miércoles, 30 de julio de 2008

Por los caminos de Anne.

A pesar de haber terminado el libro hace unos días, he tardado en sacarme de la cabeza todas las aventuras de Anne o sus interminables parrafadas. Sigo metida en su mundo, sonriendo a ratos por el recuerdo de algún que otro pasaje que me vuelve a la memoria, como si se tratara de un recuerdo propio…
Por eso, decidí buscar en Internet algo sobre ella y encontré mucho más de lo que esperaba. Por supuesto, sus historias ya han sido llevadas al cine y a la TV en varias ocasiones –la serie televisiva la pueden encontrar integra en You Tube-, y es motivo casi de culto entre las angloparlantes que tuvieron la grandísima suerte de tener sus libros como lectura básica desde la adolescencia.
La historia de Anne se desarrolla en Avonlea, un pueblo perdido en los terrenos de la isla del Príncipe Edward, en Canadá. Y hasta allá me llegue yo, gracias a la magia de Internet, llena de curiosidad por ver aquellos parajes que tan bien son descritos en estas paginas. Allí están y siguen siendo tan idílicos como eran seguramente a principios del siglo XX cuando Anne daba sus primeros pasos en ellos, deslumbrada por la portentosa naturaleza que lograba dejarla sin palabras, que llegaba a retar los limites de su imaginación.
Pero, aunque me hubiera conformado con ver las verdes colinas, el Lago de las Aguas Centelleantes, la Vereda de los Amantes o el Blanco Camino de las Delicias, había mas –muchas mas- imágenes con que regalar mi vista y mi alma, cautivada ya por ese paraíso. Green Gables, la legendaria casa en la que Marilla logro orientar por buen camino a la huérfana Anne, aun se yergue en el campo rodeada por su blanca cerquita de madera, exhibiendo sus bien cuidadas macetas llenas de flores junto al porche. Es mas, pude entrar incluso a la cocina en la que Anne aprendió que un pastel no puede lograrse si no le ponemos harina, y –por si fuera poco- pude pasearme por la habitación que albergo sus sueños, tal y como era cuando ella la usaba: con un empapelado de pequeñas flores, cortinitas en la ventana, la cama de fierro y el tocador pasado de moda…
Ya estaba yo casi respirando el perfume de los manzanos en flor que tanto gustaban a mi heroína, cuando de pronto detuve en seco todas mis ensoñaciones para preguntarme en que momento esta niña dejo de ser un personaje ficticio –evidentemente no solo en mi imaginación. ¿Cómo afirmar que Anne no es real si comparto sus recuerdos, si he visto su casa, sus cosas? La frontera entre lo real y lo imaginario, si es que aun existe, se ha vuelto demasiado débil frente a mis ojos. (Para mi tranquilidad, comparto una locura colectiva: hay miles de personas que van hasta aquel lugar que ahora es un museo, con el mismo espíritu con que se visita la casa natal de algún poeta o pintor famoso.)

martes, 29 de julio de 2008

Anne of Green Gables

Si yo hubiera conocido a una chica como Anne Shirley, de seguro hubiera sido su mejor amiga. Es del tipo de persona que yo tuviera siempre a mi lado, para compartir experiencias, para llenarme de su optimismo, para prestarnos libros y luego sentarnos a soñar con los imaginarios mundos que descubrimos en ellos.
Nunca me burlaría de su cabello rojo ni de sus mejillas llenas de pecas. No tendría tiempo de hacerlo seguramente, inmersa en el brillante universo que –de fallar mi imaginación- ella tejería para mi.
Por supuesto que seria la primera en formar parte de su Club de Historias, y escribiríamos todas las semanas una historia diferente, para luego leerla en voz alta y llorar o reír según fuera el caso.
Y, ¡que hermosas representaciones haríamos de los clásicos románticos! Yo no temería tumbarme en un bote, imaginando que soy Lady Elaine, y dejarme llevar río abajo hasta llegar a Camelot, solo si ella estuviera en la otra orilla esperando para rescatarme.
Podría pasar tardes enteras escuchándola hablar hasta el agotamiento, tumbadas en el césped de una colina de cara al cielo, o estudiando juntas para los exámenes, porque de seguro compartiríamos las mismas ambiciones de conocimiento.
Entendería la congoja de su corazoncito cuando los adultos quieran separarla de sus amigas, llamándola huérfana-salida-sabrá-dios-de-donde, porque a mi misma alguna vez me denominaron “amiga no muy bien escogida” por ser una chiquilla-salida-de-un-solar.
Mis vestidos, como los de ella, serian hechos amorosamente en casa, y no confeccionados por los mejores diseñadores; y ni el destello de los diamantes podría eclipsar el deleite de sentirnos como reinas al contemplar el mar –todo plata y sombras y visiones de cosas desconocidas
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“¡Que espléndido día! – dijo Anne, inspirando largamente - ¿No es ya excelente estar vivos en un día como este? Me compadezco de aquellos que no han nacido aun, porque no pueden verlo. Ellos seguramente tendrán buenos días, por supuesto, pero nunca podrán tener este. Y es aun mas esplendido tener un camino tan hermoso para ir a la escuela, ¿no crees?”
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No, querida Anne. Yo me compadezco de aquellos que no te conocen aun, de aquellos que no han tenido mi suerte de encontrar un espíritu afín.

sábado, 26 de julio de 2008

Desagravio

Hace dias que no escribo nada, y no creo que por ahora lo pueda hacer. Sigo leyendo mucho y, como estoy fascinada con lo que leo, no tengo cabeza para hilvanar ideas propias ni ajenas...
Asi que, en desagravio, los dejo por esta vez con algo que un amigo nos regalo en un muy buen dia. Son unos mandamientos escritos por el Sr. Gurdjieff. Estoy segura de que si pudieramos vivir de acuerdo con ellos, o al menos con algunos pocos de ellos, nuestra calidad de vida aumentaria considerablemente.
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1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que
piensas,sientes, deseas y haces.

2. Termina siempre lo que comenzaste.

3. Haz lo que estás haciendo lo mejor posible.

4. No te encadenes a nada que a la larga te destruya.

5. Desarrolla tu generosidad sin testigos.

6. Trata a cada persona como si fuera un pariente cercano.

7. Ordena lo que has desordenado.

8. Aprende a recibir, agradece cada don.

9. Cesa de autodefinirte.

10. No mientas ni robes, si lo haces te mientes y te robas a ti mismo.

11. Ayuda a tu prójimo sin hacerlo dependiente.

12. No desees ser imitado.

13. Haz planes de trabajo y cúmplelos.

14. No ocupes demasiado espacio.

15. No hagas ruidos ni gestos innecesarios.

16. Si no la tienes, imita la fe.

17. No te dejes impresionar por personalidades fuertes.

18. No te apropies de nada ni de nadie.

19. Reparte equitativamente.

20. No seduzcas.

21. Come y duerme lo estrictamente necesario.

22. No hables de tus problemas personales.

23. No emitas juicios ni críticas cuando desconozcas la mayor parte de los hechos.

24. No establezcas amistades inútiles.

25. No sigas modas.

26. No te vendas.

27. Respeta los contratos que has firmado.

28. Sé puntual.

29. No envidies los bienes o los éxitos del prójimo.

30. Habla sólo lo necesario.

31. No pienses en los beneficios que te va a procurar tu obra.

32. Nunca amenaces.

33. Realiza tus promesas.

34. En una discusión ponte en el lugar del otro.

35. Admite que alguien te supere.

36. No elimines, sino transforma.

37. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla.

38. Ayuda al otro a ayudarse a sí mismo.

39. Vence tus antipatías y acércate a las personas que deseas rechazar.

40. No actúes por reacción a lo que digan bueno o malo de ti.

41. Transforma tu orgullo en dignidad.

42. Transforma tu cólera en creatividad.

43. Transforma tu avaricia en respeto por la belleza.

44. Transforma tu envidia en admiración por los valores del otro.

45. Transforma tu odio en caridad.

46. No te alabes ni te insultes.

47. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.

48. No te quejes.

49. Desarrolla tu imaginación.

50. No des órdenes sólo por el placer de ser obedecido.

51. Paga los servicios que te dan.

52. No hagas propaganda de tus obras o ideas.

53. No trates de despertar en los otros emociones hacia ti como piedad, admiración, simpatía, complicidad.

54. No trates de distinguirte por tu apariencia.

55. Nunca contradigas, sólo calla.

56. No contraigas deudas, adquiere y paga en seguida.

57. Si ofendes a alguien, pídele perdón.

58. Si lo has ofendido públicamente, excúsate en público.

59. Si te das cuenta de que has dicho algo erróneo, no insistas por orgullo en ese error y desiste de inmediato de tus propósitos.

60. No defiendas tus ideas antiguas sólo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció.

61. No conserves objetos inútiles.

62. No te adornes con ideas ajenas.

63. No te fotografíes junto a personajes famosos.

64. No rindas cuentas a nadie, sé tu propio juez.

65. Nunca te definas por lo que posees.

66. Nunca hables de ti sin concederte la posibilidad de cambiar.

67. Acepta que nada es tuyo.

68. Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di sólo sus cualidades.

69. Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal considéralo tu maestro.

70. No mires con disimulo, mira fijamente.

71. No olvides a tus muertos, pero dales un sitio limitado que les impida invadir toda tu vida.

72. En el lugar en que habites consagra siempre un sitio a lo sagrado.

73. Cuando realices un servicio no resaltes tus esfuerzos.

74. Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.

75. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz.

76. No trates de ser todo para tu pareja; admite que busque en otros lo que tú no puedes darle.

77. Cuando alguien tenga su público, no acudas para contradecirlo y robarle la audiencia.

78. Vive de un dinero ganado por ti mismo.

79. No te jactes de aventuras amorosas.

80. No te vanaglories de tus debilidades.

81. Nunca visites a alguien sólo por llenar tu tiempo.

82. Obtén para repartir.

83. Si estás meditando y llega un diablo, pon ese diablo a meditar...

jueves, 17 de julio de 2008

Truman en Cuba

“Marshall, The title story is a delightful one, but I offer you this for the last story in the collection: “A Christmas Memory”. Thanks for making a new Christmas Memory with me. Love, Jude. (12/99)” 

Sin embargo, Marshall olvidó pronto su regalo, y quién sabe cómo este ejemplar dedicado de Breakfast at Tiffany’s and Three Stories vino a parar casi diez años después a la biblioteca del edificio donde vivo –que se ha convertido en los últimos tiempos en una de mis fuentes favoritas donde voy buscando saciar mi sed de “clásicos ligeros” que, por una u otra razón, nunca llegué a leer hasta ahora. Allí lo encontré –porque si buscas con empeño entre todos los títulos insulsos, tétricos, tremendistas o románticos que se alinean en sus estantes, algo bueno hallarás de seguro- y, aunque tuvo que esperar su turno en la fila de pendientes a leer, al fin y para mi infinito deleite, cayó entre mis manos. 

Nunca había leído antes nada de Truman Capote, ni siquiera tenía referencias de qué tan bien o mal había escrito, pero recordaba que bajo ese mismo título (Breakfast…) existe una película de 1961 –que aun no he visto- protagonizada por Audrey Hepburn. Y esto sí era para mí una excelente carta de recomendación. No soy crítica de cine, por lo tanto no puedo opinar profesionalmente sobre la actuación de Audrey, pero lo cierto es que lo que he visto de ella siempre me ha parecido muy refrescante, y su perenne elegancia no dejó nunca de cautivarme. “Si puedo imaginar a Audrey actuando bajo los parlamentos del personaje de este libro, de seguro lo voy a disfrutar”. 

Y no me sentí decepcionada en lo más mínimo. Audrey revoloteó incansablemente para mí por entre las páginas mientras me duró la lectura de esta novela corta –mas corta de lo que hubiera deseado-, en la que ni una palabra estaba fuera de lugar… Y no siendo, afortunadamente, el único texto dentro de este ejemplar, retomé un viejo “mal-hábito” de mi infancia –que llevó a mi padre, mi proveedor oficial de libros, a comprarme cada vez ediciones más y más gruesas en un intento de que lograran demorarme un poco más en su lectura antes de que me levantara del asiento y reclamara un nuevo texto para devorar- y me senté, con una taza de té delante (de niña solía comerme todo un paquete de galletitas dulces), a leer sin detenerme apenas ni un instante hasta que hube terminado el libro. 

Guiada por la tierna dedicatoria de Jude, me sentí tentada a leer a continuación la última historia del libro, pero decidí que sería mejor no saltarme nada, ir paso por paso, porque en definitiva intuía que no encontraría allí nada que pudiera desencantarme. Sin embargo, a medida que avanzaba en las páginas de House of Flowers comencé a sentirme ligeramente molesta y sorprendida. No es que estuviese mal escrito el cuento, al contrario, es que logró meterme tan a fondo en el ambiente que cuando mi esposo me preguntó qué tal el cuento, mi respuesta fue: “Truman debió haber conocido alguna vez el campo cubano”. 

La pequeñísima referencia en Breakfast… a la Cuba pre-revolucionaria, como un lugar de divertimento ideal para pasar un fin de semana de vacaciones, se había convertido para mi sorpresa en el propio trasfondo de este nuevo cuento. La pobre Ottilie de Port-au-Prince oscilaba en mi imaginación entre lo que pudo haber sido Haití y mis propios recuerdos del campo de mi país. Su vida en un bohío, con una suegra brujera que gustaba de ponerle cabezas de gatos entre sus pertenencias más queridas a modo de hechizos, conviviendo con aparecidos y con un marido machista que la dejaba sola en casa por días enteros –a quien conoció además en una pelea de gallos-, podía haber transcurrido perfectamente cerca de la villa de Puerto Príncipe, uno de los primeros asentamientos españoles en Cuba (¡y luego se aparece García-Márquez con su “realismo mágico”!) 

Llegué al final del cuento solo por la magistralidad de sus líneas. No fueron buenos recuerdos los evocados entonces, no era lo mejor de mi nación lo que veía allí reflejado pero estaba muy bien matizado por la ingenuidad de la protagonista que, en contraste con la Holly-Audrey vestida por Givenchy, se ponía sus únicos zapatitos de raso como muestra de la alegría que hacia bailar su alma enamorada. 

La siguiente historia, A Diamond Guitar, llegó al colmo de las evocaciones: el personaje secundario que logra desestabilizar la bien montada rutina de un viejo condenado a pasar el resto de sus días en prisión era nada más y nada menos que un mentiroso, calculador y soñador emigrante ¡cubano! “Esto ya pasa de castaño oscuro”-rescaté el viejo dicho de mi madre, y me metí en Internet para averiguar algo de este Truman, cuyo apellido “Capote” ya me resultaba sospechoso. 

Pero lo que encontré -aquel rostro perturbado, su lista de éxitos y escándalos constantes, su historia de depresiones y muerte por sobredosis- no me hablaba en lo absoluto de la vitalidad de sus palabras ni de la cuidadosa exquisitez de su estilo. Otra falsa creencia que se rompe en pedazos para mí, que siempre había pensado que un espíritu tan desorientado nunca podría dar buenos frutos. El misterio de la cubanidad de sus textos quedó, por el contrario, despejado. Su padrastro, de quien toma el apellido y a cuyo lado seguramente paso varios años, era mi coterráneo. 

En el último cuento, A Christmas Memory, no había ni un soplo de cubanía. Los personajes eran arquetipos, la vieja pobre y el niño huérfano, pensados expresamente para mover la sensibilidad del lector, y Truman los usa a conciencia, presentándote sus facetas más gastadas, las mismas que Hollywood explota en cada producción. Lo supe en cuanto comencé a leerlo, pero ya estaba yo misma tan dolida –tantos altibajos y cambios bruscos dejan, sin falta, sus huellas- que me dejé llevar por los predecibles pasajes de la historia y no pude evitar llorar a mares por todo lo que se me había removido dentro.
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Volví entonces a las fotos del autor en Internet: Truman perturbado, Truman bailando con Marilyn, Truman con un habano en la mano, Truman afeminado, Truman sarcástico, Truman abanicándose al lado de una lámpara –quizás de Tiffany… Pero ahora me fijé un poco más y en sus ojos pude ver por fin al autor de este libro que ahora yace en mi mesa, sin que aun haya decidido si lo devuelvo o no a su estante…

sábado, 12 de julio de 2008

Moda, tradicion y consumismo en Japon

El tema de cómo visten los japoneses, en especial las mujeres, es un tanto peliagudo. A veces he mencionado algo sobre esto en otros textos, pero como mi apreciación ha ido cambiando nunca me he atrevido a ahondar en el asunto. Este es un intento inicial de acercamiento.
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Mi primera impresión cuando llegue aquí fue que la elegancia es una constante en cualquier lugar a donde vayas. Mientras los hombres visten de traje a toda hora, las mujeres que trabajan –la mayoría- también van con traje sastre y calzado con tacones. Nunca los vas a ver desarreglados: cada cabello esta siempre en su lugar; los zapatos y las bolsas relucientes; la ropa impecablemente limpia y sin una sola arruguita; los accesorios, abundantes.
Los hombres –en temas como este siempre es mas fácil hablar de ellos en primera instancia- en días laborales y como tendencia general son mas bien sobrios en el vestir, pero esto se flexibiliza bastante de acuerdo a la libertad individual de cada uno. Así pues, puedes encontrar quienes combinan su traje con calzado de punta fina; otros que llevan una atrevida mezcla de colores –aunque siempre discretos-, y hasta aquellos que cambian el clásico portafolio por bolsas de diferentes tipos, que podrían considerarse incluso femeninas. (En las tiendas, el límite entre las bolsas de mujer y las de hombre no queda para nada claro).
Cuando andan de descanso es otra cosa completamente diferente. Cada cual viste a su aire y no es posible definir una tendencia especifica en la ropa masculina. Los hay que van en jeans –rotos, nuevos, pintados, con accesorios de metal, ajustados…-, sandalias o calzado deportivo, camisas amplias cubriendo casi siempre uno o dos pullovers de colores… Como en todas partes, digo yo, aunque con las peculiaridades de este lugar y su clima en específico.
Sin embargo, algo que salta a la vista inmediatamente es la falta de competitividad entre ellos. Visten cada cual a su forma, con lo que les gusta y con aquello que les es cómodo, pero –evidentemente- no se comparan mucho con los demás, no compiten para resaltar… como lo hacen constantemente las mujeres.
En ellas no hay límites para la imaginación a la hora de vestir. Se ponen capas sobre capas de ropa –incluso en verano- y si tienen algún objetivo para esto yo aun no lo he podido descubrir. No todas, lamentablemente, pero muchas tienen bastante buen tino en combinar todas las prendas que esta moda necesita. Usan varias blusitas ligeras, unas sobre otras, de las que solo alcanzas a ver algún detallito, como los tirantes y alguna cinta o encaje, y sobre ella generalmente una túnica –cuyos modelos van desde la simple tipo hindú hasta las estilo retro con el talle ajustado a la cadera y grandes lazos satinados- gruesa o ligera de acuerdo a la temporada, y aun sobre ella alguna chaqueta; todo combinado con unos pantalones ajustados, sombrero, medias, calzado y cartera; mas las bufandas, abrigos y guantes en invierno, las sombrillas en temporada de lluvia; las gafas en el verano… La lista, en fin, podría ser interminable.
Cuando uso la palabra “combinado”, no dejo de sentirme un poco extraña. He tenido que admitir que sus parámetros de combinación de colores, estampados y estilo superan por mucho a los míos. He aprendido a ver como algo “normal” tantas piezas de ropa juntas –y convencerme de que no corren riesgo de asfixia llevándolas-, y que hay colores que, contra todo pronostico, es posible llevar juntos en un solo atuendo, aunque a veces no hay modo de explicar porque lleva una muchacha unos zapatos de un color verde brillante cuando el resto de su “outfit” oscila entre el rojo y el violeta, con algunas notas de negro.
A pesar de lo que podría pensarse, todo lo anterior cuando se ve en conjunto, cubriendo la imposible delgadez de las japonesas, no deja de ser agradable a la vista. Todas las piezas que llevan (también cada pequeño elemento que portan en sus bolsas) son invariablemente hermosas. Todas tienen algún detalle que las hace especiales e, incluso, únicas. Y este pueblo tiene arte para lograr que lo incombinable –dentro de mis parámetros- combine.
Tratando de explicarme este “detalle” que no es fácilmente asimilable por el ojo occidental –como he podido comprobar cuando alguna extranjera trata de imitar el “estilo” japonés en el vestir, casi nunca con buenos resultados-, he llegado a una primera conclusión: se trata de una percepción muy particular desarrollada a nivel nacional durante mucho tiempo, en todos los siglos de su historia cultural.
Y pienso esto basándome en lo que he podido ver de la vestimenta tradicional: los lujosos kimonos de sedas de colores y diseños tan diversos, que van acompañados por un obi o cinturón grueso cuyos colores y estampados, que difieren por completo con los del kimono, combinan con este de una manera muy peculiar, y bajo los cuales se usan no pocas túnicas ligeras, unas para recoger el sudor, otras para lograr un fondo neutro y que asoman solo un tantito por el cuello del kimono, y sobre todo esto una capa que los protege del frío cuando es necesario. Un ejemplo extremo de esto es el atuendo que tradicionalmente usan los Emperadores en su boda, y que consta como mínimo de siete capas visibles de kimonos, cada uno de un color diferente, cada uno con un significado místico diferente, cada uno con una función imprescindible.
Habría mucho que investigar en este tema. Hubo un fenómeno, por ejemplo, que se desarrollo en el periodo Edo (1603-1867) denominado “el arte de la belleza oculta”, y que tenia varias manifestaciones interesantes, como llevar colores intensos en el reverso de las capas de colores oscuros. Nadie mas que el que las portaba sabia de este “color oculto”. No era visible por lo general a ojos ajenos. Era una especie de belleza para la contemplación y el disfrute personal, no para compartir. Otra variante de este estilo de Edo, era que un tejido a simple vista de color uniforme, al ser observado con detenimiento revelaba una riqueza de matices y hasta de diseño que quedaba oculta por una especie de “ilusión óptica” a pocos metros de distancia.
Este estilo ha llegado hasta hoy, aplicado en los usos mas cotidianos. Un amigo nos mostró una vez el reverso del reloj que llevaba puesto en la muñeca. Estaba por completo cubierto con una tela roja muy bonita que, al tiempo que lo protegía contra el sudor, lo convertía en un accesorio muy interesante. Sin embargo, quedaba oculta a la vista. Y supongo que sea este mismo fenómeno el que este detrás de todas las cositas que ocultan las muchachas en sus bolsas: celulares con incrustaciones de piedritas brillantes, libretitas con forros de seda bordada, bolígrafos con colgantes dorados cuya tinta es de un color original y centelleante…
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Con todo lo anterior, como se imaginaran, salir de compras en Japón puede llegar a convertirse en una pesadilla. En cada centro comercial se alinean miles de tienditas pequeñas cada una con ofertas diferentes, sin repetir ni uno solo de los artículos de la tienda vecina. Y todo, absolutamente todo, es muy bonito y de muy buena calidad. Allí donde hay tanta variedad es muy difícil escoger algo. Puedes estar horas caminando de un establecimiento al otro, mirando cada una de las ofertas, sin decidirte a comprar nada. El cerebro –les juro- pasa del asombro al agotamiento por tantas impresiones recibidas y termina bloqueándose.
Un dato curioso sobre este punto es que han pasado por TV varios programas en los que estudian las reacciones de los consumidores. Han colocado cámaras ocultas en ciertas tiendas y comprobado que, en aquellas en las que se expone una mayor cantidad de productos, la mayoría de los clientes salen sin haber comprado nada. También han hecho encuestas para intentar comprender por que se venden unos productos y otros no, y han llegado a la conclusión de que no hay mucho que concluir en este tema: las mujeres, que son por lo general las que van de compra, cambian de parecer instantáneamente y, aunque van a las tiendas con una idea preconcebida de lo que necesitan, terminan comprando las rebajas, lo que compro una amiga, o el ultimo modelito de lo que sea que se haya puesto de moda.
El consumismo es una epidemia peligrosa y, a menos que seas alguien muy particular que no se deja tentar fácilmente, hay que estar muy atento para no caer atrapado en sus redes. El mercado te crea necesidades que nunca has tenido y ni siquiera habías notado que lo eran, y te pone al alcance el articulo pensado para satisfacerlas. No solo eso, sino que te da a escoger entre una gama de formas y colores del mismo producto…
Mi primer choque con este mundo fue en México, donde por primera vez en mi vida pude pararme frente a un stand de 50 tipos diferentes de shampoo y encontrar el adecuado para mi tipo de cabello. Esto me costo tiempo, por supuesto, y conozco casos en los que ha costado incluso ataques de pánico..
En México aprendí no solo a apreciar y defender mi derecho a la elección, sino también a valorar altamente el hecho de estar entre los afortunados con acceso a ese mundo. Mi relación con los objetos cambio: cada cosa que me rodeaba había sido escogida con sumo cuidado –esa en particular y no otra- para formar parte de mi entorno, y esto ya le aportaba un cierto hálito, una cierta “personalidad”.
La posibilidad de escoger –y no conformarte con lo que otro escoja por ti-, como entendí mucho mas tarde, te brinda una perspectiva de ti mismo como ser humano que de otra forma no conocerías. Te desarrolla en cierta medida y en una dirección que, por humana, es también muy valida.
Para mi es este un tema interesante y no dejo de preguntarme, habiendo nacido en un país en el que no es precisamente variedad lo que encuentras en las tiendas y conociendo la escasez extrema que viven tantos pueblos en el mundo, si acaso este exceso de ofertas que llega a embotar tu capacidad racional, que es a fin de cuentas lo que te coloca en la cumbre de la pirámide evolutiva, es realmente necesario.

viernes, 4 de julio de 2008

Errar es de humanos, reconocerlo...

Pues, hacia mucho rato ya que no les hacia ninguna “reseña” literaria, pero no ha sido por falta de lectura, todo lo contrario. He estado leyendo bastante y de la mejor literatura. Por mis ojos –o mis oídos- han pasado ya varias obras de Dostoievski y de Tolstoi, aquellos clásicos rusos que siempre habían estado ocultos para mi tras un velo circunstancial-socio-cultural que me susurraba, al acercarme accidentalmente a alguno de estos ejemplares, que esa lectura era cosa de viejos, literatura ya caduca... (falsos conceptos con pretensión de valores implantados en mi espíritu a tan temprana edad, o provenientes de “amigos” en algún momento tan cercanos, que nunca me había detenido a cuestionar su veracidad, dándolos por una adquisición propia y voluntaria).
Lo cierto es que he descubierto, para mi bien y gracias sobre todo a mi esposo, que estaba completamente equivocada. Sin embargo, considero que descubrir a maestros de esta talla –cuyos nombres flotan a nuestro alrededor perennemente sin que se haga necesaria una indicación al respecto- es un tema muy personal, en el que nadie que no sea a su vez un genio o un conocedor a fondo del tema puede intentar influir o terminara provocando el efecto contrario al deseado.
Este es precisamente el peligro al que se somete el lector de The Jane Austen Book Club, obra de la autora-de-bestsellers-con-ventas-millonarias Karen Joy Fowler. Un lomo con este titulo tan sugerente –para mi, admiradora de Austen-, escrito además en letras doradas sobre un fondo rosa, no podía pasar desapercibido entre el resto de los bien alineados libros de la biblioteca del edificio en que vivimos. Lo tome inmediatamente y ya en el elevador camino a mi departamento iba leyendo las primeras líneas.
La idea me cautivo: seis personas completamente diferentes, cuyo único enlace real es su gusto por los libros de Jane Austen, se reúnen una vez al mes para comentar cada vez una de sus novelas. Cada personaje tiene algo en común con una de las obras, y la autora intenta narrarte ambas historias a la vez, entrelazándolas de cierta forma y encontrando paralelos entre ellas. (La idea de la trama, como les digo, es tan interesante que incluso un director de cine se sintió movido a llevar este libro a la gran pantalla.) Algo así, ligero pero con trasfondo sólido, era justamente lo que yo andaba necesitando leer en esos momentos, pensé y me sumergí inmediatamente en su lectura.
Dos días después, intercambiando impresiones con mi esposo, le comento que el libro, en realidad, no me parece del todo bien escrito, un poco incoherente a veces, con personajes flojos llenos de conflictos –para nada existenciales- que les dan ese tono exasperante tan de moda últimamente, y muy pocas (poquísimas) referencias reales a los libros de la Austen. “Pero dejemos que se desarrolle un poco - dije, dándome ánimos a mi misma-, apenas esta comenzando”.
En pocas páginas se me desdibujo la primera referencia que da la autora sobre dos de los personajes principales, dos mujeres (una soltera y otra a punto de divorciarse) que recién entraban en los 50, y me encontré a mi misma imaginándolas como dos señoras ya mayores, de cabellos blancos y andar pausado, cuya mejor compañía eran sus perros. Los otros miembros del club no me dieron una mejor impresión: una lesbiana recién separada; una afrancesada maestra de escuela media que entre los calores y el cambio hormonal casi cae en un affaire con uno de sus alumnos (¿alguna semejanza con Notes on a Scandal?) de cuyo esposo tenemos como dato "psicológico" básico que prefiere las mujeres del tipo de Miranda, una de las ninfomanas de Sex and The City; un hombre –el único del grupo- marcado profundamente por la fuerte influencia de sus tres hermanas mayores, por las constantes alusiones de su madre a su posible afeminamiento y por la evidente infelicidad de su padre que, aplastado por la presencia femenina, se vio relegado la mitad de su vida a un cuartucho oscuro fuera de la casa; y, por ultimo, una señora –la mayor del grupo con 67 años- cuya infancia paso bajo el dominio de su madre y de ahí fue pasando de dominio en dominio de los hombres con los que alguna vez se caso.
“Aun pueden arreglarse”- pensé yo, viendo que les quedaba mas de medio libro para esto. Pero a poco de leer me convencí de que no, que el problema no era de los personajes, ni de la pobre de Jane Austen que hasta entonces solo había hecho un par de tímidas apariciones, ni siquiera de la propia autora. Ella solo me estaba mostrando con palabras entrecortadas e ideas mal enlazadas el estado de su sociedad…
Pensé que no iba a poder terminar de leer el libro, al que ya para ese entonces daba el calificativo de “infame”. Pero, por el contrario, encontraba cierta satisfacción en poder leer por primera vez bastante fluidamente un texto escrito en el ingles mas coloquial. Eso me hizo insistir. Para cuando lo termine, mi impresión había cambiado un poco. El regusto final del libro no era malo. Termine un poco (bastante) harta de los “tontos conflictos” que afectaban a los personajes, pero preguntándome al mismo tiempo si los míos eran acaso menos tontos que esos.
Luego busque un poco en Internet. Encontré miles de opiniones sobre el libro, casi ninguna buena, y encontré también el sitio oficial de la película. Viendo las fotos de los personajes y alguna que otra escena en el trailer, me sentí mejor respecto al desafortunado texto. Entendí que había esperado mucho mas de lo que realmente podía aportarme. Pude vislumbrar que las millonarias ventas que lo convirtieron en best-seller no fueron precisamente motivadas por la brillantez de sus paginas, sino por lo llamativo y sugerente de su titulo. Me regodee en la idea de irme algún día al cine a disfrutar de esta película, que se anunciaba tan refrescante y estimulante, del tipo de las que mas me han gustado… (como aquella de La casa de cristal, con Sandra Bullock, y que no se si llegue a comentarles).
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Epilogo:
Ayer estuve caminando por Maruzen, la enorme librería que esta frente a la estación de Tokio. Tenia en mis manos una tarjeta para comprar libros que me regalo una amiga con valor de 3000 yenes, y estaba yo como la Cucarachita Martina preguntándome “¿Qué me comprare? ¿Qué me comprare?” mientras me paseaba entre las estanterías repletas de libros… cuando de pronto algo me paro en seco. Regrese un par de metros y me fije en una foto en la portada de un libro que había pasado casi desapercibido bajo mi vista. Ahí estaban, radiantes de felicidad, los caracteres principales de Orgullo y Prejuicio, en la ultima versión para el cine (2005) protagonizada por Keira Knightley como Lizzie Bennet. Era una edición de las obras completas de Jane Austen, que son solo seis novelas y una séptima inconclusa, por el tentador precio de 2998 yenes…
Y salí feliz de la librería, pensando en que en ese preciso momento me parecía quizás un poco a Grigg –el único miembro masculino del club, ferviente lector de ciencia-ficción (como yo en mi adolescencia)- cuando se presento en la primera reunión ante la mirada fustigante de aquellas mujeres con su flamante y nuevo ejemplar de obras completas…
Epílogo

“No es bueno de este modo te apoltrones”
dijo el maestro, “que entre seda y pluma
no se va de la fama a las regiones.

Quien entre el ocio su existir consuma,
No dejará mas rastros en la tierra
Que humo en el aire y en el agua espuma.

¡Arriba, sin cansancio, como en guerra
triunfa el alma luchando por la vida,
si vence el flaco cuerpo que la encierra!”

(Infierno, Dante)