domingo, 19 de julio de 2009

Respuestas de G a las preguntas de la Lic. D.G. (IV y ultima parte)

-¿Cuál es tu opinión en torno al por qué de este interés en los 90's (entre los artistas jóvenes) por el zen?
-¿Crees tu que hubo también alguna incidencia del contexto social, político y económico de Cuba en esos momentos para incentivar, de alguna manera, esto?
(Preguntas del profesor Dr. Amaury García)

G.P.- Creo que aparte de las razones que señalaba en mi respuesta a las primeras preguntas, es necesario recordar en este punto que en los años noventa ocurre la disolución del campo socialista y se inicia para Cuba el llamado Período especial; en otras palabras – como acostumbraba a explicarles a mis alumnos del ISA –, el mundo que durante varios decenios parecía manifestarse como un cosmos estable y seguro, de futuro predecible, se reveló de pronto como otra forma de caos, y el individuo, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, tuvo que empezar a enfrentar la realidad con una psicología que no podía estar más basada en la certidumbre, sino precisamente en la incertidumbre; es decir, que para sobrevivir como un ser humano, tuvo que reacomodar fundamentalmente su escala de valores y aprender a seguir siendo buen trabajador y buena persona, amando la belleza y la vida no sólo sobre el trasfondo de la seguridad, sino también, como en el cuento Zen, “rodeado de tigres” y frente al abismo de la inseguridad.
Acaso por primera vez, después de treinta años de un consolidado proceso revolucionario, sintieron los cubanos en carne propia la acción objetiva de las llamadas leyes de la dialéctica, leyes del cambio, que hasta ese momento habían formado parte de la filosofía oficial y que como componente obligatorio de los programas universitarios y de postgrado tenían que ser estudiadas por todos, estuviera su interés profesional en las ciencias exactas o en las humanidades, porque tanto la academia como el gobierno las reconocían como las leyes universales de una realidad objetiva en la que nada era inmutable salvo la ley de los cambios. Pero cuando estas mismas leyes dialécticas tan ponderadas y solicitadas – cuya acción, de apariencia bastante pintoresca en las salas de conferencias o en las páginas de los libros, cada uno estaba dispuesto a identificar en los cambios del tiempo, las veleidades de la economía capitalista, las luchas de clases en la historia pasada o foránea, el desarrollo biológico de los organismos del nacimiento a la muerte, la física del micromundo, el pensamiento lógico o el progreso científico-técnico – quisieron manifestarse ellas mismas sin aderezos teóricos, en su modalidad más cruda y su repercusión más universal, como leyes del cambio que con el correr del tiempo no podían dejar de afectar también al campo socialista y a Cuba en particular; y de pronto, el trueque de la cantidad en calidad, la permutación de un contrario en su opuesto y la negación de la negación dejaron de ser información asimilable por el oído o la vista y empezaron a hacerse sentir en las entrañas y demás órganos de los sentidos de las grandes mayorías, así como en las características de la estructura social y de la ideología nacional, la primera esfera de la cultura en reaccionar – incluso con anticipación – a su influencia fue justamente el arte, y los que primero supieron captar y expresar vívida y creativamente su acción fueron los artistas. Pero justo ahora que la nación sentía todas las implicaciones y real alcance de la dialéctica, su mención se hizo cada vez más rara en los auditorios oficiales y los libros académicos, quizás porque en su carácter de impermanencia había sido asumida ya en silencio como una evidencia incuestionable de la existencia humana en la cosmovisión ontológica más profunda de los cubanos, en esa hondura del espíritu donde toda demostración teórica es superflua y en la que ya no importa de quién sea la vivencia: de un cubano, un japonés, un chino o un hindú...
Por suerte, esta etapa estuvo antecedida por un largo período preparatorio, en el que la magnanimidad de la cultura cubana, pero, por lo visto, sobre todo la sensibilidad de su cultura artística, permitieron la adquisición y atesoramiento de nuevos valores que pudieron ser puestos en funcionamiento en el momento necesario. Para que lo atesorado pudiera ser localizado en el almacén de la cultura y “echado a funcionar” en la hora precisa, acaso no menos importantes fueron otras dos circunstancias o premisas de carácter político ideológico: el diálogo entre marxistas y cristianos efectuado en la segunda mitad de los años ochenta y, por raro que parezca, justamente el largo período precedente de educación no sólo atea, sino ateísta. La aceptación de la experiencia de Buda como una posibilidad más de la experiencia humana propia, el descubrimiento de una nueva dimensión no menos nuestra más allá de nosotros mismos, necesitaban también de esa experiencia de la vida humana construida en lo que fue para muchos un prolongado intervalo de ausencia o suspensión de Dios.
Por último, no menos importante me parece el hecho de que desde enero de 1959 la Revolución cubana estimuló la formación de un tipo de ser humano cuyos principales atributos eran tanto el conocimiento, como la disposición y capacidad de luchar por el bienestar de la Humanidad. Pero es que incluso más allá de los ideales del proyecto político socialista, estos atributos se funden con los del “arquetipo del héroe” del proyecto nacional cubano, identificables ya en la figura de José Martí. Como señalé en mi charla “Martí y el Orientalismo” del 19 de mayo de 2003 en el Centro de Estudios Martianos, la dimensión simbólica de Martí ha nutrido en las más diversas esferas de la sociedad y la cultura a varias generaciones de cubanos y no hay que esforzarse demasiado para descubrir en él los que pudiéramos identificar como los rasgos distintivos de un Bodhisattva. Seguramente el haber tenido desde mucho antes de 1959 como fundamento de nuestra cosmovisión nacional la magnanimidad, capacidad de comprensión y afán de transigencia del pensamiento martiano, fue también otra importante premisa para que el Budismo Zen y su singular protagonista y héroe – héroe tanto más universal, cuanto más singular en una singularidad que incluye la de la muerte – fueran acogidos de la manera más cálida y natural como parte de la gran familia cubana.
Gustavo Pita Cespedes
Junio 2009

2 comentarios:

  1. Creo que es una suerte que Gustavo Pita tenga ya un "rinconcito" en la web. De este modo los que fuimos sus alumnos y que tanto lo queremos, podemos seguir deleitándonos con su saber. Así mismo los que no fueron sus alumnos podrán conocer a un pilar del pensamiento cubano contemporáneo.

    Rubén Fuentes

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  2. El amor a la tierra cubana es un hecho inenarrable , fue para mi como una suerte de iluminacion, de despertar dentro de mi propia concencia el reconocer Cuba dentro de su entorno mitico a veces idealizado, a veces tambien tangible. Ello me llevo a creer de que en todo esto habia algo muy similar a lo que en el budismo reconocen como la mente vacia, el arma invisible, en fin hay bastantes trazos de personalidaes como Varela, Marti, Lezama,S.Sarduy y un sin fin de personalidaes que vieron el entorno cubano desde sus mas delicadas y bruscas perspectivas,todo ello permiado de muy finos matices de la cultura budista, ahi justo alli existe cierta definicion del zen desde la cubaneidad. Al fin y al cabo suele ser analogo al espiritu en todos los hombres lo mejor de si.
    Creo haber comprendido un tanto algo de eso en la conferncia del 19 de mayo de 2003, en la que estuve presente, ademas de todas las clases de filosofia en el ISA (2003) que sin falta trataba de asistir, tambien las de la casa de Asia, espero algun dia nuevamnete reencontrarnos en Cuba bajo los antagonismos que le sobrevienen, bajo tambien la claridad que tambien les espera.
    un gran saludo
    Hamlet Lavastida

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)