Metáfora de la ventana y el espejo (III y final)

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Eso que obsesivamente llamamos “mi yo” y que sentimos borbotear en nuestro angosto “adentro” como recuerdo o parloteo es, en su demarcación corporal, un proceso material y por tanto mortal que se pudre a la larga como nuestro cerebro o nuestros nervios con la irritante fetidez de las palabras muertas(6). Porque como mismo no es texto el libro que da la espalda en el estante, tampoco es espíritu la idea verde que trina en el árbol de la neurona. Sobrevive la “metafísica” de Aristóteles, es decir, sobrevive un sistema, un microcosmos, con sus grados de libertad y posibilidades para gestar otros microcosmos y sistemas. “Aristóteles” es apenas el centro de tensión del campo, ese que confiere orden, sentido y forma a un espacio antes caótico y amorfo. Como gira en torno al Sol el Sistema Solar, así gira en torno a Aristóteles el microcosmos de la Metafísica. “Aristóteles” y el “Sol” son dos nombres para dos fases de la misma historia, para dos niveles de la misma organización. “Centro de unidad de un mundo” es pues el Yo y la llamada autoconciencia, cuando no es mero narcisismo o vanidad especular, porque el Yo brilla con la misma inocencia del Sol y como éste carece de miedo, egoísmo y orgullo.
Penetrar en el microcosmos de la “Metafísica”, llegar hasta el centro y asumir sus leyes es, de alguna forma, “encarnar” a Aristóteles como núcleo que sólo en tal topos tiene su sentido; porque en esencia, como el propio Aristóteles, no somos más que el topos en que entramos o que creamos dentro de otro topos. Y es sólo como centro de tensión de éste que nos hacemos penetrables y sobreexistimos.
De hecho, el hombre no es una cosa (su cuerpo) o una propiedad (su racionalidad), el hombre es relación. El “Yo” real no está, pues, como en el modelo clásico, en Juan o en Pedro, sino en su interacción. No es sólo un lado de la relación, sino la relación misma y en tal sentido no es potencia, sino acto, no es introversión, sino extroversión, no es monólogo, sino diálogo. El yo monológico, de escenario adentro, es, como los sueños, la decodificación psicológica de una caprichosa mezcla de palabras(7). Por obra de un misterioso sortilegio, del universo de nuestras intuiciones escogemos con ingenua fascinación las más inestables y las llamamos “Yo” y convertimos nuestro “mundo interior” en vedado o fortaleza inexpugnable. Vemos esa roca y decimos “¡Qué hermosa!” o “¡Qué alta esa montaña!” y seguimos el camino, y creemos que el “Yo” es el que mira la roca o la montaña y sigue su camino. A la vuelta no vemos la roca o la montaña porque “ya las vimos”. Mas ahí siguen la roca y la montaña y el camino. Y decimos: “Es tarde, hay que seguir”, y seguimos. Y aún siguen roca y montaña lejos, allá en el camino. Roca, camino y montaña nos persiguen cual destino. Y aún, lejos, siguen siguiendo… pero seguimos…
El “Yo especular” o cuasi-yo pertenece, empero, a ese género de ilusiones o formas metamorfoseadas que ni la más aguda racionalidad puede disipar. Su naturaleza cuasi-sustancial esta colmada de efectos paradójicos como el miedo, la envidia y el enojo que fulminan a la personalidad, paralizada entre su propia importancia e insignificancia. Porque miedo, envidia y enojo son sentimientos de fantasma que no se sabe muerto, resonancias de “mi auto-alo-conciencia” o autoconciencia en mí de otro; de ese otro que soy, que no quiero acabar de ser y que definitivamente no soy, crédulo de la farsa de la libertad pedida, del derecho otorgado y del demiurgo amenazado que es el pan de nuestra fe de cada día.
Asumimos cada mañana nuestro preciado cuasi-yo con la misma poética devoción con que damos la bienvenida al “sol naciente” y en la noche lo despedimos con la misma esperanza de un nuevo amanecer. Pero este yo ilusorio o falso es como el cuasi sol que se apaga al ocaso y magnifica en su oscuridad la frialdad de las tinieblas. Pequeño sol de los indefensos e irascibles tiene por designio el abandono y por filosofía la queja. Con rutinaria claridad, temerosa de nuevas claridades, se levanta y se acuesta cada día por el mismo lugar. Y como el cuasi sol deja la noche al soliloquio de la luna, así abandona el cuasi yo la duda al solaz báquico del sueño. Porque “empantanado” en la morada del “mí mismo”, no tiene ni despierta dudas sustanciales. Es para los demás un hecho indudable y reconocible como su nombre y su cuerpo, y como tal indiferenciable de su imagen en el espejo. Así, es su propia fotografía resuelta en su marco, unidimensional en espacio e inamovible en tiempo. Seca y malograda holografía sin un “¿quién es?” ni un “no sé”, triunfante momia de mirada retocada y rostro restaurado.
Mamardashvili nos ha legado acaso en la concepción de las formas metamorfoseadas toda una teoría del “yo” impostor que es apariencia objetiva, redundante y perseverante, fragancia del deseo que transpira el capullo de la existencia. Su obra es también el signo de una nueva forma de ser y de conciencia que presupone una reinterpretación del símbolo y la duda.
La forma de existencia de la duda, su dimensión ontológica, es el símbolo. La exacta definición del símbolo, su significado más general es la duda. La duda no es mero nihilismo ni abstracta negatividad. El símbolo no es mera figura, ni mera forma, espacialidad o positividad. Lo que define al símbolo es más bien su atemporalidad. No ver en la duda el símbolo es simple nihilismo, vacua negatividad. No ver en el símbolo la duda es puro formalismo, esteticismo o artificiosidad. La percepción del símbolo como duda es experiencia, como certeza es arte, religión, filosofía o ciencia. La duda como símbolo no reducida a su proyección cognoscitiva es una forma de ser o actitud humana. La actitud humana como duda-símbolo o símbolo-duda es, en palabras kantianas, un actuar como si, un actuar al borde de lo imposible o la Nada. Actuar con la conciencia de lo imposible nos rescata del tiempo, no porque nos devuelva al presente, sino porque nos reintegra al Yo, que no hay mejor forma de definir el estatus de lo atemporal. La experiencia del Yo como símbolo y duda, como existencia atemporal al borde de la Nada y lo imposible, nos revela la proyección temporal del espejo, porque la vida especular es en efecto, vida del pasado o del futuro. Lo que vemos de novedoso en el espejo es la imagen obsoleta de un pasado que omitimos. Así, la seducción del futuro tiene mucho de necrofílica y es profundamente kármica.
La vida del espejo es finalmente como el viaje hacia una estrella muerta cuyo brillo fatuo nos subyuga desde su osario estelar…



Notas:

(6)Es una sugerente cita que aparece en el artículo “La conciencia y la civilización” de Mamardashvili, en la página 109 de su original libro “Cómo yo entiendo la filosofía”.
(7)El eminente científico ruso Borís F. Pórshnev en su libro “Sobre el inicio de la historia humana” interpreta los sueños o ensoñaciones como las decodificaciones en imágenes de incoherentes conjuntos de palabras.

BIBLIOGRAFIA

Jayakar, Pupul Krishnamurti. Biografía.
Kagán, M.S. El mundo de la interacción comunicativa.
Mamardashvili, M.K. Los ideales clásico y no clásico de racionalidad.
Cómo yo entiendo la filosofía.
Marx, K., Engels, F. La ideología alemana.
Nishida Kitaro Ensayo sobre el bien.
La lógica del “basho” y la cosmovisión religiosa.
Nishitani Keiji El punto de vista del Zen.
Filosofía de la religión.
Pórshnev, B.F. Sobre el inicio de la historia humana.
Gustavo Pita Céspedes
Kioto, 1993

Comentarios

  1. No, no, no, no!

    todavía no acabo con la primera parte y ya vas en la tercera!

    siempre me ganas!

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