A rastras

Querido Señor*:

Déjeme asegurarle que su llegada a mi vida no pudo haber sido más arrasadora. Su voz se ha llevado de repente mi silencio, mi tranquilidad, mi armonía. Ha cargado en sus incansables brazos mis deseos de ayudar, mis buenas miradas, mi saciedad. Sus constantes idas y venidas me han obligado a encerrarme detrás de mis cortinas, de mi música, de mis letras. En estos días ha conseguido usted lo que nadie: me ha dejado sin máscaras, sin luces ajenas, sin falsas protecciones. Me ha dejado usted desnuda. Sólo espero que, cuando al fin decida irse, mi alma aún se reconozca.


*En alemán: liebherr.

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