miércoles, 19 de marzo de 2014

Historia de un mirador

Sentado en su puesto de observación me estudió durante horas a través de la ventana abierta. Cuando por fin se decidió, con una ligereza de la que sólo él es capaz, lo vi descender del mirador para siempre. Segundos después lo tenía a mi lado y no tardó en encontrar su espacio en mis días. Desde entonces me visita cada tarde. En cuanto estoy lista para recibirlo abro mi ventana; esa es nuestra señal. En ocasiones entra dando voces, reclamando mi atención. Las más de las veces llega en completo silencio, prefiere sorprenderme con una caricia. Y nunca se queda mucho tiempo, es cierto, ni siquiera lo hizo aquella primera vez, pero tampoco es necesario. Un breve lapso juntos es suficiente para dejar su calor impreso en mis manos junto a la promesa del regreso. 

*     *     *

Respondiendo a una breve señal, la máquina extendió sus dedos metálicos. La madera vieja crujió bajo el peso inesperado y el mirador se deshizo al primer embate. Los ojos detrás de las gafas nunca vieron allí otra cosa que un árbol seco. 

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)