miércoles, 28 de mayo de 2014

Lluvia en dos tiempos

1.
Crédito de imagen (modificada)

Llueve también aquí. Lluvia por fin
con ánimo de limpieza,
de descarga y alivio.
Llueve con la serenidad de lo inevitable:
desagüe celestial, lluvia esperada.
Pobre tierra tan viva, tan reseca,
tan simétricamente humana.
Llueve como cierre natural
a la idea de la perfección impuesta.
Lluvia, llueve. Llueve, lluvia,
para que el verde vuelva.

2.

Llueve otra vez, atronadoramente.
Se estremecen los cristales,
retumban los metales,
parpadean las luces
y se moja el mundo en un santiamén.
La lluvia se descarga toda,
con rabia, de una vez.
Llueve como si no hubiera
otra forma posible de llover.
Llueve con el asombro de un trópico
traído por la nostalgia a estas tierras.
Yo me acurruco en mi sillón y sonrío.
Es necesario, imprescindible acaso,
disfrutar el milagro mientras dure.


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sábado, 24 de mayo de 2014

Fábula

Dicen que el mundo es una esfera enorme
con tierras, mares, desiertos y ciudades.
Mas, díganme, ¿a mí de qué me valen?
No los alcanzo con mis alas torpes.

Tampoco es que lo haya intentado,
no estoy hecha con fibra de viajera.
¿Acaso es más verde la otra hierba?
¿Tiene mejor sabor que lo encontrado?

¿Y quién se aventura a esas andadas
teniendo por aquí casa y comida?
¿Para qué arriesgarse en esta vida?
No está garantizado ni el mañana.

No alcanzo a ver más allá del palmo
que sobrevuelo una, dos, cien veces...
¿Puedo saber si hay de veras algo
detrás de aquella línea de cipreses?

Pero, ¿qué es este nuevo olor que siento?
¿Qué extraña flor me envía así su aroma?
Tiemblan mis alas... La inquietud se asoma.
¡Ya voy, mundo! ¡Ya remonto el viento!





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lunes, 19 de mayo de 2014

El cerezo



A mi madre

Me deslumbra este árbol al sol,
tan lejos de la lluvia gris 
que no deja de caer tras su ventana.
Es de corteza clara y áspera
como la pared agrietada en su habitación
ahora vacía.
Me fascinan sus frutos,
de a dos,
tersos, rojos, intensos
como la sangre que nos une.
Deja pasar la luz entre las hojas
con un destello, y lloro
como los ojos de los que la luz se escapa.
Agradezco este regalo inmenso
de fruto y carne,
de zumo y lágrimas,
de generoso amor y desapego.


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sábado, 17 de mayo de 2014

De las máscaras o de su pérdida

Esta tarde mientras esperaba me senté en una piedra a la sombra de un árbol, a la orilla de un campo abierto donde ayer pastaba un rebaño de ovejas. Hoy no quedaba más que el olor de los animales y unas pocas flores, las que no se comieron, suficiente para tenerme entretenida un rato antes de llegar a sentir la dureza de la roca bajo mi cuerpo. ¿Por qué había elegido semejante asiento teniendo tanta suavidad de tierra y césped alrededor? Hace unos años mi elección hubiera sido otra, sin dudas. Hace unos años una amiga criticaba entre risas mi adicción a sentarme en el suelo. Hace unos años un amigo se acercó adonde estaba sentada, en la tierra -en otra tierra- bajo la sombra de un -otro- árbol, para decirme que cuando me quedaba sola un rato se podía leer una profunda tristeza en mi rostro. "No hay más que dejar sólo a alguien durante un tiempo, por breve que sea, para que aflore lo que no quiere mostrar al mundo, lo que no quiere mostrar tal vez ni a sí mismo" -me dijo, y esta tarde mientras lo recordaba agradecí no tener a mano nada en lo que verme reflejada.



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sábado, 3 de mayo de 2014

Ni más ni menos que un recuerdo...

Acaso la muerte equipara las magnitudes. Al final de la vida, lo grande deviene pequeño, y lo pequeño, grande. No en balde en los registros de las viejas crónicas chinas y japonesas lo grande y lo pequeño permanecen por siempre juntos. Justo bajo esa perspectiva es que realizo a posteriori el registro de un minúsculo pedazo de mi biografía.

Febrero de 1972. Sobre las cinco de la tarde, al regresar del trabajo en las plantaciones de tabaco, en la atmósfera del campamento el “Pellejero”* se respiraba un aroma de sorpresa. Después de tomar una irrenunciable ducha fría la noticia de lo que se cocinaba nos calentó el corazón: en el comedor se encontraba ya cenando el grupo Van Van que había llegado de improviso para regalarnos un concierto. Como explicaría más tarde orgullosa la directora María Esther, todo había sido obra de la magia del director de televisión Erick Kaupp, cuyos hijos Anneliese y Erick compartían pupitres con nosotros en la escuela Calixto García del municipio Plaza de la Revolución.

La experiencia fue, al menos para mí, determinante. No había escenario, y los músicos se ubicaron al mismo nivel que nosotros en un pequeño espacio embaldosado que estaba justo delante del comedor, en la plazoleta de nuestras formaciones matutinas. El cantante, un mulato bastante alto de cabeza redondeada, cada vez que entonaba un agudo se empinaba con las piernas muy unidas sobre las puntas de los pies cual si fuera un globo tratando de liberarse de una vez de su amarre terrenal. El director sin embargo, permaneció todo el tiempo sonriendo, como absorto en el sonido de su bajo eléctrico, en un prudente segundo plano. Alguien tuvo que indicarme expresamente: “mira, ese es Juan Formell”, para que me percatara de que lo tenía apenas a unos pocos pasos delante de mí.

Los músicos parecían no cansarse de tocar y cantar, ni los muchachos de bailar y reír. Serían las diez y media de la noche, cuando el cantante, una vez más empinándose con un pequeño bamboleo sobre la punta de sus brillosos zapatos negros gritó finalmente: “¡Hay que dormir!” Nosotros, resignados, les dimos un gran aplauso de despedida. La orquesta se retiró y junto con ella, como un miembro más, Juan Formell.

Hoy me parece entender un poco mejor la impresión que me produjo aquella despedida: Él era su orquesta, su orquesta era él…

Entre la muerte de una Cuba y el nacimiento de otra, los de mi generación crecimos en un margen de brusco acortamiento de las distancias.

                                                                                                                               Gustavo Pita Céspedes
                                                                                                                   Barcelona, 2 de mayo de 2014

* Alquízar.

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)