miércoles, 27 de mayo de 2009

Proyecto 365. dia 113: La nostalgia como etiqueta.

“Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme esa alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo?
(…)Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray.”
(Marcel Proust. En busca del tiempo perdido.)
En este archi-conocido pasaje, Proust logra algo que muy pocas personas consiguen: seguir un movimiento que está naciendo en su interior hasta sus últimas consecuencias sin etiquetarlo.
Lo ‘normal’ es ponerle un nombre a cualquier movimiento por pequeño que sea que descubrimos en nosotros. Es un reflejo aprendido, pero tan bien incorporado que se ha vuelto extremadamente rápido. No nos da tiempo a nada más. El movimiento aparece y en una milésima de segundo ya le hemos puesto nombre y, lo peor, actuamos en consonancia. Ahí es justamente cuando se complica todo.
Si sentimos algo al ver a una persona, enseguida deducimos que nos gusta; si nos falta alguna sustancia en el organismo y esto hace que al despertarnos tengamos poca energía una mañana, lo mas probable es que a esta carencia le llamemos ‘depresión’ o ‘tristeza’ y que estemos así el resto del día; si al ver una vieja foto algo se nos mueve dentro, no demoramos nada en llamarlo ‘nostalgia’…
Krishnamurti dijo alguna vez que ‘no es que el deseo sea errado, sino que la percepción es limitada’. Ese es el meollo del asunto. Nuestra limitada percepción tiene siempre a mano pegatinas con denominaciones, y al menor asomo de un movimiento interno le pone una de estas pegatinas en la cabeza, le bautiza –con todo el trasfondo que la sociedad le ha adosado al nombre que sea- y da por terminado el caso.
Somos tan eficaces en este proceso que son poquísimos quienes, y solo después de un buen tiempo de estudio de si mismos, logran lo que Proust: colarse en el intervalo infinitesimal entre el surgimiento del movimiento (o deseo o proceso o como quieran llamarlo) y el acto de etiquetarlo. Si nos detuviéramos a observar sencillamente las sensaciones que surgen en nosotros, si lográsemos alargar ese intervalo y dejar que lo que sea que este naciendo se desarrolle en nosotros sin ponerle un nombre en cuanto aparece, descubriríamos un mundo totalmente nuevo.
Leer a Proust es una inmersión en ese mundo de sensaciones innombradas, en ese universo sin etiquetas que todos llevamos dentro. Quizás por eso resulta tan difícil lectura para la mayoría (yo inclusive, que solo he logrado leer los dos primeros tomos).
Si Proust no hubiera investigado aquella sensación que le producía el sabor de la magdalena mojada en su té y se hubiera conformado con ponerle la etiqueta de ‘nostalgia’, este hermoso pasaje nunca hubiera trascendido, su obra como tal probablemente nunca hubiera existido y, lo que es mas, nunca hubiéramos disfrutado escuchando replicar desde las páginas de Carpentier a nuestra querida Maria Luisa Gomez Mena, condesa Revilla de Camargo:
“¡…y como jode este hombre con la magdalena esa!”

11 comentarios:

  1. A mi Proust, me provoca angustia, y ahora leyéndote, creo que tenga que ver con el reconocimiento de esos instantes infinitesimales que nos marcan el punto de giro de la vida o la percepción del mundo. ¿Etiquetar? Vicio inevitable de una servidora, una afición desmedida al lenguaje, y la tonta utopía de ordenarlo todo.
    ¡Salá magdalena!
    Besos, pelusita.

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  2. Creo que a todos, Marita. Proust debe haber disfrutado con la angustia que producia, jeje. Lo poco que lei de el y la Consagracion de Carpentier se la debo al librero de Rafa... Agradecele de mi parte, por fa!
    El me preguntaba sonriendo: ¿como te lleva Proust?, y yo le decia "Ahi...".
    Besos

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  3. Pelusa: Con este post, van no sé cuántas veces que percibo como si te asomaras a mis borradores (y no eres la primera; hay otras dos que también suelen hacerlo desde sus respectivos espacios). Algo tendrá que significar, pero por ahora me basta con decir aquello de "great minds think alike". Proust... es parte de ese borrador que aparecerá pronto en la pocilga. ¡Besos admirados!

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  4. Es que dicen que las ideas no pertenecen a nadie, que estan ahi, como flotando, y llega uno y las capta, pero pueden ser captadas por varios a la vez sobre todo si estan en la misma frecuendia...
    Por ahi estsremos, leyendote con gusto, Ivanius.

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  5. Pelusa amiga he dejado un pequeño regalito para ti en mi Marabú enconado un besote muaaaaaa

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  6. Un besote amiga espero que te guste para mi es un placer y que te lo mereces por como escribes.

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  7. ¡Hermoso post! Y yo tengo que leer a Proust porque me lo vengo debiendo desde hace un montón de años en que quise hincarle el diente pequeña y no entendía nada. Además, porque Pelusa, esa magia describiendo la tengo que paladear, como si fuese magdalena porque el escribir sobre el sentir es algo que me gusta mucho... Y les voy a hacer una propuesta indecorosa al trío de tres que ya saben, por el correo, claro que sí. Muchos besos y me llevo a la cama, un muy buen sabor de boca.

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  8. Pelusa: hoy has hablado de dos amores míos: Proust y K!
    Y de un disgusto mío... más que disgusto es una ligera náusea, mental y física, que me dan esas etiquetas últimamente. Simpre me han disgustado, por su veloz superficialidad -a mí que amo la lentitud y la profundidad con todas sus complicaciones ;-) , su injusticia, mediocridad y los males que acarrean, en uno mismo y en lo que nos rodea... Sí, siempre me han caído mal, pero últimamente estoy que no las soporto. Esto de que hablas es vivir la vida sin vivirla, incompleta.
    Es mi deseo de ser libre de estas limitaciones de la percepción.
    Gracias por hacerme sentir menos sola.
    Silvita la naufraguita.
    Ah... y qué barbaridad de condesa! Una se queda... y después igual da risa! Suspiro.

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  9. Palomita: Ya vi tu correo pero no he tenido tiempo de contestar... espero hoy poder hacerlo.
    Sobre Proust, no me queda mas que recomendarte que disfrutes cada pagina, y sobre todo que tengas mucha paciencia... Yo lo disfrute y lo disfrute y en el segundo tomo me aburri un poco de tanto disfrute, jejeje. (no se de que otra manera decirlo) Suerte!

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  10. Hola Silvita: La sorprendida soy yo. No tanto por el amor que le confiesas a Proust (por quien he escuchado confesar admiracion, angustia, desden, y todo tipo de cosas menos amor!), sino porque conoces a K!!!!! Y lo amas!!!!! No salgo de mi asombro. Tendremos que hablar de esto mas en profundidad.
    No estas sola Silvita, somos pocos los naufragos, pero ya nos vamos encontrando. Besos!!!

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Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)