domingo, 30 de septiembre de 2012

Penélope o Del respeto a la vida.


El día en que cortaron los árboles, uno de ellos -el más cercano-, cayó con un estruendo enorme sobre nuestra pared. Supongo que ese fue el momento que Penélope aprovechó para abandonar el que fuera su hábitat natural (las ramas de aquel pino), y mudarse a una de nuestras ventanas, la del extremo derecho, la que casi nunca abrimos. 

Al día siguiente encontramos una enorme telaraña que se extendía entre el alero superior de la ventana y la barandilla de madera, cubriendo el casi metro y medio de distancia que hay entre uno y otra. No dejó de sorprendernos la dimensión de la tela, mucho más grande que cualquiera que hubiéramos visto antes, y la perfección del tejido concéntrico que la formaba. En un rinconcito de la pared, sujetando uno de los hilos de su tela con una patita, descubrimos a su autora: una arañita gruesa en tonos marrones que, aunque grande en comparación con las patilargas que usualmente vemos en casa, no pasa de unos escasos dos o tres centímetros de longitud. 

No me canso de descubrirme a mí misma en relación con los animales: contra todo lo que pudiera haber pensado, mi reacción nunca me llevó a quitar la telaraña y espantar o matar a la arañita. ¿Para qué quitar una vida si no me molesta en lo absoluto? Por el contrario, me dio pena que hubiera perdido su árbol, y me maravilló su arte a tal punto que la dejé tranquila. La bautizamos Penélope. El nombre en verdad no es muy original pero me permite cantarle en las mañanas una de mis melodías favoritas a modo de buenos días. Y para no perder la oportunidad de aprender algo nuevo, me dediqué a buscar información sobre ella en Internet y a estudiar su comportamiento. 

Penélope pertenece a una especie bastante común conocida como "araña de jardín europea" (Araneus diadematus), aunque no creo que a ella eso le interese mucho. Es un ser de hábitos nocturnos. Pasa sus días pegada a la pared, dormitando, sin perder nunca contacto con la tela, y cuando cae el sol va hasta su centro y se coloca allí cabeza abajo. Es su lugar estratégico; desde ese punto controla con sus patas cualquier vibración extraña que suceda en su red. En caso de que un bichito quede atrapado, se lanza en cuestión de microsegundos sobre su víctima, la envuelve con sus hilos y se come todo el bulto. Si el bichito es muy pequeño ni siquiera se molesta en llegar hasta él, lo deja morir allí donde quedó atrapado y se lo come más tarde junto con la red. Su telaraña desaparece cada dos noches y a la mañana siguiente aparece una tela nuevecita, perfecta y brillando en todo su esplendor.
Esa es más o menos su rutina, salvo raras excepciones. Ayer, por ejemplo, llovió todo el día y su red quedó toda llena de gotitas de agua que le daban un aspecto casi mágico. Penélope no abandonó su lugar en la pared en toda la jornada, y ni siquiera ocupó su centro al atardecer. Creo que debe haber pasado toda la noche aterida del frío en su rincón sin apenas moverse. Pero hoy, en cambio, ha tenido un día agitadísimo debido a que todos los insectos de este mundo salieron a volar celebrando el regreso del sol. Para Penélope ha sido sin duda su mejor banquete desde que se mudó a esta ventana. 



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Hoy, por cierto, es 30 de septiembre y por allá por el blog de las notitas de agradecimiento tenemos una nueva colaboración de nuestra Malquerida, la última por esta vez. ¡No se la pierdan!
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2 comentarios:

  1. Una entrada encantadora. Qué pena que no haya más gente que sienta el mismo respeto y admiración por la naturaleza!

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    1. Lo he ido aprendiendo poco a poco, Victoriamar. Con el tiempo me he ido acercando cada vez mas a la naturaleza. Es cierto que seria muy bueno que todos hicieramos lo mismo!
      Besos!

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)