martes, 20 de diciembre de 2011

Madame Bovary o Del salto cualitativo en mis lecturas.

El alma humana es muy dúctil, tanto que se amolda incluso a los peores golpes y continúa su camino, quizás ya no como antes –siempre hay un antes y un después con estos golpes-, quizás ahora camine más despacio, más trabajosamente, o mirando mejor el terreno donde pondremos el pie, pero ciertamente con el paso cada vez más firme. ¿Madurez? ¡Quién sabe! Vida, en todo caso. 
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Si bien hace unos días apoyaba abiertamente en otro forum el derecho que tiene toda buena obra de ser releída, porque es sabido que un libro, si es bueno, nunca deja de sorprendernos y parece que va cambiando a medida que nosotros vamos creciendo, y cada vez que lo abrimos parece tenernos reservado un nuevo mensaje, ¡si hasta parece que creciera con nosotros y su universo interior se nos hace cada vez más insondable! Pues bien, decía que si bien hace unos días defendía la relectura como una opción más que válida para las grandes obras, ayer me sorprendí diciendo que no sé si vuelva a leer alguna vez Madame Bovary y, claro, no pude menos que pararme a pensar en esta aparente contradicción. 
Porque Madame Bovary es, sin duda alguna, una gran obra. Reúne todas las condiciones para posicionarse entre mis lecturas favoritas de todos los tiempos: estilo impecable; personajes inolvidables; indagación profunda en el alma humana; exposición a corazón abierto de las pasiones y sus terribles consecuencias… En fin, que en este libro he encontrado todo lo que voy buscando a la experiencia de la lectura, a la literatura como instrumento cultural que me ayuda en mi desarrollo personal. Sin embargo, no sé cuando vuelva a sentir la necesidad, si es que acaso vuelvo a sentirla alguna vez, de pasearme nuevamente por estas páginas. 
Creo que lo que esta vez ha cambiado es mi forma de leer. He leído a Madame Bovary muy atentamente, fijándome en cada detalle, disfrutando cada buena frase, maravillándome por el buen quehacer del autor en los mejores pasajes del libro, metiéndome en la piel de los personajes, dejándome envolver por el ambiente de la novela, hasta tal punto que siento que he in-corporado cada palabra, que ciertas escenas han quedado como grabadas en mi piel. Conozco este libro tan bien en estos momentos que no creo necesaria la relectura quién sabe hasta cuando. 
Claro que una nueva experiencia, aunque literaria, nunca viene sola. Una gran ayuda fue el contar con una buena edición a mano, que incluye una buena traducción a cargo de Consuelo Bergues, un prólogo de Mario Vargas Llosa con el que no estuve muy de acuerdo pero que me aclaró muchos puntos de la lectura, y un iluminador apéndice con fragmentos de la correspondencia de Flaubert en los que hacía referencia al proceso creativo de la Bovary; además de haberla leído acompañada por mi grupo de lectura y sus acertados comentarios. 
En resúmen, que hubo un salto en mi manera de acercarme a un libro, espero que evolutivo. Mi cerebro se organizó de una forma diferente: lo sentí trabajar de otra manera, analizando lo racional y captando lo emocional a plenitud. ¿Y saben qué? Se sintió bien, ¡muy bien!


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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)