Proyecto 365, dia 51: Café-Debate en Alejandria


Cuando me enteré de que antes de Platon la cultura era oral, comencé a preguntarme de que manera pensaron todo lo que pensaron –que no fue poco- los griegos clásicos y, sobre todo, donde anotaban todo eso. Poco a poco fui encontrando analogías que intentaban darme respuestas: la red virtual de ideas por las que navegaba Platón, el enorme disco duro que poseian los aedas… Hasta que el surgimiento de la anhelada escritura vino en mi auxilio y, con ella, los necesarios almacenes de consulta: las bibliotecas.
El libro tan materialista, muy a pesar de su titulo -Ideas- que estoy leyendo, me ha obsequiado con muchas de estas respuestas, y me ha permitido pasearme por las escuelas antiguas, sentarme a los pies de grandes filósofos e, incluso, gracias a mi no pobre imaginación, me vi alguna tarde formando parte del circulo de oyentes que rodeaban a Euclides y Arquímedes mientras debatían en la mítica biblioteca de Alejandría…
Sin embargo, acabo de tropezar –unas 500 páginas después de estos paseos- con una afirmación de esas que te golpean como un mazo. Según el autor, antes del desarrollo del sistema de puntuación a finales del s. XIV la comprensión de la lectura era solo posible si esta se realizaba en voz alta, puesto que no había separación alguna entre las palabras, las oraciones ni los párrafos. La lectura, por tanto, no era un placer privado y las bibliotecas no fueron un paraíso de tranquilidad como las conocemos en la actualidad hasta principios del s. XV, cuando se dispuso oficialmente el silencio en estos recintos.
Mientras G, con su mente tan analítica, comenzó a cuestionar inmediatamente que se pudiera siquiera hacer suposiciones sobre el proceso de pensamiento y comprensión de los antiguos, ni aun de los renacentistas, desde la perspectiva del hombre moderno ("y es muy dificil separarnos de esta perspectiva por un simple segundo"), mi preocupación era un poco más sencilla:
“Entonces, aquellos debates matemáticos tan interesantes no tenían lugar precisamente en los cinco minutos para tomar un cafecito, ¿no?”

Comentarios

  1. Algo que tal vez puede ayudar a construir una perspectiva sobre esto es simplemente el concepto de tiempo.
    Como el uso de relojes de bolsillo no se extendió entre la población general sino hasta hace menos de 150 años, la gente de los lejanos días del imperio romano sólo tenía idea de "la hora tercia" o "la hora nona", y los minutos como tales no tendrían seguramente demasiado peso. Eso significa, por ejemplo, que antes del imperio romano (o incluso durante éste) el rato necesario para una "rápida" conversación con los amigos era probablemente suficiente para más de una cerveza o varios discursos. Lo cual seguramente enfadaba a temperamentos mucho más tolerantes que la mujer de Sócrates.
    Digo yo.

    ResponderEliminar
  2. Hola Ivanius:
    No lo dudo, si ahora -relojes incluidos- una conversacion interesante no tiene para cuando acabar... y eso que no estamos desarrollando precisamente los argumentos de la logica!
    ¡Ja! La mujer de Socrates... lo habra soportado alguna?
    Saludos!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario