miércoles, 29 de junio de 2011

Rescate y segunda vida

Hace un tiempo, mientras vivíamos en Japón me encontré por primera vez con un fenómeno que llegó a trastornar mi vida por unos días. Como vivíamos en un edificio destinado a investigadores extranjeros, la mayoría de los inquilinos venían por un breve período de tiempo y cuando regresaban a sus países dejaban en el local donde estaban los cubos de basura todos los objetos que habían adquirido durante su estancia y que no podían llevar consigo. Esto implicaba un buen surtido de equipos electrodomésticos, muebles, material de oficina y muchas cosas más, todo en perfecto estado y con muy poco uso. Decidí entonces rescatar algunas de aquellas cosas que yo no había comprado por no serme imprescindibles y darles una segunda oportunidad. De vez en cuando, bajaba al local de la basura y subía a mi apartamento con algo seminuevo: una licuadora, una mesita… ¡hasta un biombo japonés encontré ahí! También encontré muchos objetos curiosos que venían a satisfacer necesidades nuevas que yo ni sabía que existían. El resultado fue que nos fuimos quedando sin espacio para movernos y aquello comenzó a exasperarnos a los dos hasta el punto que un día terminé por devolver todo (bueno, casi todo) al lugar de donde lo había tomado.
Aquí sucede algo parecido al llegar esta época del año (fin de curso), aunque a mucha menor escala sobre todo por la crisis. Con la experiencia de Japón y por las estrechas medidas en las que vivimos, ya no rescato todo lo que veo por ahí pero de vez en cuando encuentro algo que se ajusta a nuestras necesidades reales y, sin la menor vergüenza, lo llevo a casa. Así he encontrado varias cosillas muy útiles, por ejemplo: 

Una mesita de centro, ideal para servir el té cuando tenemos invitados
y como librero improvisado el resto del tiempo:


Un mueble con rueditas que uso para almacenar comestibles (nuestros y de los gatos):


Un gavetero de muy reciente adquisición, aun esperando encontrar su lugar:


Y un espejo de cuerpo entero, de los que toda mujer debería tener,
esperando que compremos unos ganchitos para colgarlo de la pared:


Y ustedes, ¿también reciclan?

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lunes, 27 de junio de 2011

Efectos secundarios (de lecturas).

Hoy agrego oficialmente dos nuevos libros a mi lista de leídos. 

El primero, Viaje al Japón de Rudyard Kipling, lo terminé de leer hace unos días, pero no había tenido tiempo de sentarme a reseñarlo. El texto se compone, como ya lo suponían, de los apuntes de un viaje que dio al Japón el autor en el año 1889, y reúne todas las condiciones para garantizar una buena lectura: es divertido, interesante y bien contado desde la primera página hasta la última. Puedo asegurarles que Kipling y yo visitamos (vimos) el mismo Japón, aunque nuestros viajes hayan ocurrido con un siglo de diferencia; su texto me ha despertado toda suerte de nostalgias. Comparto su gusto innato por los viajes (Esa «buena tierra parda» nuestra tiene muchos placeres que ofrecer a sus hijos, pero entre sus dones hay pocos comparables a la alegría de entrar en contacto con un nuevo país, una raza completamente extraña y costumbres contrarias. Tanto da que se hayan escrito bibliotecas enteras; cada nuevo espectador es, para sí mismo, un nuevo Cortés.), su entusiasmo por la belleza del país (dos grandes rocas manchadas y rayadas de verde y coronadas por dos raquíticos pinos de color azul negruzco. Al pie de las rocas un bote, que por su color y su delicadeza podía haber sido de madera de sándalo labrada, sacudía al viento de la mañana una vela rizada blanco marfil. Un muchacho azul añil, con la cara de marfil viejo, tiraba de un cable. La roca y un árbol y el bote formaban un panel de pantalla japonesa, y vi que el país no era una mentira.), su asombro por la omnipresente limpieza (Nos dejaron solos en ese paraíso de limpieza y belleza...), su irritación frente a esa cultura que parece tan cercana y al mismo tiempo tan incomprensible, y hasta su sentido de inferioridad ante la aparente -y apabullante- perfección de ese pueblo (Miré a mi alrededor la habitación intachable, los pinos enanos y las cremosas flores de cerezo allá fuera, a O-Toyo burbujeando de risa porque yo sacaba humo por la nariz, y el anillo formado por doncellas del Mikado con la piel de oso marrón como telón de fondo. Había color, forma, alimento, comodidad y belleza suficientes para una contemplación de medio año.) ¿Qué más podría decirles? Si les gusta viajar, si les interesa Japón y si les apetece el goce de una buena lectura, este es el libro ideal para ustedes.

El segundo libro que recién termino de leer es Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela. Esta, recomendación de un buen amigo, es una lectura completamente disfrutable. El autor tiene la admirable característica de no tomarse nada en serio, sobre todo a sí mismo, y en este libro arremete contra todo lo que imperaba en la época en que fue escrito (la frivolidad, la moda, la ‘elite cultural y social’, los mecanismos gubernamentales, las novelas rosa, los tópicos…) y que, a pesar de la cruda y acertada burla a que es sometido en este texto, sigue imperando aun hoy. La novela tiene la virtud de parecer ligera y leerse como tal pero, al mismo tiempo, nos hace pensar y reevaluar los pilares sobre los que se asienta nuestra existencia. Exactamente el tipo de efectos secundarios que buscamos en la literatura.

Hay aun un tercer texto que leí hace poco y quería, más que comentarles, recomendarles. Se trata de la Carta a un joven literato de don Miguel de Unamuno. Carta corta y sin desperdicio que todo aquel que tiene el oficio o el placer de escribir no debe dejar de leer, ni tampoco todo aquel que quiera mejorar como ser humano. Tuvo, además, el buen tino de aparecer ante mis ojos justo cuando terminé de leer La librería y su efecto fue el de un excelente vino después de una mala comida. La pueden encontrar AQUI.


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miércoles, 22 de junio de 2011

Paseo por Barcelona: Barrio de la Barceloneta


Continuamos con los recorridos por esta linda ciudad de Barcelona. Esta vez, siguiendo un poco el itinerario propuesto por el blog Barcelona a Pie y completándolo con un poco más de información que encontré en Internet, les traigo el más marinero de todos los barrios de la ciudad condal: la Barceloneta, en el que hay mucho más que bares y playa, con muuuuchas fotos para que lo disfruten.
Primero, un poquito de historia para ubicarnos en lo que veremos: El barrio nació en el siglo XVIII, destinado a albergar a los que desalojaron del antiguo barrio La Ribera para construir lo que hoy es el parque de la Ciudadela (pueden leer más de esta historia AQUI). Edificado por ingenieros militares, La Barceloneta es un barrio de trazado rectilíneo, calles estrechas y casas bajas, orientadas para resguardarse de los vientos y de modo que se aprovechara mucho el sol.  Por estar situado al lado del mar era entonces un barrio de pescadores y marinos, pero la ubicación en esta zona de varias fabricas durante el siglo XIX trajo muchos obreros también a habitarlo. La población creció tanto que en 1839 se autorizó la construcción de más pisos en los edificios (por lo que ya el sol no incide tanto como antes en sus calles), y a partir de 1896 tuvieron que construir incluso dos calles más donde antes estaban los terrenos del Marqués de Quadra, y que hoy se llama el Eixample (ensanche) de la Barceloneta. (Para más datos, consultar el blog arriba mencionado)

Justo antes de entrar al barrio, está la Llotja (comercial), edificio neocsico de 1802.


lunes, 20 de junio de 2011

Atmósfera extraña para una fiesta o De cómo Hitchcock siempre me sorprende.

No sé si les he hablado alguna vez de la obra del pintor cubano Fidelio Ponce de León (1895-1949). En realidad no tengo mucho que decir sobre ella salvo que es completamente diferente de lo que han hecho los pintores de la isla alguna vez. Sus cuadros van, por lo general, del gris al sepia, prescindiendo de todos los colores que supuestamente adornan el trópico; y sus figuras, muchas de ellas mujeres, están muy lejos de la imagen voluptuosa de la mujer caribeña y resultan marcadamente fantasmagóricas. Además de esto, solo puedo asegurarles –por experiencia propia- que enfrentarse al menos en una ocasión cara a cara con una obra de Ponce puede cambiarte para siempre (¿Recuerdan de la historia que nos contó G hace un tiempo sobre uno de estos cuadros?). Después de un encuentro como ese, reconocerás su estilo donde quiera que lo encuentres y el mundo, se los aseguro, ya nunca será el mismo.
Justo eso fue lo que nos pasó ayer en uno de los puntos de más suspense de Rope (La soga), la famosa película de Hitchcock. Fue en una larga secuencia, cuando la atenta sirvienta le estaba dando datos de más a Rupert, el astuto profesor, que mi G me dice sorprendido: “Oye, ¿ese no es un cuadro de Ponce?”. 




Y sí, lo era. Hoy estuve buscando en Internet y encontré como única referencia una carta escrita por Ponce en 1949, poco antes de morir, a su amigo José Gómez Sicre, de la que les copio un fragmento:
Dime, ¿me conocen en New York? Estoy muy contento que el señor Hitchcock incluyó mis Cinco Mujeres en su película La soga. Un abrazo, Ponce
No deja de sorprender que para su primera película en colores, Hitchcock halla escogido precisamente este cuadro lúgubre y monocromático, pero la verdad es que no pudo haber encontrado mejor obra para ambientar tan macabra fiesta.

PD. En vano he buscado información sobre el resto de los cuadros que aparecen en las paredes del apartamento en la película. Si alguien sabe algo al respecto, se agradecerán los datos.

(Las fotos las tomé ayer directamente del televisor.)

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sábado, 18 de junio de 2011

Hamburguesas de inspiración alemana

Ayer, mirando recetas en Internet encontré la del muy alemán Sauerbraten que nunca he comido pero que parecía saber a gloria. Algún día la haré porque en realidad no es tan difícil y lleva ingredientes bastante económicos (salvo la carne, por supuesto), pero lo que sucedió al final fue que me sentí "inspirada" e hice hoy mi propia versión muy simplificada de la salsa del Sauerbraten para acompañar unas hamburguesas y quedó muy sabrosa, por eso quería compartirla con ustedes:
  1. Primero freí las hamburguesas (4) de carne de res que compro ya preparadas, y las reservé en un plato aparte.
  2. En el mismo sartén y con el mismo aceite con que hice las hamburguesas, puse dos zanahorias ralladas bien finitas (si hubiera tenido champiñones a mano los hubiera puesto también), un tomate también rallado en lugar de puré de tomate que no me gusta mucho, sal al gusto y un poquito de agua. Lo estuve removiendo a fuego medio-lento hasta que consideré que la zanahoria ya estaba un poco cocida, lo que no me llevó mucho tiempo.
  3. Le agregué entonces un chorro de vino tinto y unas hojas de albahaca y lo dejé cocer unos minutitos más.
  4. Para finalizar, puse las hamburguesas en esta mezcla y las dejé un rato al fuego sólo para que se impregnaran de la salsa.
¡Quedaron deliciosas! La salsa resultó con un toque dulce (por la zanahoria) y combinaba divinamente con las hamburguesas. Como guarnición, arroz blanco con unas hojitas de perejil por aquello del buen sabor, y unos espárragos salteados con pimientos para acompañar.


Pruébenlas y me cuentan que tal les pareció mi receta recién inventada.
¡Espero que les guste!

PD: Mi G, que tuvo el placer de comerlas conmigo, me sugiere que bautice esta receta. ¿Alguna sugerencia?

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lunes, 13 de junio de 2011

Ni siquiera porque hablaba de libros.

Hacía tiempo que no me sentía desilusionada con una lectura. Casi llego a olvidar esa sensación de vacío constante que se siente en la boca del estómago al pasar cada página sin que nada de lo que esté escrito llegue a tocarte. “Es mi tiempo de vida y lo estoy desperdiciando en esto”, te dices de vez en cuando, pero decides darle una oportunidad más y seguir leyendo otro rato. Cuando menos te lo esperas, porque has estado esperando durante toda la lectura que algo pasara, se acaba el libro ante tu completa incredulidad y te deja con un leve resentimiento sumado al vacío que ya sentías y, eso sí, unos deseos enormes de entrarle como desquite a la buena literatura.
Puede que exagere un poco, no hace tanto tiempo que un texto me desilusionaba. Recuerdo hace unos meses haberme enojado seriamente con aquel capítulo perdido de la historia del príncipe Genji que un buen día se le ocurrió escribir a Marguerite Yourcenar. Sin embargo, era una desilusión diferente. En esa ocasión el texto llegó a moverme algo dentro al punto de provocarme una reacción, de enfado, es cierto, pero reacción al fin y al cabo. Porque, según yo, ese es el objetivo de la literatura: llegar, mover, provocar una reacción en el lector.
Escribir implica una gran responsabilidad. Se escribe -y, sobre todo, se publica- para que otro lea, y ese ‘otro’ es un ser humano, y mi texto le está robando lo más precioso que pueda tener: su tiempo. Lo menos que puedo intentar lograr es que no haya gastado ese tesoro en balde y que, para cuando termine la lectura, si no sale del todo cambiado (como sucede con las buenas obras de arte) al menos haya tenido la oportunidad de reflexionar sobre algo.
Y, mirándolo ahora bajo esta luz, puede que haya exagerado también al decir que el libro que acabo de leer, La librería de Penélope Fitzgerald, no me haya hecho pensar sobre algo, aunque fuera sobre los efectos de la literatura cuando es un tanto insulsa.
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Update:
Después de publicar esta entrada, he estado leyendo otras reseñas de este mismo libro en la red. La verdad es que la mayoría son opiniones positivas, llegando incluso a comparar a la autora con Jane Austen. Puede ser que yo no entendiera el libro. Puede ser que no lo haya leído en un buen día. Puede ser que yo sea muy excéptica porque cuatro frases bien dichas no lleguen a convencerme de la integridad de poco más de 100 páginas. O puede ser sencillamente que su 'refinado humor' no resuene conmigo. Puede que muchas otras cosas hayan influído en mi impresión desfavorable del libro pero no pienso volver a leerlo para comprobarlo. ¡Prefiero releer a la propia Jane Austen! Les he dado mi opinión que -como siempre dice mi G- puede estar completamente equivocada. Busquen otras opiniones y, lo más importante, fórmense ustedes la suya propia si se animan a leerlo.
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viernes, 10 de junio de 2011

Paseo por Barcelona: Barrio Gotico

Esta vez les traigo otro paseo por Barcelona con muchas fotos para que puedan disfrutarlo con nosotros. Ahora se trata del (des)conocido Barrio Gotico, del que hemos descubierto parte de su fascinante historia gracias al blog Barcelona a pie. En ese blog pueden leer mucho mas de la historia, pero ahora les cuento un poco para que entiendan las imagenes.
Este era el enclave de la colonia romana de Barcino, fundada aprox en el año 20 A.C. sobre una elevacion cercana al mar llamada Mont Taber. Estaba protegida por una muralla con 78 torres de defensa y cuatro puertas de acceso.

En esta imagen, una de las cuatro puertas flanqueada por dos torres de la muralla.


jueves, 9 de junio de 2011

Una preguntita...

¿Alguien sabe por que los botes de medicamentos (vitaminas en este caso) vienen a medias? No estoy pidiendo que den mas de lo que ofrecen, solo me pregunto por que desperdician tanto material plastico en los envases. 


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miércoles, 8 de junio de 2011

Y al fin, el mar.


La verdad es que hacía mucho tiempo que no veía el mar. Barcelona es una ciudad satisfecha de sí misma al punto de prácticamente llegar a obviar el encanto del mar. Sé que se los he dicho antes pero es un hecho que nunca deja de sorprenderme. El mítico Mediterráneo (con sólo pronunciar su nombre ya resuena en mi cabeza la voz de Serrat) y su archiconocida playa de la Barceloneta distan mucho de ser protagonistas en esta ciudad, a pesar de estar en pleno centro citadino y muy a pesar de estar incluidos en el plan del 99,9 % de los miles de millones de turistas que visitan Barcelona. Hay que atravesar avenidas, sortear edificios, bordear un malecón e imaginar el agua debajo de cientos de botes, barcos, yates que casi puedes tocar con la mano. Hay que caminar mucho para tropezar al fin con el mar, cuando estás a punto de mojarte los pies. No hay más anuncio que una arboleda de mástiles para quien lo viene buscando porque, extrañamente, el Mediterráneo (al menos por esta zona) no huele a mar. No huele como el Caribe desde el Malecón de la Habana, o como el Pacífico desde la costa de Yokohama. Y siendo estos los únicos dos mares que conozco puedo decir, sin temor a equivocarme, que el Mediterráneo no me huele a mar, ni aun cuando me azote el aire completamente de frente y yo me deje invadir por su vaivén y su melodía azul.


Hoy, si quieren adentrarse un poco más en este tema y disfrutar de una corta y buena lectura, les recomiendo (re)leer uno de los textos de G que más me gustan, publicado en este Diario hace ya un tiempo: La filosofía y la Habana.


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domingo, 5 de junio de 2011

Familiaridad y bonanza de las letras.

Hay obras que nos rondan durante toda la vida y uno ni siquiera se da cuenta de cuán adentro las lleva hasta que por un azar cualquiera llegan a tus manos. No haces más que pasar la vista por las primeras líneas y ya te suena todo tan familiar, tan cercano:
¡Cuán gritan esos malditos!
Pero ¡mal rayo me parta
Si en concluyendo la carta
No pagan caro sus gritos!
¡Cuántas veces no habré yo escuchado, o incluso repetido esos versos sin saber siquiera de donde provenían! ¿Y que me dicen de estos otros?
“Doña Inés del alma mía”
¡Virgen santa, que principio!
¿O del más clásico de los cuartetos amorosos?
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
Que en esta apartada orilla
Más pura la luna brilla
Y se respira mejor?
Seguramente ya están sonriendo conmigo. Si, acabo de leer a José Zorrilla. Menos no podía hacer, después de haber visitado en Valladolid la casa natal del autor y de haberme llenado un poco con su espíritu en ese viaje. Encontré en la biblioteca un pequeño tomo con dos de sus obras, el Don Juan Tenorio y otra titulada El Capitán Montoya. Ambas, como dice en el prólogo, corresponden a su período “donjuanesco”. Ambas escritas en verso, aunque la primera fuera una obra para teatro y la segunda no. Ambas bien contadas y un tanto semejantes: un apuesto y mujeriego galán por protagonista, dos (o mas) doncellas prendadas de sus palabras, una escena sobrenatural que cambia el curso de sus historias… Ambas disfrutables de principio a fin, ni una letra de mas ni de menos.
Si bien a mi personalmente me resultó mas afín el personaje del Capitán Montoya, ¡no hubiera querido estar en la piel de cualquiera de las Inesillas frente a semejantes galanes! Los tiempos de esas conquistas ya pasaron, pero no hay dudas de que el corazón de la mujer sigue siendo el mismo.
Son dos obras sumamente recomendables, de fácil lectura y sonrisa no menos fácil. Se van como agua, es cierto, pero dejan tan buen regusto como el mejor de los vinos.

Abajo les muestro algunas fotos de la casa Zorrilla en Valladolid:

Entrada a la Casa Zorrilla.

Jardin y fachada de la casa. (Habia una expo de bicicletas antiguas en el jardin)

Silla y escritorio donde Zorrilla escribio la mayoria de sus obras,
y donde le encontro la muerte.
(Todas las imagenes tomadas por Pelusa.)
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jueves, 2 de junio de 2011

De la vida y de la muerte, o viceversa.

Hoy estuvimos escuchando una conferencia sobre la muerte. Bueno, en realidad era sobre la idea que se tiene sobre la vida después de la muerte. Me puso a pensar en que yo no dedico mucho tiempo a considerar estas cosas, que alguna vez asumí que mas importante que elucubrar sobre un hipotético futuro era el tratar de vivir cada día lo mas íntegramente posible de modo que cuando llegara la noche, esa noche de la que uno nunca esta seguro que despertara, mi conciencia me dejara dormir en paz por haber hecho lo máximo. Y fue ahí cuando decidí escribir una entrada como esta para el blog con el objetivo de preguntarles (aunque no precisamente de que me respondan) sobre la relación o la idea que cada uno de ustedes tiene sobre este tema.
Pero la realidad, como les he dicho otras muchas veces, siempre es mucho mas rica de lo que uno pueda imaginar. Les cuento: poco después de escuchar la conferencia, entré en la biblioteca, me puse a ver algún que otro libro de arte y luego fui a mi zona preferida, la dedicada a los libros sobre Japón. Siempre me doy una vuelta por ahí, aunque no pueda llevarme ningún libro a casa, así sea por el simple gusto de abrir un tomo cualquiera y ver una linda foto de ese país que tanto me agrada.
El libro que seleccioné hoy para hojear tenía unas acuarelas hermosas representando flores, acompañadas por unos poemas que no pude leer por estar en japonés. La delicadeza de las acuarelas me cautivó, el uso tan acertado de los colores, la composición sencilla y exacta de cada página… Me gustaron tanto que terminé fotografiando cada una de las acuarelas que había en el libro, y hasta fotocopiando la portada para que luego mi G me ayudara a descifrar quién era el artista que, por cierto, resultó tener una historia impresionante: Se llama Hoshino Tomihiro. Es un hombre que ya pasa los 60 años pero que esta inmovilizado desde un terrible accidente que sufrió cuando tenía sólo 24. Después del accidente descubrió la pintura como una forma óptima para expresarse y ayudado por su familia, utilizando sólo la boca para sostener el pincel, ha construido una gran obra que, como les cuento, es un canto pleno a la vida. (Pueden buscar en Google por su nombre para que vean mucho más de su obra).

Creo que el mensaje de la realidad, en esta ocasión, mas claro no pudo ser.


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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)