domingo, 27 de julio de 2014

Reseña (o algo parecido): "Mr Gwyn" de Alessandro Baricco

Dejemos algo claro para empezar: este es un libro hermoso. Es como si Baricco no supiera escribir de otra forma, o no nos dejara otra forma posible para describir su obra. 

Dicho esto puedo asegurar que es también un libro atrapante, pero no como esos otros que atrapan desde la primera línea y no puedes abandonarlos, de los que te van ocupando las neuronas todo el tiempo que no estás con ellos. Este puedes cerrarlo e irte tranquilamente a tu mundo sin temor a que interfiera en tu quehacer. Puedes, de hecho, no pensar en él durante días. No importa. El libro ya ha comenzado su labor. Ha tirado sus redes a tu alrededor, detro de ti, sin dejarte notarlo. Ya es parte de tu sombra.

Diría más bien que este libro es como el mar -incluso más que "Océano mar". Uno llega al mar con sus apuros, sus espectativas, sus miedos y él parece asumirlos todos, aceptarlos, acompañarte en ellos hasta que de pronto te das cuenta de que eres tú quien se mueve como el mar. Te ha ido transmitiendo su ritmo, su vaivén, su música, y ahora está todo dentro de ti. Puedes incluso irte lejos, regresar a casa... En la noche, cuando esté todo en reposo encontrarás al mar en tu interior. Eres parte del mar. Eres el mar. Desde entonces y para siempre.

Y es que -concluyo- este es un libro inquietante, como el mar. Uno siente que el libro lo desnuda. Uno descubre en esas letras una mirada atenta a cada pequeño movimiento nuestro, a cada respiración, como si no fuera uno el lector sino, más que nunca, un texto por descifrar. 

Uno termina el libro llevándose una pregunta dentro que ha sido depositada allí a lo largo de estas páginas sin que se sepa decir si con suavidad, con violencia o con una mezcla de ambas. Luego, frente al espejo la pregunta se escapa por los ojos, por los poros, por los cabellos, por el aura del reflejo una y otra vez sin que seamos capaces de detenerla, ni lo intentemos.


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domingo, 13 de julio de 2014

De domingos y de gatos


Hoy he visto pasar el día por mi lado, literalmente. No es lo mismo que literariamente, aunque se parezcan y aunque en este caso hayan sido causa y consecuencia. 

Sucede que me senté a leer sobre el mediodía y, salvo una pausa o dos, no me levanté de mi asiento hasta hace unos minutos. Sucede también que mi asiento favorito para leer libros en papel está justo al lado de la ventana, y yo lo inclino de modo que al alzar la vista de la página toda la ventana y su más allá caigan sin esfuerzo dentro de mi campo de visión. Sucede además que el día, no por ser domingo, ni por ser domingo de elecciones y ni siquiera por ser el domingo en que se decide el ganador del mundial de fútbol; el día, pues, sin cobrar constancia de las distinciones que de él hacemos, no dejó de pasar. 

Y pasó. 

Pasó todo un domingo de punta a cabo, con todas sus horas compuestas de minutos llenos de segundos sin admitir interrupciones. Pasó un domingo típico con todos sus típicos cambios de luz, violentos algunos, imperceptibles otros, demorándose los más en su propio gusto colmado de fugacidad. 

Pasaron también junto a mi ventana todos los gatos habituales, sin amontonarse. Cada cual a su hora y cada quien a su ritmo. Los gatos, como los cambios de luz, gustan de regodearse en su impermanencia. Si hay alguna diferencia entre unos y otros es, con toda seguridad, que los gatos tienen plena conciencia de que no hay nada más bello que sus movimientos ancestrales mientras que la luz, tan rápida ella, no puede detenerse en tamañas nimiedades.

Crédito de imagen
Los gatos, como los domingos, pasan por mi lado ajenos a todo tipo de partidos, ya sean de aquellos en los que se corre tras una pelota o tras un cargo político. Tampoco reparan en mí, inmóvil tras mi libro, inmóvil como el libro. Los domingos y los gatos no entienden de estas diferencias. 




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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)