Diario... ¿de viaje?

Bueno, en realidad, aunque tengo ya un tiempo en Mexico, hemos viajado muy poco fuera, e incluso dentro, del DF. Por eso cualquier viaje que hacemos, aunque sea a un lugar bien cercano, es una novedad.
Hoy comenzó un taller que va a impartir mi esposo en una Universidad Agraria en Chapingo. Esto es un pueblo que está al ladito del DF, en el Estado de Mexico, a unos 40 o 45 min. en autobus.
La primera impresión del viaje fue la "desmañanada", como le dicen aqui. Lo cierto es que ayer nos acostamos cerca de las dos de la madrugada para levantarnos hoy a las 5 am. O sea, que solo dormimos tres horas. Como era la primera vez que hariamos este viaje, y seria solos (contábamos solamente con las indicaciones de un amigo), decidimos salir lo más temprano posible -tipo 6.30 am- para no tener contratiempos y llegar a buena hora.
Así que salimos, y tomamos un pesero que, contra todo lo que se pudiera esperar, hizo el recorrido bastante rápido. Nos montamos al metro, y luego de hacer un trasbordo, llegamos a la estación San Lázaro.
Allí, por una serie de "pasillos" muy amplios y llenos de tiendas y negocios, caminamos hasta la terminal de autobuses. Esa fue la segunda gran impresión. La terminal parecía un aeropuerto, a pesar de ser solo de autobuses. Bueno, parecía un aeropuerto comparada con el aeropuerto de La Habana, claro está.
De más está hablar de la limpieza que imperaba aunque el trafico de gente era enorme; los cafés bien bonitos; los anuncios de las diferentes líneas de autobuses que llevan a los más diversos destinos dentro del país. Otra cosa interesante es lo increíblemente barato del pasaje. Nosotros fuimos hasta Texcoco, y pagamos solo 19 pesos mexicanos por cada uno, el equivalente de poco menos de dos dólares!!
Viajas en un super autobus de lujo, viendo películas durante todo el camino, con asientos reclinables, aire acondicionado y cortinitas en las ventana por si no quieres que entre el sol... Esto es casi un sueño para un cubano, aunque para alguien nacido en otro país pueda resultar algo normal.
El camino lo hicimos en apenas 40 min., y bajamos en la terminal de Texcoco, mucho menos lujosa que la del DF, pero muy bien ubicada. Está justo detrás del centro del pueblo, y cuenta con una flota de micros que nos pusieron en menos de cinco minutos en la entrada de la universidad a la que nos dirigíamos.
Nuestro amigo, que estudió en esa universidad, nos esperaba justo en la entrada, y nos regaló una muy disfrutable visita guiada por toda la universidad. Bueno, no por toda, porque es enorme, pero si nos mostró el paseo de los personajes ilustres (creo que así se llamaba), llenos de bustos de fundadores de la universidad, o destacados investigadores que de alguna u otra forma colaboraron con ella, y franqueado a ambos lados por unos jardines vistosisimos y evidentemente bien cuidados. Pasamos por el comedor de los estudiantes, por las residencias, vimos varios monumentos interesantes... Tambien nos mostró la rectoría, que era la hacienda de uno de los amigos de Don Porfirio Díaz, quien la donó para que se comenzara a emplazar esta universidad en el lugar.
Al lado de la rectoría, en el mismo edificio, hay una capilla pequeña pero M A R A V I L L O S A. Todas sus paredes y los techos están cubiertos con frescos de Diego Rivera. Nunca había visto una de sus pinturas en vivo, y, si digo la verdad, me dejó profundamente impresionada. Se respira una gran fuerza detrás de sus trazos, no sé si motivados por el tema, por los personajes, por los colores, pero lo cierto es que no puedes pasar por allí y salir indemne. Te remueve algo dentro; después de observar algo así, ya no es posible ser la misma persona.
Al salir de la capillita, justo al lado de la puerta, había una gran perra negra, a la que se me ocurrió saludar. Se puso tan contento el pobre animal que empezó inmediatamente a jugar, a correr entre nosotros, y terminó acompañándonos hasta que entramos al edificio en el que habría de ser la conferencia. Me dió mucha pena, porque con nosotros caminaba una muchacha que le tenía pánico a los perros, y la perra que, como todo animal grande no tenía conciencia de su tamaño, casi la tumba un par de veces que le pasó corriendo rozándole las piernas. Es cierto que a veces exagero con mi cariño por estos animales, pero no puedo sustraerme de regalarles aunque sea unas pocas caricias. Quién sabe si es la única vez en su vida que alguien les da afecto, y eso los perros, lo sé muy bien, lo agradecen mucho, sobre todo los callejeros.
Bueno, al fin, luego de una pequeña espera y un largo preludio a cargo de las autoridades de la Universidad, mi esposo comenzó su charla. El auditorio estaba lleno, con alumnos de las mas diversas edades. Algunos, como él mismo señaló tenían carita de niños todavía, pero todos se mostraron sumamente interesados.
La charla fluyó muy bien, con unso cuantos chistes iniciales para romper el hielo, y otros intermedios para espantar el cansancio de los oyentes. El tema - ¿Cómo aproximarse a la ciencia? - interesaba a muchos, sobre todo al ponente, para quien cada charla (según confesión propia) es una sorpresa. El, mas o menos, se prepara, lee sobre el tema, para esta ocasión incluso preparó una presentación en Power Point, pero qué pasará al pararse frente al auditorio es algo completamente impredecible incluso para él, y por eso, tremendamente interesante.
Lo que pasó esta vez fue que logró una muy linda comunicación con los alumnos, y con los profesores que estaban presentes. Al final se quedaron todavía algunos alumnos haciendo preguntas por unso 15 min. más. Yo creo que les gustó la charla. A mí, por lo menos, me encantó. Y digo yo que, solo por ver lo bien que él se sentía de nuevo frente a un aula dando una conferencia, conversando con los jóvenes, disfrutando de su profesión (nunca mejor elegida), vale la pena la desmañanada, el gasto del viaje y todo lo demás.
"Instruir puede cualquiera; enseñar, sólo aquel que sea un Evangelio vivo." - dijo una vez un maestro de maestros, José Agustín Caballero, y yo creo que mi esposo, no podría ser otra cosa en la vida que maestro, por cómo lo disfruta, por cómo se entrega en cada clase, por los resultados que logra en cada uno de sus oyentes...
Pero las gratas impresiones de este día no habían terminado. Al salir de allí, la profesora que organizó el taller y su hijo, nuestro amigo y su novia y nosotros nos fuimos a comer al Mercado de Texcoco, que está en el centro del pueblo. Querían que probáramos dos comidas tradicionales de ese lugar: la Barbacoa y los Tlacoyos.
La Barbacoa es una carne que se hace de una manera muy curiosa: hacen un hoyo en la tierra y ponen en el fondo leña, sobre ella colocan unas hojas de maguey, y sobre esta, la carne, y la cubren por completo con hojas de maguey. Prenden fuego a la leña y cubren el hoyo nuevamente con tierra, y allí dejan la carne cocinandose por toda una noche (unas seis horas, nos dijo el muchacho que nos sirvió). El resultado es una carne deliciosa y muy suave. La comimos como tacos con unas tortillas de maiz azul, acompañadas de consomé.
Los Tlacoyos son una masa de maiz azul rellena de frijoles o habas (aunque ahora también los hacen con requesón, pero esto, según nos dijeron, no es tradicional, es un ionvento reciente). Esta masa, a la que han dado forma de hoja de tabaco (aplanada, alargada y terminada en puntas) la asan en una parrilla de metal o en una comal (especie de cazuela de barro), y la cubren con queso rallado, y una mezcla de verduras que incluye cebolla, tomate, hierbas aromáticas y fajitas de nopal. A gusto uno le agrega salsa picante y limón. Es también exquisito. Si alguna vez visitan México no pueden dejar de probarlos.
Mientras comíamos, comenzó a llover torrencialmente, así que tuvimos que esperar a que amainara un poco la lluvia para salir. Cuando finalmente salimos del mercado, pudimos ver sobre los autos mucho granizo. Por eso era tan aterrador el sonido de la lluvia sobre el techo de tejas del mercado, comentamos.
Ya que salimos, luego de despedirnos de la amable profesora y su hijo, y de agradecerles la invitación a comer, caminamos hasta la terminal de autobuses y tomamos uno de regreso al DF. Nuestro amigo y sunovia hicieron el viaje de regreso con nosotros, y vinimos todo el tiempo conversando, él contándonos de sus años de estudiante en esa universidad, y detallándonos sobre los alrededores del pueblo, sus costumbres y tradiciones...
Nada, que mejor viaje IMPOSIBLE. Lo disfrutamos muchisimo. Espero que de ahora en adelante, podamos viajar por otros lugares de este encantador país.

Comentarios

  1. Excelente relato... yo fuí estudiante de Chapingo y coincido contigo sobre la capilla Riveriana ;-).

    Saludos desde Texcoco
    http://www.ymipollo.com/~ToRo/

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