sábado, 12 de julio de 2008

Moda, tradicion y consumismo en Japon

El tema de cómo visten los japoneses, en especial las mujeres, es un tanto peliagudo. A veces he mencionado algo sobre esto en otros textos, pero como mi apreciación ha ido cambiando nunca me he atrevido a ahondar en el asunto. Este es un intento inicial de acercamiento.
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Mi primera impresión cuando llegue aquí fue que la elegancia es una constante en cualquier lugar a donde vayas. Mientras los hombres visten de traje a toda hora, las mujeres que trabajan –la mayoría- también van con traje sastre y calzado con tacones. Nunca los vas a ver desarreglados: cada cabello esta siempre en su lugar; los zapatos y las bolsas relucientes; la ropa impecablemente limpia y sin una sola arruguita; los accesorios, abundantes.
Los hombres –en temas como este siempre es mas fácil hablar de ellos en primera instancia- en días laborales y como tendencia general son mas bien sobrios en el vestir, pero esto se flexibiliza bastante de acuerdo a la libertad individual de cada uno. Así pues, puedes encontrar quienes combinan su traje con calzado de punta fina; otros que llevan una atrevida mezcla de colores –aunque siempre discretos-, y hasta aquellos que cambian el clásico portafolio por bolsas de diferentes tipos, que podrían considerarse incluso femeninas. (En las tiendas, el límite entre las bolsas de mujer y las de hombre no queda para nada claro).
Cuando andan de descanso es otra cosa completamente diferente. Cada cual viste a su aire y no es posible definir una tendencia especifica en la ropa masculina. Los hay que van en jeans –rotos, nuevos, pintados, con accesorios de metal, ajustados…-, sandalias o calzado deportivo, camisas amplias cubriendo casi siempre uno o dos pullovers de colores… Como en todas partes, digo yo, aunque con las peculiaridades de este lugar y su clima en específico.
Sin embargo, algo que salta a la vista inmediatamente es la falta de competitividad entre ellos. Visten cada cual a su forma, con lo que les gusta y con aquello que les es cómodo, pero –evidentemente- no se comparan mucho con los demás, no compiten para resaltar… como lo hacen constantemente las mujeres.
En ellas no hay límites para la imaginación a la hora de vestir. Se ponen capas sobre capas de ropa –incluso en verano- y si tienen algún objetivo para esto yo aun no lo he podido descubrir. No todas, lamentablemente, pero muchas tienen bastante buen tino en combinar todas las prendas que esta moda necesita. Usan varias blusitas ligeras, unas sobre otras, de las que solo alcanzas a ver algún detallito, como los tirantes y alguna cinta o encaje, y sobre ella generalmente una túnica –cuyos modelos van desde la simple tipo hindú hasta las estilo retro con el talle ajustado a la cadera y grandes lazos satinados- gruesa o ligera de acuerdo a la temporada, y aun sobre ella alguna chaqueta; todo combinado con unos pantalones ajustados, sombrero, medias, calzado y cartera; mas las bufandas, abrigos y guantes en invierno, las sombrillas en temporada de lluvia; las gafas en el verano… La lista, en fin, podría ser interminable.
Cuando uso la palabra “combinado”, no dejo de sentirme un poco extraña. He tenido que admitir que sus parámetros de combinación de colores, estampados y estilo superan por mucho a los míos. He aprendido a ver como algo “normal” tantas piezas de ropa juntas –y convencerme de que no corren riesgo de asfixia llevándolas-, y que hay colores que, contra todo pronostico, es posible llevar juntos en un solo atuendo, aunque a veces no hay modo de explicar porque lleva una muchacha unos zapatos de un color verde brillante cuando el resto de su “outfit” oscila entre el rojo y el violeta, con algunas notas de negro.
A pesar de lo que podría pensarse, todo lo anterior cuando se ve en conjunto, cubriendo la imposible delgadez de las japonesas, no deja de ser agradable a la vista. Todas las piezas que llevan (también cada pequeño elemento que portan en sus bolsas) son invariablemente hermosas. Todas tienen algún detalle que las hace especiales e, incluso, únicas. Y este pueblo tiene arte para lograr que lo incombinable –dentro de mis parámetros- combine.
Tratando de explicarme este “detalle” que no es fácilmente asimilable por el ojo occidental –como he podido comprobar cuando alguna extranjera trata de imitar el “estilo” japonés en el vestir, casi nunca con buenos resultados-, he llegado a una primera conclusión: se trata de una percepción muy particular desarrollada a nivel nacional durante mucho tiempo, en todos los siglos de su historia cultural.
Y pienso esto basándome en lo que he podido ver de la vestimenta tradicional: los lujosos kimonos de sedas de colores y diseños tan diversos, que van acompañados por un obi o cinturón grueso cuyos colores y estampados, que difieren por completo con los del kimono, combinan con este de una manera muy peculiar, y bajo los cuales se usan no pocas túnicas ligeras, unas para recoger el sudor, otras para lograr un fondo neutro y que asoman solo un tantito por el cuello del kimono, y sobre todo esto una capa que los protege del frío cuando es necesario. Un ejemplo extremo de esto es el atuendo que tradicionalmente usan los Emperadores en su boda, y que consta como mínimo de siete capas visibles de kimonos, cada uno de un color diferente, cada uno con un significado místico diferente, cada uno con una función imprescindible.
Habría mucho que investigar en este tema. Hubo un fenómeno, por ejemplo, que se desarrollo en el periodo Edo (1603-1867) denominado “el arte de la belleza oculta”, y que tenia varias manifestaciones interesantes, como llevar colores intensos en el reverso de las capas de colores oscuros. Nadie mas que el que las portaba sabia de este “color oculto”. No era visible por lo general a ojos ajenos. Era una especie de belleza para la contemplación y el disfrute personal, no para compartir. Otra variante de este estilo de Edo, era que un tejido a simple vista de color uniforme, al ser observado con detenimiento revelaba una riqueza de matices y hasta de diseño que quedaba oculta por una especie de “ilusión óptica” a pocos metros de distancia.
Este estilo ha llegado hasta hoy, aplicado en los usos mas cotidianos. Un amigo nos mostró una vez el reverso del reloj que llevaba puesto en la muñeca. Estaba por completo cubierto con una tela roja muy bonita que, al tiempo que lo protegía contra el sudor, lo convertía en un accesorio muy interesante. Sin embargo, quedaba oculta a la vista. Y supongo que sea este mismo fenómeno el que este detrás de todas las cositas que ocultan las muchachas en sus bolsas: celulares con incrustaciones de piedritas brillantes, libretitas con forros de seda bordada, bolígrafos con colgantes dorados cuya tinta es de un color original y centelleante…
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Con todo lo anterior, como se imaginaran, salir de compras en Japón puede llegar a convertirse en una pesadilla. En cada centro comercial se alinean miles de tienditas pequeñas cada una con ofertas diferentes, sin repetir ni uno solo de los artículos de la tienda vecina. Y todo, absolutamente todo, es muy bonito y de muy buena calidad. Allí donde hay tanta variedad es muy difícil escoger algo. Puedes estar horas caminando de un establecimiento al otro, mirando cada una de las ofertas, sin decidirte a comprar nada. El cerebro –les juro- pasa del asombro al agotamiento por tantas impresiones recibidas y termina bloqueándose.
Un dato curioso sobre este punto es que han pasado por TV varios programas en los que estudian las reacciones de los consumidores. Han colocado cámaras ocultas en ciertas tiendas y comprobado que, en aquellas en las que se expone una mayor cantidad de productos, la mayoría de los clientes salen sin haber comprado nada. También han hecho encuestas para intentar comprender por que se venden unos productos y otros no, y han llegado a la conclusión de que no hay mucho que concluir en este tema: las mujeres, que son por lo general las que van de compra, cambian de parecer instantáneamente y, aunque van a las tiendas con una idea preconcebida de lo que necesitan, terminan comprando las rebajas, lo que compro una amiga, o el ultimo modelito de lo que sea que se haya puesto de moda.
El consumismo es una epidemia peligrosa y, a menos que seas alguien muy particular que no se deja tentar fácilmente, hay que estar muy atento para no caer atrapado en sus redes. El mercado te crea necesidades que nunca has tenido y ni siquiera habías notado que lo eran, y te pone al alcance el articulo pensado para satisfacerlas. No solo eso, sino que te da a escoger entre una gama de formas y colores del mismo producto…
Mi primer choque con este mundo fue en México, donde por primera vez en mi vida pude pararme frente a un stand de 50 tipos diferentes de shampoo y encontrar el adecuado para mi tipo de cabello. Esto me costo tiempo, por supuesto, y conozco casos en los que ha costado incluso ataques de pánico..
En México aprendí no solo a apreciar y defender mi derecho a la elección, sino también a valorar altamente el hecho de estar entre los afortunados con acceso a ese mundo. Mi relación con los objetos cambio: cada cosa que me rodeaba había sido escogida con sumo cuidado –esa en particular y no otra- para formar parte de mi entorno, y esto ya le aportaba un cierto hálito, una cierta “personalidad”.
La posibilidad de escoger –y no conformarte con lo que otro escoja por ti-, como entendí mucho mas tarde, te brinda una perspectiva de ti mismo como ser humano que de otra forma no conocerías. Te desarrolla en cierta medida y en una dirección que, por humana, es también muy valida.
Para mi es este un tema interesante y no dejo de preguntarme, habiendo nacido en un país en el que no es precisamente variedad lo que encuentras en las tiendas y conociendo la escasez extrema que viven tantos pueblos en el mundo, si acaso este exceso de ofertas que llega a embotar tu capacidad racional, que es a fin de cuentas lo que te coloca en la cumbre de la pirámide evolutiva, es realmente necesario.

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)