A propósito de "Juzgar a primera vista" de Luis Amado-Blanco

Como un cronista clásico de los que tras larga travesía regresaban a contar la historia de sus descubrimientos y andanzas, nos habla Luis Amado Blanco de «un mundo sorprendente, resto angustiado del Paraíso, plantado de árboles milenarios de impenetrable ramaje, poblado de prehistóricos monstruos y con el cielo mezclado de tal manera con la tierra que no se sabe nunca lo que es una flor y es una estrella, o un racimo de frutas y una constelación de luceros. Soles y lunas junto a la bota y el sombrero...» (1) El lugar que la cita describe y que, desde que lo descubriera en una edad bien temprana –en la misma seguramente en la que descubrió su condición humana–, solía frecuentar a diario el autor, es el de la poesía, el topos desde el cual escribía y obraba, y el lugar de su nacimiento verdadero o metafísico, porque fue allí donde nació en verdad Luis Amado-Blanco, si bien Luis Blanco había nacido físicamente en Asturias, como naciera un Pablo Ruiz en Málaga, un Juan Ruiz en Alcalá de Henares, un Jesús en Belén o un Siddhartha en Kapilavastu. Y es que ni como médico, ni como diplomático, ni como activista cultural, ni como periodista o padre de familia nunca dejó de ser Luis Amado-Blanco, porque era justamente el poeta, testigo y partícipe de la creación del mundo, el que vestía la bata, el frac o el traje de uso diario para atender a un paciente, firmar un acta protocolar, compartir con la familia, escribir un cuento, una novela o una crónica.
El verdadero poeta no se ve en el verso, el verso es apenas la isla que anuncia el continente, la hoja caída que el aire arrastra lejos del árbol, el agua llovida del charco que refleja la perenne promesa de la nube. Un poema es un testimonio necesario, pero no suficiente de poesía. Como esperma de una vela que alumbró una sola noche, puede ser la cristalización maravillosa de un momento de claridad suprema, aunque excepcional. La vida diaria del poeta, por el contrario, fuera de sus poemas, no deja un testimonio perceptible ni duradero. Uno tiene que adivinar el latir de la savia en el torrente detenido de la corteza, en la venosidad de las hojas, en el rubor recatado de cada flor. Luis Amado-Blanco, el poeta, afortunadamente nos dejó sus crónicas periodísticas en las que la poesía es el objeto y el sujeto; es no solo el tema de muchas reflexiones, sino el funcionamiento de la propia reflexión, el ejercicio de la capacidad de ver y de juzgar – de la única manera posible, es decir, «a primera vista», cuando el juicio es inteligencia viva y no sentencia–, es, en suma, «el alma de las artes» (2) que se descubre a sí misma en todas ellas y en cada página del diario vivir. Acaso sea difícil encontrar un lugar más propicio para sorprender a la poesía en plena faena, construyendo su panal a la vista de todos como una abeja obrera en una colmena de cristal. Porque, por muy concreto que sea el tema de las crónicas, al leerlas nos embarcamos «en una constante expedición en pos de ese algo que nunca llegaremos a tocar, pero cuya cercanía, cuya aproximación nos alegra casi definitivamente» (3) Y terminada su lectura, más que conocimientos librescos que nos instruyen, pero no nos mejoran, más que nostálgicas remembranzas que nos hacen más viejos, pero no más sabios, nos queda en el alma «el reconocimiento intuitivo de que únicamente en la belleza, en la armonía está nuestra salvación. De que sin estética ni la ética puede realizarse» (4) La poesía ni se inventa ni necesita del recuerdo porque es verdad que no se olvida, belleza que es su propia memoria, bondad que es su propio monumento. No se mide su pulso por el ritmo de los relojes, ni su alcance por la suma de kilómetros o de letras –espacio, tiempo y lenguaje son, ellos mismos, invenciones poéticas–. Al final, es ella la que remata la historia, la que reserva siempre otro ayer antes del ayer, después del mañana otro mañana, y así, en los pasados mañana y los antes de ayer está la poesía de la historia que vuelve, lo ineluctable de la crónica, el cuento y el recuento: belleza que destila el amado blanco del olvido...
Poesía del nacimiento metafísico del hombre, de la esposa del alma que protege a los hijos del espíritu como a los de la naturaleza, del amarillento recorte de periódico que se vuelve blanca página de libro recién impreso...
En la cubierta de Juzgar a primera vista, Luis Amado-Blanco y Luis Blanco se miran el uno al otro desde los despejados horizontes de un espacio de juventud que nos incita a preguntarnos dónde estamos nosotros.


Gustavo Pita Céspedes

(2004)

Notas:
1 Amado-Blanco, Luis. “Estrambote con Lezama”. Información. Columna “Blancos”. 19 de septiembre de 1950.
2 Amado-Blanco, Luis. “Carta a Cintio. Postdata”. Información. Columna “Blancos”. 7 de noviembre de 1950.
3 Amado-Blanco, Luis. “De mi provincia”. Información. Columna “Blancos”. 27 de enero de 1946.
4 Ibidem.

(Publicado en Revista Revolución y Cultura, No. 1 enero-febrero-marzo de 2004 Época V Año 46 de la Revolución, La Habana, Cuba.)

Comentarios

  1. Solo sé que el ayer no existe, ya se fue... el futuro no ha llegado, y cuando llegue ya será hoy y después pasado, el hoy es lo que verdaderamente hay, aunque mañana ya sea pasado y ayer fuera mañana.

    Complejo el tiempo, y más complejo cuando nos deja metidos en situaciones en las cuales quisiéramos que nunca hubiera llegado el hoy, que fue ayer y nunca mas será un mañana.

    Complejo... que complejo.

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  2. Gustavo Pita Céspedesagosto 27, 2009 6:40 p. m.

    Le agradezco mucho su comentario.
    Estoy totalmente de acuerdo en lo que dice. Precisamente porque el problema del tiempo es tan complejo, es mejor que no dejemos que nos enrede en su madeja y que no hagamos del tiempo un problema. Para ello el mejor recurso es justo el que usted recomienda: vive tu presente. Esto requiere que estemos atentos al mundo que nos rodea y que seamos capaces de percibir toda la riqueza de sensaciones que despierta en nosotros de instante en instante y todos los mensajes que nos envía. Cuando uno lo hace, descubre que el mundo cambia constantemente y que no hay razones para el aburrimiento o la monotonía del vivir, porque siempre hay algo nuevo que ver y sentir. Lamentablemente, la sociedad en que vivimos, con sus problemas, nos llena la cabeza de pensamientos y de planes, y nos distrae de la contemplación de la realidad, que es la base de todo lo demás, incluso del pensar... La Pelusa me ha mantenido al tanto de lo que Ud. escribe. Para mi es muy interesante todo lo que Ud. publica. De personas como Ud. hay siempre mucho que aprender. Le aprecia;
    Gustavo

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  3. Pero vaya.
    Verá usted. Mi mente siempre da con la idea de que los escritores de libros están muertos... no sé porqué.
    Casi nunca entro a leerlo, porque pienso que Pelusa escribe un poco complejo para mi y sinceramente no había reparado en que usted escribe los domingos...ahora me entero apenas, entonces según veo los primeros párrafos, me quedo o me voy.
    Los domingos creo que paso siempre de largo, estoy un poco abrumada y no me quedo mucho tiempo en la computadora.
    Pero ahora al saber que un escritor me escribió, no puedo creerlo... pondré más atención.
    Usted dispensará mi tontería de matar siempre a los escritores, ¡caray! usted perdone.

    No me la creo y eso que dice que de personas como yo hay mucho que aprender... ¡ no, no lo creo! igualmente le agradezco su cumplido.

    ¡Caray! me ha hecho el día. Gracias, muchas gracias.

    Un gusto infinito.

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  4. Gustavo Pita Céspedesagosto 28, 2009 12:47 a. m.

    Quizás porque soy hijo de obreros, me parece comprender lo que dice. El que estudia una lengua extranjera sabe que lo más importante para hacerse entender no es la cantidad de palabras que memorice, sino tener sentimientos que expresar, cosas que decir. Cuando esto existe, con pocas palabras pueden decirse muchas cosas y ese quizás sea el secreto y la razón de ser de la poesía. Hoy en día hay ya demasiados libros que han nacido de otros libros, que nacieron a su vez de de otros, pero no de la vida y de la fértil sensibilidad de la gente. Son como flores estériles en el gris cantero de la academia. Y sin embargo, en la época de los libros primeros, no tenía el escritor otra fuente para beber que no fuera la de la naturaleza y la sabiduría popular. No es raro que justamente en esa, la época de sus orígenes, la literatura diera flores que jamás se marchitan. El arte literario ruso es de los mejores porque desde temprano abrió sus páginas al sentir del pueblo. Hay muchos, así llamados intelectuales, que no ven con agrado que escriban personas que no pertenece a su clan o a su casta. No acaban de entender que escribe el ser humano no por capricho, gusto o sensiblería, sino porque constituye una profunda necesidad humana. Escribiendo uno aprende a expresar y a entender lo que siente, ordena su pensamiento y le da coherencia a su propia vida. El acto de dar forma a la idea o al sentimiento requiere de una pausa que nos salva de muchos peligros. Cuando la vida tiene su propia partitura nace la música y la armonía del vivir y esta se convierte en un concierto del que pueden disfrutar todos y en el que nada se pierde. Es una suerte que en nuestra época, gracias a internet, todo el mundo tenga la posibilidad de escribir lo que siente y de ser leído casi instantáneamente por muchas otras personas en nuestro planeta. Por primera vez el pueblo ha obtenido el derecho de acceder al ámbito de la expresión escrita, y al propio tiempo, al dominio de la comunicación masiva de alcance internacional. Todo esto indica el advenimiento de una nueva época en el desarrollo de la cultura que permitirá que todos - no sólo las llamadas élites culturales o políticas - puedan influir responsablemente en el destino de la humanidad y de la Tierra.

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  5. Varias veces me he acercado intentando componer un comentario, sin éxito porque vuelvo a leer y me quedo pensando de nuevo.

    Sólo puedo decir que hay varias frases aquí que podrían ser divisa (o mantra) para quienes admiramos la poesía, desde la lectura o desde la práctica; especialmente al inicio del segundo párrafo, ese ¿diagnóstico? de la tarea creativa como minería (mayormente introspectiva) de la propia realidad. Me recordó, en clave distinta, lo sucedido especialmente con Pessoa durante toda su vida y con Emily Dickinson al final de ella: nada de su apariencia física o su cotidianidad hacía notar el poderoso torrente de inspiración que alojaban.

    No conozco a Luis Amado-Blanco, pero tras esta presentación, seguro que me acercaré.

    De igual modo, es un placer asombrarme con y aprender del intercambio en los comentarios. Gracias por tan excelente y provocador artículo. Saludos.

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  6. Gustavo Pita Céspedesagosto 29, 2009 9:58 p. m.

    Ivanius:
    Hace poco le hablaba Ud. a la Pelusa de la "importancia de trascender" y del "hambre de futuro", lo que me hizo pensar que más que admirar la poesía, la había incorporado Ud. ya a su propia manera de enfrentar el mundo. Y me parece que esto es una adquisición vital muy importante porque el don de la poesía tiene que ver acaso, propiamente, con esa capacidad que nos permite reformular el mundo y a nosotros mismos, a cada paso. Entender que no hay nada definitivamente establecido y que toda realidad está enmarcada siempre por un horizonte de infinitas posibilidades que pueden incitar e incluso satisfacer nuestra "hambre de futuro", sin llegar a saciarla nunca - por suerte - significa haber comprendido algo, haber renacido, o en otras palabras, haber llegado, aquí en la tierra, a una especie de "salvación". Amado Blanco contribuyó notablemente al desarrollo de la cultura espiritual cubana en una época en la que, parecería, había pocas condiciones objetivas y estímulos materiales para hacerlo. De día trabajaba como dentista, y todo su tiempo libre lo dedicaba a su actividad de animador cultural. Me parede indudable que también para él la poesía era esencialmente una manera de relacionarse con el mundo, el cual no es, finalmente, sino la descripción que en determinado momento tenemos de él.
    Gracias por todo.

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