El placer de la música

Anoche estuve escuchando música. Aparentemente no tiene nada de extraño porque todos los días, varias veces incluso en una jornada, escucho música. Sin embargo anoche, sentada frente a la tele (transmitían un concierto de música clásica) con una taza de infusión en las manos, mientras la música sonaba en torno a mi, dentro de mí, la sensación que sentí fue completamente diferente a la que experimento a diario cuando la música, lejos de ser protagonista, cumple solo la función de acompañamiento de alguna de mis actividades.
Antes, en la Isla, solía asistir a conciertos casi cada semana. Los domingos iba sin falta al concierto de la mañana en el teatro Amadeo Roldán, y la noche de los sábados o los viernes, con mucha frecuencia, asistía a alguna que otra sala de conciertos en el Vedado o en la Habana Vieja… dondequiera que se presentara la oportunidad de sentarse a escuchar buena música en vivo. Y mucho antes, cuando aún no conocía la música clásica, no me perdía yo un concierto de Rock o de Trova que sonara en cualquier lugar de la Habana.
Porque esas, el Rock y la Trova, fueron mis primeras aficiones musicales, las primeras que escogí concientemente y quizás como rechazo a la omnipresente Salsa. Escuchar lo que mis padres y mis vecinos consideraban ‘música de locos’ fue parte de mis primeros intentos de independización. Pero un día alguien me prestó un cassette (en ese entonces los CDs ni se conocían) para que escuchara algo de Rock, ya no recuerdo qué. Cuando terminó el primer lado del cassette le di la vuelta y, para mi completa sorpresa, comenzó a sonar la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart. Por supuesto que en ese momento yo no tenía ni idea de quién era Mozart ni de qué era lo que estaba escuchando, pero decidí darle una oportunidad y lo dejé sonar.
La música me invadió como ninguna otra lo había hecho hasta entonces. Mi todo interior comenzó a vibrar de una manera muy peculiar y yo, para dejar salir aquello que me movía, recuerdo que me puse a saltar sobre la cama. Ahora me parece hasta simpático, pero en aquel momento fue esa, aunque absurda, la única manera que encontró mi cuerpo para armonizarse y, de alguna forma, mantenerse de una pieza entre el sonido exterior y la vibración interior.
Ese fue el momento en que cambió mi gusto musical para siempre. No dejé de escuchar otros tipos de música. De hecho, la incorporación de la música clásica en mi formación me permitió aprender a distinguir, apreciar y disfrutar la buena música sin importar su género. Aunque debo reconocer que eso que sentía cuando escuchaba música clásica nunca lo pude encontrar en ninguna otra.
Anoche, pues, estuve escuchando música. Primero interpretaron a Mozart, luego a Debussy y para finalizar, Gluck. Cerré los ojos y me deje llevar por las sensaciones que me provocaba… ¿Cuánto tiempo hacía que no me sentaba a escuchar música por el simple placer de hacerlo? ¿Cómo nos alejamos poco a poco, sin apenas darnos cuenta, de los placeres más sencillos y completos?

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Comentarios

  1. Que bien, a veces como dices la música es solo una compañera, otras es la protagonista, que bueno que tu espectro musical sea tan amplio…un abrazo!

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  2. "¿Cómo nos alejamos poco a poco, sin apenas darnos cuenta, de los placeres más sencillos y completos?"

    Esa pregunta... esa pregunta...

    Eso mismo me pregunto yo muchas veces. No sé. Pero cada vez es regocijante volver a esos placeres, y sentirse viva y vibrante disfrutando. Lindo, Pelu!

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  3. Completamente de acuerdo con Silvita y contigo, Pelusilla, que ya lo han dicho todo. ¡Y que viva la buena música! Besitos.

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