jueves, 20 de marzo de 2014

A rastras

Querido Señor*:

Déjeme asegurarle que su llegada a mi vida no pudo haber sido más arrasadora. Su voz se ha llevado de repente mi silencio, mi tranquilidad, mi armonía. Ha cargado en sus incansables brazos mis deseos de ayudar, mis buenas miradas, mi saciedad. Sus constantes idas y venidas me han obligado a encerrarme detrás de mis cortinas, de mi música, de mis letras. En estos días ha conseguido usted lo que nadie: me ha dejado sin máscaras, sin luces ajenas, sin falsas protecciones. Me ha dejado usted desnuda. Sólo espero que, cuando al fin decida irse, mi alma aún se reconozca.


*En alemán: liebherr.

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)