—, no se debe ni siquiera escribir en las páginas de un libro. Existen páginas a propósito para ello. 

El libro habla y, si es bueno, lo que dice es el fruto de una reflexión y un largo trabajo; no hay por qué oponerle, sin más, nuestras observaciones personales. El libro no puede, de hecho, defenderse cuando, de repente, por un impulso o inspiración extemporáneos, se escribe una observación en sus márgenes. ¿No creéis que produce la misma impresión que produciría un grito interrumpiendo un discurso bien ordenado? Y, si se vuelve a leer después, ¿no producen esas observaciones la mayoría de las veces un efecto penoso? Se puede pensar entonces: ¿cómo he podido escribir algo tan desconsiderado, pedante o presuntuoso?, decidiéndose luego a borrar de la página lo que se ha escrito antes. 

Se podría tocar otro asunto que constituye un motivo de auténtico conflicto para quien ama sus libros; me refiero al préstamo. 

¿Hay algo más obvio que el hecho de que quien posee un libro lo preste a algún otro que quiera leerlo? Porque lo necesita pero no puede obtenerlo, porque la lectura le será beneficiosa, porque es hermoso establecer una relación humana a partir del conocimiento y la alegría que produce la lectura de un mismo libro. ¡La cantidad de experiencias que se tienen en este sentido! ¿Cuánto tiempo pasa antes de que el libro prestado vuelva a su propietario y en qué estado vuelve, hasta el punto de que, a menudo, querría uno tirarlo? Sufre todos lo que hemos llamado abusos que pueden hacerse a un libro. Está sucio; la encuadernación se ha roto; las páginas tienen arrugas y están dobladas; en los márgenes tienen, si no observaciones, garabatos. Y el comportamiento de quien ha tenido prestado el libro es tan cándido y despreocupado que tenemos la impresión de que no ha tenido ninguna conciencia de tener en sus manos libros que eran de otros... Antes uno podía comprarse un ejemplar nuevo pero, ¿y si hoy no existe tal posibilidad? Por no hablar de la imposibilidad de hacerse con muchos libros en nuestros días. 

Y llegados aquí resulta casi imposible encontrar el modo de hacer justicia al deber que tenemos con relación a la vida espiritual de otros y la preocupación por nuestros propios libros. Conozco personas que afrontan este conflicto con una decisión radical en un sentido o en otro, sin resolverlo. El conflicto permanece y cada uno ha de encontrar el compromiso que corresponda a la propia situación. 

Habría otras cosas que decir del mismo tipo: por ejemplo, que debemos tener los libros protegidos del sol para que el lomo no se desencole... Desempolvarlos de vez en cuando para que el polvo no penetre por el canto de las hojas... Dar la vuelta de vez en cuando a los libros pesados para que el peso de las páginas no tire de la encuadernación unilateralmente hacia abajo, y cosas parecidas. 

Baste por ahora lo dicho. Podríais pensar que quizás no sea del todo equivocada la vieja opinión que asocia libros a pedantería, lo que me desagradaría. Amor y pedantería son, en efecto, dos cosas distintas.


Licencia de Creative Commons

4 comentarios:

  1. Excelente síntesis de una saludable lección que nos ha obsequiado esta ocasión nuestra querida amiga Pelusa. Un libro debe ser tratado con las mismas consideraciones que se hace acreedor un ser humano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es que son nuestros amigos, Teodoro, ni más ni menos, y así han de ser tratados.
      Gracias!

      Eliminar
  2. ¡Hola! Como bibliófila, bibliómana y bibliotecóloga en formación, mi opinión respecto al trato que debíamos darle a los libros era muy similar a la tuya cuando ingresé a la carrera. Sin embargo, en este tiempo, he convivido con la opinión de colegas (compañeros y profesores) y me he encontrado con opiniones diversas al respecto: que si los libros son para cuidarse como verdaderos tesoros y que si los libros son para utilizarle.

    Personalmente, considero que los libros son para vivirse de acuerdo a su lector. Cuido muchísimo mis libros y por respeto cuidaré los ajenos. Sin embargo, cuando adquiero libros usados (en librerías de viejo, regalos o simples préstamos), ya no encuentro tan escandaloso el encontrarme con garabatos o anotaciones de sus dueños anteriores. Ahora lo comprendo más como "parte de la historia del libro en sí, como objeto y vehículo". También sufro si me llego a topar con algún libro maltratado, por ejemplo. Pero lo que sí, es que ahora disfruto más de ello, con lo bueno, lo malo y lo feo. Ahora pienso que los libros, en definitiva, son para vivirse.

    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Rei! Muy bueno tu comentario. Muchas gracias por tomarte el tiempo de leerme y responder.
      Mi experiencia no es más que de lectora, amante de los libros desde la cuna prácticamente. Los respeto mucho, como a casi cualquier otro objeto hecho por la mano del hombre. A los que conviven en mi biblioteca particular los cuido, los limpio, no escribo en ellos, no les doblo las páginas..., en fin, los mantengo lo mejor posible porque quiero que me duren mucho mucho tiempo para poder seguir disfrutando de ellos.
      También leo muchos libros de la biblioteca de la universidad, y a decir verdad, rara vez los encuentras sin mácula. No me supone un problema mayor, siempre y cuando las marcas de otros lectores no estorben mi lectura, y te aseguro que a veces lo hacen. Ahora, si se trata de comprar un libro, ahí ya busco la mayor limpieza y calidad posibles.
      Cada cual trata sus libros como gusta, sin dudas. Yo los considero mis amigos, entes con los que conversar y de los que aprender, con los que disfrutar un buen rato, y sí, vivos, cómo no.
      ¡Saludos!

      Eliminar

Dime lo que piensas y te diré quién eres.

Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)