Sobre lo no evidente.

Uno nunca sabe cómo puede ayudar a las personas o cuál es la mejor manera para hacerlo. Ni siquiera se sabe bien si uno debe o no ayudarlas. Esto suele ser un tema complicado. 
Es bueno, sin dudas, hacer lo que se pueda por los demás. Es divisa de casi toda enseñanza que se respete. Dar una limosna u ofrecer un plato de comida: esas son ayudas buenas, mejores incluso si se hacen sin siquiera esperar un gracias a cambio. Son ayudas que se hacen sin pensarlas mucho, el sentido común suele decirnos qué hacer en esos casos. 
Sin embargo, como bien dice el refrán, no sólo de pan vive el hombre. Cuando se trata de problemas de solución no tan evidente, con frecuencia la mejor ayuda consiste en dejar que las personas encuentren la salida a sus dilemas por ellas mismas. Si lo hacemos en su lugar, podemos estar bloqueándoles la posibilidad de desarrollarse y, más tarde o más temprano, volverán a tropezar con el mismo problema. Como los niños, todos debemos aprender a caminar por nuestros propios medios. 
Entonces, ¿cómo aprender a diferenciar qué tipo de ayuda se necesita de nosotros? ¿Cómo tener la suficiente amplitud de miras para poder ver qué es lo que realmente escasea en el alma del prójimo? No siempre se tiene la suerte de tener a quien preguntarle sobre estos temas. 

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