Noh

Hemos tenido la suerte de ver ya varias representaciones de Teatro Noh.

La primera vez, invitados por la maestra Oowaki y nuestro amigo Masahiro, fuimos a ver una de las obras clásicas del otoño... (porque hay que decir que el amor de este pueblo por su naturaleza se ve reflejado en todo). La obra en cuestión se titula "Tatsuta" y cuenta la historia de un monje budista que viaja por todo el país junto con dos asistentes para hacerle ofrendas a los dioses y budas que encuentre en el camino... Así llega hasta un río, de nombre Tatsuta, cruzando el cual se encuentra un santuario dedicado a la diosa que protege el lugar. El monje se dispone a atravesar el río en un bote cuando aparece una sirvienta y les previene contra la ira de la diosa, que será desatada si alguien cruza el río cuando sobre él flotan las rojas hojas del Momiji... La sirvienta se ofrece a llevarlos bordeando el río hasta el santuario, y al llegar a él los deja.

El monje hace su ofrenda a la diosa y se dispone a cruzar el río de vuelta cuando ya la mayoría de las hojas se han ido, y está cubierto por una ligera capa de hielo... Entonces se aparece nuevamente la sirvienta, que no es otra que la propia diosa, ataviada en toda su magnificencia, y les entretiene con un baile hasta el amanecer, cuando ya el hielo se ha derretido y las pocas hojas que quedaron atrapadas en él se han ido completamente. La diosa les cuenta que se ha quedado a vivir en este lugar, precisamente por su amor a las rojas hojas del Momiji, y que le duele que alguien las rompa ya sea cruzando el río en bote cuando estas flotan, o incluso cuando, al romper el hielo, las hojas atrapadas en él se quiebran.


Luego, hemos visto un par de obras más: Sanemori (donde el espíritu del guerrero Sanemori cuenta su última batalla) y Aoi no Ue (Lady Aoi), un extracto de "Los cuentos de Genji", en el cual Lady Aoi, la amante del principe Genji yace convaleciente (representada en la obra por un kimono tendido en el suelo) y un sacerdote trata de quitar el hechizo que la mantiene enferma. Al convocar el espíritu que ha provocado el hechizo, aparece la fallecida esposa de Genji, quien, celosa, ha enfermado a la amante. Al ser este espíritu tan fuerte, el sacerdote no puede con él y llama a otro monje más poderoso, quien combate esta vez con el espíritu de la esposa -que ya se ha transformado en un demonio- y logra vencerlo....


¿Qué les puede decir esta simple mortal de algo tan impresionante como esto? Los actores, sobre el escenario, sin gestos faciales ni entonaciones en la voz y con movimientos predeterminados hace siglos, logran generar un mundo ajeno al mundo cotidiano, en el que el público no es más que eso: simples espectadores que se asoman por una ventanita a ese otro mundo misterioso en el que los monjes conviven con los espíritus y la belleza de las hojas de un árbol puede cautivar a los dioses... Y ni siquiera los aplausos finales, las ovaciones, logran llegar a los actores ni a los músicos, quienes se retiran del escenario silenciosamente, sin mirar ni de reojo hacia nosotros, para desaparecer detrás de una cortina que se cierra de sopetón, sin dejarte ver ni un ápice del más allá.




















Por otra parte, está el mundo de todos los días, en el que la tecnología es reina y señora, y el muy tradicional Teatro Nacional de Noh, con su escenario que recuerda un puente y una caseta sobre un lago rodeado de árboles, ha logrado montar todo un sistema de pequeños televisores frente a cada asiento, en los que se puede ir leyendo la obra a medida que va siendo cantada, lo mismo en inglés que en japonés... ¿Será acaso un intento de acercarnos a ese mundo ajeno y hacernos creer que estamos entendiendo algo de lo que se nos muestra en cada ocasión?


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