Dos textos para un maestro

La flor se recuerda en el hombre, el hombre se olvida en la flor.
No hace falta pago, ni gracias, ni recuerdo.
Gratis la hierba verde,
gratis la naranja en el camino sediento, gratis la lluvia para la hierba verde y para el naranjo dadivoso.
Gracias que llueven para recordarnos que olvidemos...
Pero la gracia del hombre es el recuerdo.
La gracia de poder olvidar recordar,
Y de que no haga falta recordar, para recordar.
Gracia que nos hace conscientes.
Conciencia que ya no es nuestra, sino de la gracia.
Una flor que es la Flor por la gracia del recuerdo.


Al viejo Galló, en su centenario.

Los libros son como los hombres: tienen destino, estirpe y descendencia. Los hombres son como los libros: se puede leer en ellos y su destino es, quiéranlo o no, dejar una enseñanza para el que desee o pueda extraerla, aunque sólo sea la de que unos y otros, cuando están mal hechos, son una sarta incoherente de citas y palabras. De cualquier manera, hombres y libros comparten el mismo atributo: es imposible no relacionarse con ellos de alguna manera. La indiferencia con respecto a un hombre o con respecto a un libro es ya en sí misma una relación, aunque involuntaria. Cualquier hombre desconocido es como un libro cerrado: aunque esté en un estante o tirado en un basurero es una permanente posibilidad, una historia por contar, una enseñanza por conocer. Cada hombre, como cada libro es un riesgo y un desafío: para tratarles hay que entregarles un tiempo que es el de nuestra vida. Uno puede saber quién es un hombre por los libros con los que anda. La naturaleza de los hombres se revela en su relación con los libros, que suele ser semejante, si no idéntica, a la que tienen con las demás personas: algunos cambian de libro, como de camisa, de acuerdo a la última palabra de la moda; otros, mantienen con ellos una relación de fidelidad amical, fraternal o filial que dura la vida entera. Se da con un buen libro con la misma buena suerte con que se da con un buen hombre. Y un buen hombre es como un buen libro: su historia, por prolija y rica que sea, es el desarrollo de un principio simple, aunque productivo, claramente planteado desde sus orígenes.
García Galló tuvo una divisa que siguió toda la vida y que seguramente leyó bien temprano en el tesoro de la literatura árabe:
En una noche negra, negra, negra; por una columna negra, negra, negra; va una hormiguita negra, negra, negra. Nadie la ve, no importa: Alah la ve.
La hormiga imperceptible, laboriosa, fuerte, amante de la tierra, miembro abnegado de su sociedad, ¿desconocida o ignota?, fue un símbolo, simple y productivo, que guió su vida y que él supo transmitir a los demás.
Galló sabía que el trabajo de la cultura es un trabajo de hormigas. No se puede medir su valor por su tamaño aparente, ni por la cantidad, ni por la resonancia. La revolución misma se decide siempre en el microcosmos del aula. Por generaciones, las revoluciones han salido de las aulas: de Luz, de Mendive, de Varona.
Galló fue discípulo de Mella…
Un buen maestro no trabaja para que lo vean y sabe que ni él mismo alcanzará a ver sus frutos. Su labor es sembrar, y es difícil sospechar la robustez del árbol en la sencillez de la semilla. Para el educador, las semillas son los principios. Los principios nunca son altisonantes, aunque pueden venir volando naturalmente desde lo alto, como ciertas esporas…
Galló me dijo una vez, hace ya mucho tiempo, que él no creía en Freud ni en sus complejos y coronó su opinión con una sentencia sencilla: trabaja y hazte necesario.
En el otoño de 1994, a dos años de su muerte, fui invitado en una ocasión a un almuerzo en Kyoto, en el templo Zen de Ryoanji. La idea había sido del joven Shosan, el cocinero del templo, que quería agasajar a una muchacha practicante, llamada Sawa, por su cumpleaños. Como era una celebración, hice lo que se suponía, y le llevé de regalo unas postales y unos dulces. En la conversación de sobremesa se abrieron los presentes que pasaron fluidamente de mano en mano. Cuando terminaron las felicitaciones, el maestro Morinaga Soko, sentado a la cabeza de la mesa, con su rostro dulce, aunque severo, comentó sonriente: “Los padres de hoy en día les hacen creer desde pequeños a sus hijos que todo el mundo está en la obligación de felicitarles por el mero hecho de haber nacido. Así, la idea habitual tras los cumpleaños es la de que el simple nacimiento de un niño es ya un motivo de celebración. ¿Cómo sería si desde la niñez los padres criaran a sus hijos con otra noción: Ud. ha venido al mundo a molestar. Hágase necesario?”
Cuando oí esto, recordé una vez más mi conversación con Galló. Su vida se había estructurado en torno al principio del trabajo necesario. La palabra trabajo no era, sin embargo, para él sinónimo de dificultad o esfuerzo inútil. Para Galló, que además de campesino, había sido barbero y tabaquero, no había diferencia de principio entre el trabajo manual o el intelectual, había sólo trabajo creador. En la manera en que los fines de semana atendía su jardín, sus rosas, sus orquídeas y su huerta, había tanto intelecto, como energía física en sus conferencias, en las que todo su cuerpo se convertía en un instrumento que transmitía con sus vibraciones la serena melodía de su saber.
Galló no interpretaba vulgarmente el principio de la educación del ser humano por el trabajo y había aprendido tanto de las hojas de tabaco como de las hojas de los libros. Las tabaquerías han sido como las aulas en las que se crió la nación. La labor del educador recuerda la del tabaquero, y la individualidad del educando, como la del habano, depende de la selección, la medida y el adecuado ajuste de las capas. Demasiado material o demasiada cerrazón no dejan pasar el humo que despierta el espíritu. El ser humano debe combinar en justo balance tanto de erudición como de holgura creativa. Sólo entonces su perenne lumbre podrá perfumar los espacios de la cultura.
Ciudad de México, 6 de enero 2006
_______________________________
Conocí al maestro Gaspar García Galló en el año 1976, siendo yo alumno de la Escuela Vocacional Lenin. Un grupo de amigos, que teníamos interés en la filosofía, empezamos a visitarle los viernes por la noche en su acogedora casa de la calle Espada, en Calabazar. Por suerte para nosotros, el temible profesor Antonio Guerrero, Jefe de disciplina de nuestro grado, que era famoso por su rectitud y exigencia, y a quien nuestra imaginación asociaba, por su figura, con Antonio Maceo, había accedido inexplicablemente a concedernos como excepción este permiso que resultaría a la larga tan decisivo en nuestras vidas. (Después descubrimos que este propio profesor cursaba por entonces un curso abreviado de filosofía en la Universidad de la Habana y sentía también una profunda admiración por el venerable maestro).A Galló lo había contactado Enrique Ubieta (actual director de la Cinemateca y ex director del Centro de Estudios Martianos) un sábado, en el que, tras salir de pase, había ido directamente a la esquina de Obispo y Bernaza, donde el maestro presentaba alguna de sus obras en el célebre "Sábado del libro".
Galló, pese a sus muchas ocupaciones, accedió inmediatamente a recibirnos, y así comenzó esta hermosa relación que se mantuvo durante largos años, por carta, en el período en que estudiamos en la Unión Soviética, y ya después, por suerte, personalmente, en la etapa en la que trabajábamos en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias y, en forma paralela,  colaborábamos como seminaristas en el curso de Historia de la Filosofía que impartía el maestro en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC).Creo que es muy difícil separar en Galló su espíritu revolucionario de las demás facetas y aspectos de su intenso quehacer. Porque Galló era esencialmente un revolucionario  verdadero, un hombre que vivía como pensaba y vinculaba constantemente la teoría con la práctica. Ayudaba a todos, y en primer lugar, a los jóvenes, a quienes brindaba a diario consejo y aliento. Siempre estaba trabajando, ya fuera como profesor y dirigente, durante los días laborables, o como un simple campesino en su huerto hogareño, los fines de semana.
El dogmatismo y la ortodoxia le eran absolutamente ajenos; enseñaba a sus discípulos a asimilar lo mejor de cada filosofía y a relacionar a esta con el desarrollo de la ciencia. De hecho, fue quizás el primero en tener la iniciativa de hablar abiertamente a los médicos de la importancia práctica del Hatha Yoga, en una época en la que no se habían introducido aún formas alternativas de terapia y prevención de las enfermedades, que se emplean hoy ampliamente. Fue también el primero que insistió en que había que incluir la historia de la filosofía de la India y de China en los cursos regulares de historia del pensamiento. No era un revolucionario de "puertas para afuera", de esos que, como dice Confucio, quieren arreglar el mundo sin arreglar su propia casa. Su labor de profesor y dirigente armonizaba perfectamente con la vida de su hogar, donde se respiraba, siempre que uno llegaba, una paz y una felicidad sencillamente contagiosas.
Galló había sabido crear una hermosa familia, había cuidado personalmente y con sumo esmero de la educación de sus hijos y tenía una esposa a quien amaba profundamente, y que fue su compañera de toda su vida. Uno no podía dejar de maravillarse de la comunicación entre ellos. Grofelia barría las hojas secas del patio y de pronto Galló interrumpía su charla con nosotros y con cariño le decía: "Grofelia, querida, no hace falta que te esfuerces tanto en barrer esa hojarasca que en definitiva es un alimento para la tierra y compone eso que los antiguos romanos llamaban humus...".
Catedrático durante muchos años de latín y griego clásico, y autor de un excelente manual de esta última lengua, la cultura era para él una necesidad vital y afloraba constantemente y de manera natural en la conversación. Criticaba la excesiva erudición como un saber no digerido. "Mi conocimiento, decía, es como la sangre, que corre, pero olvida sus fuentes". Y era precisamente esta fluida comprensión del saber y, en general, la cultura, la que le permitía también aprender de cualquiera, disfrutar del placer de la comunicación y, a su vez, hacer disfrutar a los demás del placer de la cultura. En esto Galló era un verdadero artista. De sus antiguos alumnos de la Universidad de la Habana, todavía hay quien cuenta cómo una alumna y admiradora se desmayó una vez oyéndole declamar de memoria y a viva voz un poema en griego. A uno mismo, cuando escribe estas líneas, le parece de pronto que su propia biografía podría insertarse perfectamente y con toda dignidad en las "Vidas y sentencias de filósofos ilustres" de Diógenes Laercio que él amaba y citaba tanto. Tenía la distinguida sencillez de los filósofos antiguos, cuyo filosofar no se había enajenado aún de la vida.
Cultivaba la ciencia como cultivaba las flores y, sobre todo, las orquídeas. Cada vez que le visitaba, a mi regreso, así fuera tarde en la noche, cortaba para mi madre un ramito de rosas. Yo le decía: "Galló, ella se va a poner muy contenta. Ud. sabe, ella las pone siempre en un pequeño altar que tiene en casa y pide por su salud y la de su esposa". El se reía hasta toser y salírsele las lágrimas y me decía. "Bueno, pues tú dile que las siga poniendo"... Galló sabía despertar un sentimiento de genuino amor en las gentes. Un día, en un sábado del libro, vi como una ex alumna se acercaba a su mesa y, pese a su resistencia, le besaba la mano...
Fuera en una reunión, en una clase o en una simple conversación Galló le hacía la vida agradable a los demás. Sabía hacerse querer. "El que siembra amor, recoge amor", solía repetir, y es una cualidad que todos los verdaderos revolucionarios deberían aprender para hacer un doble beneficio al mundo. Porque si ser revolucionario va consistir simplemente en dar órdenes, regaños, orientaciones, tareas o quejas, ¿quién va a querer hacerse revolucionario? El comunismo es una teoría que, como cualquier otra, puede ser criticada con diversos argumentos, pero en Galló, más que una teoría era el testimonio del modo de vida de un verdadero comunista, era el "hecho testarudo"[1] de un hombre cuya vida era su pensamiento.Recuerdo que en una ocasión, apenas transcurrido un mes de haber sufrido Galló un ataque cardíaco, le esperábamos como de costumbre en el CENIC para oír otra de sus conferencias, pero como se demoraba y había estado enfermo, pensamos que ya no vendría, y Carlos Delgado, su ayudante, asumió la tarea de dar la clase. Pasados diez minutos, la puerta del anfiteatro se abrió de golpe y le vimos entrar sudoroso y agitado: "¿Saben lo que pasó?,- nos dijo con la respiración todavía entrecortada -, por alguna razón que aún desconozco, mi chofer no fue a recogerme hoy, y he venido manejando yo solo desde Calabazar lo más rápido que pude". Entonces recordé lo que le oí contar en cierta ocasión: algún tiempo antes, alguien, que bien le quería, había insinuado en una reunión de profesores eméritos, que existía para ellos la posibilidad del retiro, y Galló, siempre vivo, le respondió sin demora: "Pues a mí me sacarán en camilla y muerto de mi trabajo". Así es como ha quedado grabado para siempre en mi memoria mi maestro García Galló, revolucionario auténtico y ejemplar, filántropo pensador y hombre de acción, que trabajó para el amor y amó el trabajo como solo puede hacerlo un ser humano irrepetible y único que no solo vivió, sino que incluso murió como pensó[2].

Ciudad de la Habana, 14 de septiembre de 2002.

[1] Conocida frase de Lenin. Los hechos son "una cosa testaruda" con la que la teoría, por desarrollada que sea, tiene por fuerza que contar.
[2] Murió Gaspar Jorge García Galló (1906-1992) como mueren los justos. La muerte le sorprendió en su trabajo, sentado en su buró, sobre las siete de la noche, cuando se preparaba para regresar a su casa después de un largo día de trabajo. Tenía 86 años de edad.
Gustavo Pita Céspedes

Comentarios

  1. El libro de mi vida es gordo, tiene muchos rayones y taches, muchas correcciones, tiene las páginas gastadas y las orillas dobladas, la pasta es dura pero las esquinas están ya redondeadas de tanto que se ha caido,si alguien lo leé, seguramente sabrá que fue escrito a golpes y jalones y que cada tache o rayón costó mucho trabajo corregir.
    Lástima que en el libro de mi vida no haya nueva edición.

    Un gusto.

    Por cierto me gustó eso de ¨Una flor que es la flor por la gracia del recuerdo
    ¿Será por que me llamo Flor y porque quiero que me recuerden bien?.

    Y bueno por más que quise seguir leyendo sobre la plática que tuvo con el Sr. Gaspar García, nomás ya no entendía.
    Tendré que venir a darme una segunda vuelta.
    Saludos infinitos.

    ResponderEliminar
  2. Como siempre un gusto leerte =)

    Y si nuestros libros hablaran por nosotros, los mios te dirian que soy un tanto cuanto multifacetica, asi que es complejo el asunto ;)

    El libro de mi vida, tiene capitulos interesantes, aun no es muy largo de leer, pero en los últimos fragmentos he tenido un crecimiento tal vez un tanto amargo, pero con gran enseñanza

    Saludos

    ResponderEliminar
  3. Pelusa:

    Muy buena compilación de textos, para un gran maestro.

    Humm los libros de la vida del suscrito... son laboriosamente enredados, como el andar deseperado de una hormiguita negra asustada!

    un abrazo pelusin

    ResponderEliminar
  4. Este artículo, que agradezco mucho haber leído, contiene en el poema inicial y la prosa posterior la vibración del arte auténtico. Es impecable en lo formal sin sugerir elaboración alguna. Se nota el tiempo aprovechado en esa vida vivida al amparo de un hombre sabio. Ningún artista, por ingenioso que sea, puede escribir así de tu maestro por mucho que investigue. Has logrado dar vida al recuerdo si que suene a nostalgia. Leerlo dota el ambiente de un silencio que aparca la rutina.
    Gracias.
    Leonardo de Armas

    ResponderEliminar

Publicar un comentario