Proyecto 365, dia 49: Una broma digna de Begemot.


Estoy un poco preocupada.
Ya saben que me gustan los animales, y mucho. Sin embargo, desde hace mas de cinco años no he podido volver a convivir con ninguno. He corrido con la “suerte” –al parecer muy extendida- de vivir en lugares donde prohíben la tenencia de este tipo de compañía.
Claro, cuando hablo de convivencia, entiéndase “vivir juntos bajo el mismo techo, dormir, comer y todo lo demás en el mismo espacio”. Aclaro esto porque en realidad relación con ellos no me ha faltado nunca. De mi mano han comido en estos cinco años perros, ardillas, palomas, cuervos, gorriones, ciervos, carpas, patos y hasta colibríes, por lo que mi rinconcito interior dedicado a este tipo de afecto nunca ha estado vacío.
Aquí cerca lo que hay son gatos, pero los gatos son diferentes, difíciles de domesticar, desconfiados, independientes. Poco he logrado con ellos en todo este tiempo. Ya saben que me gustan y que soy una proveedora de comida, pero vienen cuando quieren, no les entra la idea de venir todos los días a la misma hora (los colibríes, por ejemplo, se sentaban en mis macetas de rosas a esperar que les rellenara el bebedero). Esto, para mí, es un problema: me siento bien con saber que, aunque sea a la hora que les viene en gana, comen algo, pero no me llena mi espacito interior. Mi corazón, como el de aquel zorro memorable, necesita ritos.
Hace un par de días, G me cuenta que, mientras andaba yo en mis clases –mas o menos a la hora en que suelo ponerles comida-, vino un gato barcino y se sentó a maullar frente a nuestra ventana. No se pueden imaginar mi alegría. Desde ese momento, no hago otra cosa que vigilar a los dichosos animalitos. Mi alteración ha llegado a tal punto que hoy, en esos “cinco minutitos más” justo después de sonar la alarma, soñé por un momento que ya estaba levantada y que, al descorrer la cortina, encontraba un hermoso y muy alegre espécimen tan dorado como los bigotes de Begemot maullando y haciendo todo tipo de arrumacos frente a mí. Yo lo miraba enternecida y, por supuesto, hablaba con el. “Si, precioso, ahora mismo te doy comidita. Te tengo guardado unos cueritos de trucha de-li-cio-sos. ¡Te van a encantar!”
Pues lo que me preocupa realmente, y me ha hecho pensar en la alternativa imperiosa de tener hijos pronto o convertirme en carne de psiquiatra, es la conversación que tuvo lugar en mi comedor poco después, en medio del desayuno:
-Soñaste con gatos, ¿no?
-Si, ¿cómo lo sabes?
-¡Por que me despertaste con tus maullidos!!!

Comentarios

  1. ¡Ejem! Pelusa... los niños dan un poquito más de trabajo, y más satisfacciones,desde luego. Luego vienen las combinaciones imposibles de los binomios hijos - mascotas, poco espacio - formación infantil, etc.
    Eso sí: Los hijos, de tenerlos nunca te arrepientes, y de no tenerlos, si te puedes arrepentir.
    Ná asere, filosofía barata... y zapatos de goma.

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  2. Hola Marita:
    No, si mi preocupacion mas bien era por que -segun me dijo una amiga- eso de andar poniendole nombres a los peluches y de preocuparse demasiado por las mascotas, son sintomas claros de que ya es hora de plantearse lo de los bebes... Y no lo dudo. Planteado esta, ahora hace falta aplicarse, jaja
    De ese tipo de binomios imposibles no creo que me salve ni Dios... No me imaginaria educar a un hijo sin enseñarle la convivencia con un animal.
    Besos por alla!

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  3. Meto mi cuchara porque, a pesar de ser poco "animalero" la mención de los gatos me recordó a mi mascota favorita, y la mención junto a los pájaros, una novelita de Luis Sepúlveda que es mi deber recomendar: "Historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volar". Si no la has leído, en verdad, vale la pena. No es una obra cumbre de las letras, simplemente (ja!) un relato de esos para tarde lluviosa, bebida favorita y (después) soñar con gatos.

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  4. Gracias, Ivanius, por la recomendacion. Lo buscare y leere... Ya te comentare!!

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