Conciencia social

A veces me paso varios días sin escribir y, de a poquitos, la realidad me va dando un nuevo tema –allí donde me parece que no tendré nada mas que contarles en un rato-, que se va acumulando hasta que me explota dentro y no puedo hacer otra cosa que sacarle tiempo al tiempo para sentarme.
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Justo ayer le contaba a un amigo sobre otro, al que conocí alguna vez en mi país, a quien considere el ser mas desarrollado entre mis iguales (entiéndase pertenecientes al mismo grupo etario) en aquel momento –y aun hoy lo sigo considerando así por muchas otras razones que se han sumado a aquellas que logre asir cuando compartíamos experiencias juntos.
“Recuerdo una vez en la que íbamos juntos en bicicleta –el, al “volante”, padealeando y esquivando los baches, y yo haciendo mi mejor esfuerzo por no caer de las minúsculas e incomodas varillas de su parrilla que malamente sostenían mi peso a sus espaldas- bajando creo que la loma de la calle Zapata (¿o era la avenida G?) a toda velocidad, apurados para no llegar tarde a un curso que nos interesaba, y mi amigo, de repente y contra todo pronostico, detuvo con un seco chirrido la bici y sin una palabra aclaratoria se bajo de ella y salio caminando loma arriba unos 50 metros. Desde mis torturantes varillas le vi agacharse por un momento, recoger lo que luego supe era un pedazo de madera de la que sobresalía un clavo, y ponerlo cuidadosamente en la cuneta, allí donde ninguna rueda desprevenida pudiera alcanzarlo.”

Algo así escribía yo ayer y, mientras lo hacia, aquel recuerdo imborrable para mi tomaba un nuevo matiz que nunca antes había notado. Lo que mi amigo en aquel momento había hecho –y que yo considere un signo evidente de su desarrollo integral como ser humano- lo he visto hacer aquí en Japón muchísimas veces, y en personas de todas clases, desde las mas humildes hasta los jovencitos estos de cabellos de colores de los que les he hablado otras veces. Y no solo cosas tan sencillas como esta, no.
En TV con frecuencia pasan programas “sociales” en los que presentan movimientos nacidos entre la gente del pueblo que explican en parte el desarrollo que ha alcanzado este país. De estos programas también les he contado en otras ocasiones…
El último, por ejemplo, tenía como personaje central a un hombre, simple trabajador de una empresa, quien luego de terminar su horario laboral salía a las calles, allí donde se reúnen los jóvenes –despectivos, probablemente drogados y hasta violentos- en las crecientes “pandillas” de su ciudad, y trataba de conversar con ellos y mostrarles que otra vida también es posible. Algunos lo escuchaban, pero en la mayoría de los casos terminaba siendo ofendido, blanco de burlas y sarcasmos, e incluso, de insistir, podía ganarse hasta alguna amenaza. El sencillamente sonreía y volvía al día siguiente. “Si alguien no se preocupa de estos muchachos, se perderán”- decía mientras averiguaba sus direcciones y se llegaba a hablar con los padres o profesores de escuela…
Era feliz el señor. Sufría mucho por los jóvenes, pero se alegraba inmensamente cuando alguno le prestaba atención, o cuando se encontraba con aquel al que había logrado sacar de ese mundillo. “Solo por el –afirmaba sonriente-, porque pude salvarlo, ya vale la pena todo el esfuerzo que estoy haciendo”.
Bajo estos ejemplos mas recientes, me replanteo el recuerdo que tengo de mi amigo. ¿Por qué si lo que el hizo es la muestra mas simple de humanidad, de conciencia social, me pareció siempre algo tan elevado? La respuesta, pese a todo, no es difícil en lo absoluto: porque era la primera vez que veía un comportamiento diferente, sobre todo entre la gente de mi generación.
Japón y mi país tienen muchas cosas en común, mas de las que podría imaginarse, pero tienen una gran diferencia. Las cosas que allá son fruto de un condicionamiento social impuesto e involuntario, aquí nacen espontáneamente de la conciencia social desarrollada en los larguisimos siglos de historia que pesan sobre los hombros de sus ciudadanos.
Aquí la gente aprecia la propiedad social, entienden que es un espacio de todos y que todos deben colaborar para mantenerlo en el mejor estado, sino por tu propio esfuerzo, al menos respetando el esfuerzo que otros han puesto en el. Allá existe igualmente la propiedad social “que hay que cuidar porque es de todos y para todos”, como reza la consigna que nos han inculcado desde pequeños, pero lo que no es tuyo, en realidad, ¿para que mirarlo, para que cuidarlo, si luego llegara otro y lo ensuciara a su gusto y sin miramientos? Hay cierto respeto por lo ajeno, pero raramente por lo social.
Por eso el comportamiento inexplicable y sobre-natural de mi amigo en aquel momento me sorprendió tanto. Se salía de la norma, de lo que yo misma había vivido. Yo, por ejemplo, no ensuciaba el entorno –porque en mi casa nunca vi hacer cosa semejante- pero nunca se me ocurrió limpiar lo que otro había ensuciado, levantar un papel que otro había tirado, o pensar –como mi amigo- mas allá de las ruedas de mi propia bicicleta.
México, el único otro lugar en el que he estado aparte de Japón, esta a mitad de camino entre mi país y este. Hay quienes tienen conciencia social y hay quienes no. Hay quienes limpian y hay quienes no. En ese medio, el recuerdo de mi amigo seguía estando entre las excepciones, cuando yo misma me conformaba con no contribuir a la suciedad y la entropía, pero no hacia nada efectivo por remediar la que veía a mi paso.
De mi amigo guardo no solo este recuerdo, atesoro cada uno de los momentos que compartimos porque se que, cada una a su tiempo, sus enseñanzas se me abrirán como ha sucedido con esta, y sigo pensando que su desarrollo personal va mucho mas allá de lo que pudiera yo soñar alguna vez. A el le agradezco profundamente por haberme mostrado en aquel momento que el mundo no terminaba en mis narices, y que la conciencia que buscábamos –y buscamos- alcanzar incluye también esa otra parte, o que, quizás, comienza por ella.

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