Valladolid: brevisima reseña de un viaje.

El lenguaje suele ser a veces muy preciso, aunque sea una metáfora lo que usemos para expresarnos. No sé cuál es el misterio pero lo cierto es que hay lugares que literalmente te roban el corazón. De lugares así no se regresa nunca del todo. De visitas como esas, como de algunas lecturas o del encuentro con algunas obras de arte, uno no escapa indemne: a partir de entonces ya no seremos nunca los mismos.
Japón fue uno de esos lugares que atrapó parte de mi alma. Otra parte ha quedado recientemente en Valladolid. Cinco días y cuatro noches fueron más que suficientes para que el embrujo de esa ciudad me atrapara. Quizás ayudó la primavera que lleno las calles, jardines y balcones de flores y olores para nosotros. Quizás ayudó también nuestro gusto por la historia y la literatura…
Y es que no he conocido otro lugar donde la historia y la literatura estén tan vivas como en Valladolid: los edificios centenarios (antes palacios o cárceles y ahora bibliotecas, museos o salones de concierto) están llenos de juventud, alegría, música y bailes de la mañana a la noche; las calles enredan al paseante como laberintos misteriosos, y lo premian con una deliciosa placita, un pasaje encantador, en fin, un regalo para los sentidos a cada vuelta de esquina sin que falte en los lugares más inesperados una tarja con un verso de Zorrilla o un fragmento de Cervantes o de Miguel Delibes, que remiten a una u otra parte de esta ciudad… Incluso para aquel viajero que va por libre y no gusta de atarse al clásico recorrido turístico que ofrece el ayuntamiento, resulta fácil ir descubriendo la grandeza de esta, en apariencia, sencilla ciudad.
El vallisoletano, ya sea un académico desde el podio de un congreso internacional o un barman al otro lado de la barra sirviéndote una copa de un buen Ribera del Duero (denominación de origen vallisoletana, como no), vive orgulloso de su ciudad en la que alguna vez radicó la corte real española, y de los personajes célebres (vallisoletanos ilustres, como les llaman) que en ella vivieron largamente como los grandes Zorrilla y Cervantes, de los que la visitaron de paso como Góngora o Quevedo, o de quienes vivieron sus últimos días allí como el propio Colón. Te cuentan con un brillito en los ojos que en Valladolid se habla el mejor castellano de toda la península, te aseguran que allí vió la luz parte del Quijote, te recriminan si acaso no te alcanzó el tiempo para ver tal o cual museo, y hasta te incitan a probar al menos un vino de cada una de sus cuatro denominaciones de origen.
No salimos de la ciudad del Pisuerga. No vimos ni uno solo de sus más de veinte castillos. No pisamos las bodegas donde preparan sus famosos vinos. No visitamos el lugar donde Don Juan Manuel escribió su “Conde Lucanor”, ni tampoco aquella villa donde Lope de Vega hizo nacer, vivir y morir a su “Caballero de Olmedo”. Pero aun así regresa uno cargado de recuerdos, sin creerse aun que el viaje haya terminado, y prometiéndole a su propia alma regresar algún día a por más. 

Plaza Mayor de Valladolid.

Comentarios

  1. Bien lo dices hay lugares de los que uno no regresa completo, que bello relato, dan ganas de ir con leerte…un abrazo!

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  2. Nunca sera un mal viaje, Toño... Animate!
    Besos!

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  3. Que bien sientan estos regalos para el alma, como te renuevan...
    Un beso!

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  4. Gracias por hablar tan ien de MI CIUDAD. Le doy Expansión.
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  5. Sonia, y que lo digas! Regresa una como nueva! Besos!

    Anonimo: Me alegra que te guste el texto. Expansion con mesura, por favor. Gracias!

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  6. ¡Bienvenida, Pelusilla! Qué texto más hermoso... Siempre supe que tenía un pendiente con Valladolid, ahora se ha vuelto urgente gracias a tu hermosa relatoría que no hace sino despertar las ganas. Un beso grande de acá.

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  7. Ele, amaravilloso relato como es de esperarse de ti....me he trasladado a esa ciudad sin siquiera haberla visitado nunca! Precioso amiga!

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